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Perplejidades y temores a propósito de los nacionalismos

José María Agüera Lorente
Publicada el 07/07/2019 a las 06:00 Actualizada el 08/07/2019 a las 19:46
«Una nación (...) es un grupo de personas unidas por un error compartido sobre su ascendencia y un desagrado compartido hacia sus vecinos».
(Karl Deutsch, citado por Javier López Facal en Breve historia cultural de los nacionalismos europeos)


Elisenda Paluzie Hernández es la presidenta de la Asamblea Nacional Catalana. Según la Wikipedia «es una economista y profesora española» nacida hace casi 50 años en Barcelona. Yo desconocía que existiese hasta que hace unos días oí en la radio una grabación sonora tomada de un impertinente micrófono que ella creía apagado a través del cual quedaron registradas para la posteridad estas palabras suyas: «qué desagradable aquella periodista... La morena, la española esta... Qué pesada... No te daré el titular que quieres, borde». La borde periodista española no hizo otra cosa que ejercer su oficio, mediante el cual se hace efectivo el derecho ciudadano a la información recogido en el artículo 20 de nuestra Constitución. Fue pesada, porque indagaba mediante sus preguntas sobre la intención que inspiraba al sector independentista catalán representado por la señora Paluzie a activar un buscador de empresas comprometidas con la autodeterminación, después de haber llevado a cabo una campaña en toda Cataluña para animar a los catalanes a dar de lado a los que llaman «oligopolios estatales».

A juzgar por las palabras grabadas a esta adalid del derecho de autodeterminación de la nación catalana, que la Wikipedia la presente como una economista y profesora española –palabra esta última en azul que cuando se pincha sale una rutilante bandera constitucional– le tiene que producir a la interfecta el mismo efecto que a la niña de la película de El exorcista los rituales y persistentes rezos del Padre Damien Karras. No es exagerada la analogía, ya que cuando hablamos de nacionalismos estamos hablando más de teología que de política. Dado que la profesora Paluzie es parte de ese ente metafísico-teológico que es la nación catalana, ella no es española. Los españoles, como esa borde reportera, somos manifestación de una sustancia totalmente distinta. Entonces, podría deducirse –dejándonos llevar por este irresistible divertimento metafísico– que el ser borde es atributo esencial del español, como ser una víctima pacifista del antidemocrático Reino de España lo es del heroico catalán separatista.

Me causa perplejidad constatar que esta señora tiene el suficiente nivel académico como para haber sido decana de la Universidad de Barcelona, que la respalda una formación intelectual en instituciones tan prestigiosas como la London School of Economics, y que sin embargo parezca incapaz de discernir entre lo convencional y lo natural, esos dos ámbitos entre los que se trazó frontera categorial hace ya 2.500 años, cuando aquellos outsiders de la filosofía, los llamados sofistas, tan denostados por Sócrates y Platón (geniales guardianes de las esencias metafísicas), dejaron claro que la ley natural no es la ley social, en cualquiera de sus versiones, estética, moral o política. Que tras las esencias se disimula en realidad un brumoso mundo de palabras (o al revés). Y, según los retazos que nos quedan de sus pensamientos, fue uno de los más conspicuos sofistas, Gorgias de Leontinos, quien nos advirtió en aquella época dorada de Atenas, la primera democracia,  del inmenso poder de la palabra, a la cual con respecto al alma ponía en parangón con los efectos de los medicamentos sobre los cuerpos.

«Español» y «catalán» son etiquetas para aludir a realidades diversas, complejas, mutables y hasta contradictorias. Con ellas nos referimos a individuos concretos a los que agrupamos dotándoles de una identidad construida en gran medida a partir de elementos ficticios y de narraciones con un alto porcentaje de mito. Por esto la historia es un caballo de batalla de primer orden en la conformación de identidades nacionales. A este respecto me viene a la memoria una magnífica viñeta de El Roto donde la imagen de un hombre tocado de la típica barretina catalana en su cabeza emula la figura icónica del Tío Sam, acompañada del texto siguiente: «historiador, tu patria te necesita». En el caso catalán, precisamente, es muy ilustrativa la conmemoración nacional del once de septiembre con su ofrenda floral al monumento de Rafael Casanova al que se considera iniciador de la lucha por la independencia de la nación, pero que en verdad comandó ejércitos de distintas partes de España, no sólo de Cataluña, en una guerra de disputa por la corona del reino hispano, no por la independencia frente a él, y que confesaba luchar per la llibertat de tota Espanya. «No nos esforcemos tanto para explicar la complejidad del pasado. A casi nadie le importa. Lo rentable políticamente son los mitos. Los mitos hacen votar. Y enfrentan también a la gente, la llevan a matarse entre sí», advertía el historiador José Álvarez Junco a principios de año en un artículo que tituló La Reconquista. En él denuncia el falseamiento de la historia como elemento común del adoctrinamiento del que se nutren todos los nacionalismos sin excepción.

