Sydney Sweeney o cómo la ultraderecha ha convertido la belleza en su nuevo campo de batalla

Rokhaya Diallo (Mediapart)

¿Somos todos potencialmente guapos? ¿La belleza es una apreciación cultural o contextual? Esta pregunta, que me apasiona desde hace mucho tiempo, está presente en la mayoría de mis libros, y mi última publicación no es una excepción.

Cuando el medio Urbania me preguntó sobre mi Dictionnaire amoureux du féminisme (Plon, 2025), lógicamente mencioné este tema. En él describo la belleza como “una construcción social, el resultado de una relación de poder”. Y añado que, históricamente, “las poblaciones en posición de dominio han impuesto sus propios criterios como criterios de belleza”, es decir, “los rasgos que se asocian a las personas de origen europeo: piel más clara, cabello menos rizado, rasgos considerados finos” impuestos “al resto del mundo y que llevarán a las poblaciones marginadas y minoritarias a intentar parecerse lo más posible a esos cuerpos que se consideran más bellos, que están en la cima de la jerarquía”.

Para ser concisa, concibo la belleza no como un estado objetivo, sino como el producto de las relaciones sociales construidas por las diferentes formas de dominación que estructuran nuestras interacciones: lo que se considera bello es lo que nos acerca al poder. Los criterios que definen la belleza no son más que el reflejo de la historia de la sociedad que los determina.

Sydney Sweeney, emblema de la extrema derecha

Lo que no dije es que una cuenta de la fachosfera realizó rápidamente un montaje de vídeo publicado en la red social X aislando ese extracto, intercalando imágenes de la actriz Sydney Sweeney y concluyendo con la canción de Boris Vian: “Llena de complejos, ha cambiado mucho. Necesita un psicoanálisis para liberarla de sus complejos y que pueda romper con todo”.

Además del asombroso sexismo del texto, sobre el que no me extenderé aquí, me llamaron la atención varios usuarios de la red que criticaban mi supuesta envidia. Un registro misógino clásico que sitúa sistemáticamente a cada mujer en una postura de rivalidad con respecto a todas las demás. Una rivalidad envidiosa basada en atributos plásticos, lo que recuerda hasta qué punto la apariencia física de las mujeres es un elemento central de su valoración. Antes de profundizar en mi análisis, me gustaría volver sobre la elección de la antagonista que me han puesto. Sydney Sweeney, actriz estadounidense blanca, rubia y de ojos claros, se ha convertido en el emblema de la extrema derecha occidental alimentada por la supremacía blanca.

Todo comienza en el verano de 2025, cuando la marca de ropa American Eagle Outfitters lanza una gran campaña publicitaria de la que ella es la musa. El eslogan Sydney Sweeney has great jeans (Sydney Sweeney tiene unos vaqueros estupendos) juega con un doble sentido: en inglés, la palabra jeans (la prenda) se pronuncia igual que la palabra genes (los genes biológicos). Y la expresión to have good genes (tener buenos genes) pertenece al lenguaje corriente y significa ser guapo/guapa, atlético/atlética, saludable, incluso de buena cuna.

Ideal blanco e imaginario racista

En un contexto de aumento del racismo explícito, la lógica de los “buenos genes” aplicada a una mujer que encarna precisamente un ideal blanco activa un imaginario racista, sin que sea necesario referirse a él explícitamente. Estados Unidos se ha estructurado en torno a la idea de la pureza racial elevada al rango de doctrina institucional. La one-drop rule (regla de una gota), teoría de la “gota de sangre”, clasificaba a toda persona como negra si uno de sus antepasados tenía ascendencia africana, lo que determinaba su valor humano, así como su posición social y política.

El trumpismo ha retomado activamente ese léxico del patrimonio genético. Sus defensores invocan cada vez más abiertamente el orgullo o el legado genético, mientras que el propio presidente encasqueta a los inmigrantes y a las minorías raciales numerosos “defectos”, al tiempo que los acusa de "envenenar la sangre" de Estados Unidos.

Así, cuando se denunció que la publicidad de American Eagle Outfitters enviaba señales implícitas a esa ideología históricamente mortífera, las reacciones de la derecha dura no se hicieron esperar, lamentando la “cultura de la cancelación” que apuntaría a Sydney Sweeney por ser “guapa y blanca”.

El propio Donald Trump elogió a la estrella, oficialmente inscrita como votante republicana, y felicitó a la cadena de ropa. Y, como era de esperar, la controversia coincidió con un notable aumento de las ventas y del precio de las acciones de la marca. A partir de ahí Sweeney, la all-American girl (chica americana ideal) se ha convertido en el arquetipo de la perfección blanca, hasta el punto de ser invocada por la extrema derecha de mi propio país, que ha convertido la belleza en un auténtico campo de batalla.