Como los mitos son eso, mitos, para que tales vaporosas etiquetas tribales adquieran cierto peso de realidad objetiva más allá de la pura sentimentalidad –es decir, del yo me siento sólo catalán, o catalán y español, o sólo español– está la materialización de la convención mediante la institucionalización, es decir, la creación de una realidad social objetiva en forma de instituciones reconocidas universalmente. De manera que por mucho que la profesora Paluzie se sienta catalana y se perciba como un ente parte de la res o sustancia catalana, objetivamente es española mal que le pese, porque tiene DNI y pasaporte español (a este respecto, resulta patéticamente ejemplar la historia del ínclito President Puigdemont y su pseudocarné catalán).

Los Estados son reales en ese sentido institucional, que es el que verdaderamente les otorga realidad objetiva y que se funda en el reconocimiento universal de su existencia; igual que el dinero, una ficción desde un punto de vista estrictamente material, pero capaz de causar efectos materiales por su realidad institucional. La nación, sin embargo, carece de tal realidad institucional. Esta carencia ontológica trata de suplirse por parte de los nacionalistas, con una absoluta falta de respeto por la verdad, mediante la identificación de algún elemento objetivable, ya sea de carácter natural (rasgos genéticos o fisonómicos singulares), cultural (la lengua distintiva) o histórico (algún acontecimiento señalado que marca el pasado idiosincrásico y unificador de un pueblo con identidad propia como el ya señalado por la fecha del once de septiembre o «la Reconquista»). Todos estos son rasgos que pueden otorgar un cierto sentido de identidad, eso sí, tribal; pero no valen por sí mismos para armar un Estado. Por eso la  verdad es que la república catalana no existe y el Reino de España, sí.

Sé que estos argumentos y otros que se le pudieran ofrecer en el mismo sentido no cambiarían la postura de la señora Paluzie ni la de los demás de su misma cuerda (todos inmersos en el delirio nacionalista al que ya me he referido en otras ocasiones, como en mi artículo Esbozo del delirio nacionalista, en «Claves de razón práctica», nº 257). Mucho me temo que nos encontramos ante lo que el filósofo José Antonio Marina llama fracaso cognitivo en su libro La inteligencia fracasada, que no es sino un tratado sobre la estupidez humana. No hay que confundir el fracaso cognitivo con el error, que es intrínseco al dinamismo de la inteligencia. Ese dicho de que quien tiene boca se equivoca podría muy bien ser que quien ejercita su inteligencia está expuesto al error. Pero la inteligencia de uno no fracasa si reconoce el error y es consecuente con ese reconocimiento; fracasa cuando se torna ciega al error, es decir –como explica Marina en su libro–, «cuando alguien se empeña en negar una evidencia, cuando nada puede apearle del burro, cuando una creencia resulta invulnerable a la crítica o a los hechos que la contradicen, cuando no se aprende de la experiencia, cuando se convierte en un módulo encapsulado». Los nacionalismos conforman módulos encapsulados que para según qué asuntos predisponen a quienes los profesan al fracaso cognitivo. Tipos de fracaso cognitivo son el prejuicio, la superstición, el dogmatismo y el que por ser condensación de los anteriores es el peor de todos, el fanatismo.

Aquí es donde pasamos de la perplejidad al temor, porque el fanatismo es pura violencia en potencia que únicamente requiere de un cebador para desencadenarse, ya que al blindaje contra las evidencias adversas se añade una defensa de la verdad absoluta y una llamada a la acción. El fanatismo es un peligro frecuente en los ámbitos político y religioso, porque estos últimos comparten una raíz común de naturaleza teológica que conecta las creencias de esas clases con verdades absolutas y trascendentes, tales como Dios, la salvación eterna, la nación, la patria... Todas a salvo del examen racional y la duda metódica en su mundo sutil, ingrávido y gentil, al margen de las evidencias materiales. Uno encontrará así, tanto en el pasado como en el presente, a fanáticos que han matado por creencias políticas y/o religiosas, pero no por teorías filosóficas y/o científicas.

El fanático ve un enemigo en el no creyente en sus doctrinas, lo que le conduce ineluctablemente al sectarismo, porque su mente secciona el mundo en dos: los que creen en la misma verdad que yo y los que no. Así pues, fanatismo y sectarismo van de la mano. Según el psiquiatra Fernando García Delgado, autor de El secuestro de la mente, nuestra psique comparte con la de otras especies animales el instinto de territorialidad. Para los animales territoriales, como nosotros, existe el territorio propio, distinguible del resto del espacio. A decir del doctor García Delgado, tal instinto es un programa innato fuertemente establecido que nos hace percibir el territorio propio como un espacio de confianza; lo que queda fuera de él es causa de temor y agresividad, pues es objeto indefectiblemente de desconfianza.

La frontera política que exige el nacionalista en busca de un Estado de su propiedad es trasunto de ese esquema mental que desconfía del espacio que queda fuera del territorio propio, el cual muta en fetiche que encarna la esencia de la nación, el país, los Països Catalans en el caso de la versión más fanática del separatismo catalán. Cuando el territorio propio no coincide con el espacio mental en el que se encuentran los diversos habitantes de ese territorio, se impone una tarea sistemática de adoctrinamiento y de purga que se halla moralmente justificada sin discusión ninguna, pues es deber ineludible de quien está en posesión de la verdad absoluta implantarla velis nolis; y no puede parar hasta que el país sólo lo constituyan auténticos catalanes, con lo que se habrá alcanzado en la práctica la suprema identidad metafísica entre pueblo y territorio.

En esas estamos en Cataluña, y dentro de estos parámetros hay que valorar episodios como el reciente del linchamiento verbal dirigido contra la alcaldesa Ada Colau cuando no pacta con los independentistas. O el de la campaña pregonada por la profesora y economista española Elisenda Paluzie Hernández a la que nos hemos referido al inicio de este artículo, y que incluye la elaboración de una lista negra de empresas a las que hay que hacerles la vida imposible por anticatalanas (en realidad, supuestamente no favorables a la independencia). Ambas son manifestaciones de ese sectarismo fanático que ha decidido seccionar a la comunidad de quienes conviven en Cataluña (qué lejos queda aquella definición de Jordi Pujol: «es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña») e identifica al catalán auténtico con el separatista, quintaesencia de la nación (léase a este respecto el conmovedor artículo de Javier Cercas titulado La gran traición).

Pero, cuidado, porque en este eterno proceso catalán de independencia (esta vez no hemos podido, pero os vais a enterar, porque volveremos a intentarlo hasta la victoria final) se podría muy bien evocar estas palabras atribuidas al ya mencionado Gorgias de Leontinos: «Las victorias sobre enemigos merecen himnos, las de sobre hermanos y amigos, cantos fúnebres».
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José María Agüera Lorente es socio de infoLibre
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19 Comentarios
  • Cesar MV Cesar MV 10/07/19 11:08

    Me parece estupendo ese significado para el nacionalismo como teología en vez de política..Una gran verdad.

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  • Oihartza Oihartza 10/07/19 09:36