Sydney Sweeney se ha convertido en estandarte, cuando su aspecto no se ajusta en absoluto a la norma dominante

Hay varios aspectos de esta oposición con mi propia estética que me llaman la atención. Por un lado, no soy actriz y no hablo de mi propio físico, con el que me siento muy a gusto. Por otro lado, aunque mi discurso denuncia los criterios generales de belleza, la elección de una actriz joven, rubia y delgada como prueba de mi supuesta envidia hacia las mujeres blancas plantea muchas preguntas.

Según las cifras, Francia cuenta con 5 millones de rubias, la mitad de las cuales no lo son de forma natural, lo que constituye el 3,5 % de la población. Las francesas, cuya edad media es de 44,4 años, visten por término medio ropa de tallas que oscilan entre la 40 y la 42. Todos los estudios muestran que la mayoría de las francesas están insatisfechas con su aspecto físico, y ¿qué hay más normal cuando los modelos propuestos ofrecen opciones tan limitadas?

Sweeney se ha convertido en estandarte, la prueba de la superioridad de la belleza blanca, cuando su aspecto no se ajusta en absoluto a la norma dominante. Las personas que se valen de su físico para criticarme probablemente no se parecen a ella ni de lejos. Pero su sentimiento de superioridad racial es tal que prefieren la comodidad de imaginarse que pertenecen al bando de los ganadores de la belleza antes que aprovechar la oportunidad que les ofrezco de replantearse su propia fisonomía cuestionando los cánones de belleza.

La belleza no tiene nada que ver con la ciencia

Y en la muy conservadora emisora Europe 1, la voz de Eugénie Bastié se sumó a las críticas a mi postura dedicándome una crónica en la que me presenta como una “activista afrofeminista”, como si yo no fuera periodista igual que ella. Ella percibe en mi intervención “todos los ingredientes del wokismo” y sostiene que “la belleza no es impuesta desde arriba por una conspiración de malvados publicistas ávidos de vender maquillaje”. Una afirmación discutible si tenemos en cuenta que los modelos promovidos por la publicidad crean normas cada vez más alejadas de la realidad media, lo que lleva a las mujeres a cuestionar constantemente su aspecto físico.

Mientras que otros invocan una “simetría” que haría atractivos los rostros, la columnista evoca a continuación “la ciencia y la psicología evolutiva”, que “nos enseñan que la atracción por la belleza es un mecanismo adaptativo destinado a maximizar las posibilidades de reproducción y supervivencia”, para deducir que la belleza es una “señal de salud y fertilidad”.

Se trata de una simplificación de tesis muy discutidas por los científicos. Por un lado, si esos criterios fueran indicativos de salud y fertilidad, las personas percibidas como bellas presentarían esas características, pero ningún estudio científico lo demuestra: la simetría facial no es un indicador fiable de la salud general en los seres humanos. La antropóloga Margaret Mead criticaba la idea de que las preferencias fueran innatas y afirmaba la radical variabilidad cultural de las normas estéticas, ya que los estándares de belleza son culturalmente específicos. En particular, observó en varios campos estándares inversos a los considerados “naturales” en Occidente.

Incluso la psicóloga Nancy Etcoff, que se encuentra entre los científicos que defienden la idea de que ciertas preferencias estéticas no provienen únicamente de la cultura, sino que son el resultado de presiones evolutivas relacionadas con la biología, considera que “las prácticas culturales determinan de manera decisiva lo que se considera atractivo, aunque las predisposiciones evolutivas delimiten un abanico de posibilidades”.

Considera por tanto que la belleza se basa en una base biológica moderada amplificada por la cultura y, en particular, por los medios de comunicación, las industrias cosméticas y las normas sociales. Son estas normas, forjadas por un pasado histórico, las que determinan los cánones de belleza y condicionan nuestros puntos de vista. Así, un mismo cuerpo puede clasificarse como sublime o repugnante según la época, el lugar o el contexto cultural.

Por un cambio de estigma

Los estándares de belleza producidos en el marco de las relaciones de poder, codificados por los grupos dominantes, son la expresión de un orden social y político. En gran parte del mundo, son las poblaciones blancas, que se han beneficiado de siglos de dominación económica, militar, cultural y mediática, las que han visto cómo sus características físicas se convertían en referencias estéticas universales.

Los cánones elaborados a partir de estas fisonomías han relegado a los demás cuerpos a la parte inferior de la jerarquía de lo bello. Frantz Fanon recordaba en Piel negra, máscaras blancas (Seuil, 1952) que el sujeto colonizado debía deshacerse de las imágenes despectivas impuestas por el colonizador y liberarse del “arsenal de complejos que germinó con la situación colonial”.

La enfermedad de la belleza

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Cuando los rasgos constitutivos del cuerpo se designan como intrínsecamente feos, reivindicarlos como bellos constituye un gesto subversivo. Para las mujeres de las minorías, reinvertir en el campo de la belleza es un acto saludable: afirmarse como bella en un mundo que afirma lo contrario es revertir el estigma.

 

Traducción de Miguel López

¿Somos todos potencialmente guapos? ¿La belleza es una apreciación cultural o contextual? Esta pregunta, que me apasiona desde hace mucho tiempo, está presente en la mayoría de mis libros, y mi última publicación no es una excepción.

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