    José María Agüero Lorente: La definición de Nación que tomas de quienes quiera que sean procede en primer lugar de la ignorancia, tal vez voluntaria, de la etimología del término.
    Nación es “el acto de nacer o de haber nacido” y, referida a los grupos o comunidades nacidas y desarrolladas en un entorno y unas características socio-culturales específicas en un tiempo u otro, debe partir de esa etimología.
    Otra cosa es el devenir de las Naciones originales en el tiempo y las vicisitudes sufridas por unas bajo la rapiña de otras que las ha llevado a su desaparición, pero subsisten aún comunidades que pueden reivindicar con razón sus identidades culturales como Nación y reclamar los derechos como tal.
    Una definición moderna que no contradice su etimología es la que Will Kymlicka propone en su trabajo “Multicultural citizenship. A liberal Theory of minority rights”, traducido “Ciudadanía multicultural” (Kymlicka. Paidos 1995)
    “Nación”, que expone como sinónimo de cultura específica, es según el: “Toda comunidad intergeneracional, con instituciones propias o no, organizada en un entorno original, compartiendo una cultura particular propia con voluntad de mantenerla y capacidad para gestionarla”.
    “Estado” para él, (por si acaso) es: “El conjunto de la sociedad situada en espacio o espacios geográficos determinados, organizada bajo un poder político común”.
    Aplicar la consideración de “error” a cualquier hecho natural es endiosarse, ponerse por encima del bien y del mal, de la verdad y la mentira.
    En este caso, tu definición, sea propia o copiada, es una definición impertinente, ofensiva e insultante y una descripción del concepto desde un subjetivismo interpretativo flagrante indigno de un Periodismo respetuoso.
    Supongo que sabes que partir de premisas subjetivas, interpretativas, falsas o no, pero siempre interesadas, convierte las conclusiones derivadas en lo mismo, por lo que he leído en vuelo superficial todos tus comentarios posteriores a la premisa definitoria, porque esa premisa me parece lo que ya queda dicho.
    No me ha sorprendido demasiado la aceptación laudatoria de tu discurso por parte de algunos, porque he sido testigo y víctima desde muy antiguo de un

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  • Javier Paniagua Javier Paniagua 08/07/19 13:46

    Tu reflexión puede estar bien argumentada y desde un punto de vista teorico puedo participar de ella. Pero el problema es que el nacionalismo no cuenta con la racionalidad y si con la invención de la tradición que señalaba E.H. Hobsbawm para articular sus fines, que es la independencia. Da igual los argumentos que puedan sostenerse. Si en 1986 solo el 16% de la población estaba por la independencia según las encuestas del CIS de la época, en el 2016 el porcentaje es del 47,2% y puede que baje o suba. Si se analiza los Estados que han nacido en Europa desde 1905 con la separación de Noruega y  Suecia, despues de la IGM con la desaparición del Imperio Austro-Hungaro o la caida de la URSS en 1989 cada pueblo  argumenta para constituirse en Estado y señala sus supuestas señas de identidad. Hasta se ha reconocido a Kosovo (no España ni Rumania) por la UE y EEUU, y lo que ha pasado en los Balcanes con la aparición de los numerosos nuevos estadoa o en la antigua URSS.. El deseo de convertirse en Estado por una población se articula no con racionamientos racionales, y todo sirve para el proposito de constituirse como tal, y si hace falta se utiliza la historia que convenga para su uso. Si una mayoria cualificada lo quiere así y las condiciones internacionales lo permiten el Estado acaba consolidandose por mucha argumentación racional que se dirima. Es como un tsunami imparable que no tiene racionalidad, y solo la fuerza o un acuerdo político puede impedirlo. Al igual que ocurre en los divorcios cada cual explica sus razones para llegar a la disolución, y lo que antes se sostenía, los sentimientos o la voluntad de suprimir la convivencia se impone por encima de cualquier consideración. Para nada sirven los argumentos lógicos o históricos. El nacionalismo como la religión es un sentimiento que va más allá de cualquier otro elemento: uno cree o no cree, uno quiere un estado independiente o no lo quiere, y contra eso no existen argumentos de ningún tipo. Si el soberanismo en Cataluña o en Euskadi se convierte en un movimiento social imparable o lo atajas por la fuerza, cosa dificil y casi imposible en estos tiempos, o lo conllevas por mecanismos políticos.

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    • Oihartza Oihartza 19/07/19 12:37

      Javier Paniagua:
      Me permito preguntarte en qué argumentos racionales te basas para decir que el auténtico nacionalismo que describo carece de racionalidad. Quisiera saber qué hay de invento en él porque su procedencia perfectamente razonada y racional en un relato también racional de la historia sin intereses de ningún tipo desde el inicio de la humanidad deja, a mi entender, una evidencia sin muchas posibilidades de contestación.

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    • phentium phentium 09/07/19 09:24

      La primera vez que leo algo coherente y aparentemente con el único fin de arrojar un poco de luz al tema.

      Gracias.

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  • Ambon Ambon 08/07/19 13:17

    En un mundo de economía global y poderes cada vez mas internacionalizados como es la UE, en un mundo de puentes, algunos, basándose en historias inventadas y/o manipuladas, prefieren levantar muros o trincheras y lo hacen con el fanatismo de las grandes verdades abstractas que solo han traído muerte y destrucción a la humanidad, me refiero a los conceptos de religión y patria.

    Pues bien en Europa a lo largo de la historia hemos pagado un alto precio por ambas verdades abstractas y fanáticas, las guerras de religión y las mundiales por citar solo algunas y ¡YA ESTÁ BIEN!

    El nacionalismo no es una virtud, es una desgracia, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo

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  • Isa. Isa. 07/07/19 21:54

    Muy buena reflexión, documentada. Desconocía que Elisenda Paluzie fuese la autora de aquella respuesta.. tan inadecuada, ahora la entiendo muy descriptiva. Entiendo también, algo más, acerca de ese corporal lenguaje que manifiesta característico a los curas y monjas. Semeja en su forma de expresión.

    SI. Mucho: "y dentro de estos parámetros hay que valorar episodios como el reciente del linchamiento verbal dirigido contra la alcaldesa Ada Colau cuando no pacta con los independentistas"

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    • @tierry_precioso @tierry_precioso 07/07/19 23:42

      Boas noites, Isa!

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      • Isa. Isa. 08/07/19 01:06

        Boas noites, tierry!

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  • Klm Klm 07/07/19 15:26

    Magnífico artículo. Muchas gracias.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 07/07/19 13:18

    Muy interesante columna como siempre.

    Para mi, lo peor del caso de Paluzié que relatas, es su sonrisa que no dejaba de enarbolar mientras hablaba en voz baja. No voy a intentar hacer lo mismo porque estoy seguro que no lo lograría. Ella debe tener una practica extremadamente frecuente para conseguirlo de manera tan natural, recogiendo objetos de la mesa...

    Me gusta leer comentarios de personas alejadas del "independentismo" en El Periodico. Selecciono este dialogo de comentaristas acerca de la tribuna de algún político barcelonés importante:
    -- Y este individuo quién es?
    -- Uno que cree que sabe , todo , y de todo. Vamos , un genio.

    También El Periódico valoro mucho las columnas de Xavier Sardà llenas de sentido del humor...

    No debemos caer en la depresión, aunque la cosa va muy lenta, sí que se mueve. Valls ha hecho lo que creía que tenía que hacer sin preocuparse de dimes y diretes. Se está organizando un nuevo partido catalanista antiindependentista la Lliga Democrática que puede mover la cosas en el buen sentido. Recuerdo que en la fiesta de los Reyes de 2018, sectores indepes habían mezclados los juegos festivos de los niños con estelades y Rufián con mucho sentido común comentó que de depender de él, no habría hecho tal cosa; con eso quiero apuntar que algunos sectores indepes ya han empezado a estar hartos con ellos mismos pero es verdad que no lo expresan públicamente sino que se refugian en un silencio.

    Señalo que en La herencia del pasado, La memorias históricas de España de Ricardo García Cárcel, las sesenta paginas dedicadas a la Historia de Cataluña me han parecido muy esclarecedoras.

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  • tarrul tarrul 07/07/19 11:29

    Que pena, lo que me ha costado leerlo, para nada. 

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    • José Luis53 José Luis53 07/07/19 11:50

      Quizás es que no sólo sea usted selectivo en la memoria, sino también en las entendederas.

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  • phentium phentium 07/07/19 10:21

    Otro incapaz de ver el nacionalismo español.

    Nacionalismo español bueno, el resto malos.

    Podría objetar cada una de las líneas de su panfleto pero espero que entienda que no lo haga dado el volumen de trabajo que plica.
    Quizás más adelante me pondré a ello, cuando pueda hacerlo desde el PC y no desde este incómodo teléfono

    De todas formas no creo que ello sirva para mucho....
    Al igual que el ppamfletillo con aires de artículo.

    Las posiciones están tomadas y soflamas patrioteras cómo esta no las van a cambiar.

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    • Grobledam Grobledam 07/07/19 11:04

      Usted es un perfecto ejemplo del fanático sectario del que habla el artículo. No ve, no entiende, no comprende; la evidencia es ajena a su método.

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      • phentium phentium 08/07/19 09:16

        Va usted a disculparme pero la evidencia la veo y casi l palpó todos los días a las puertas de mi casa.

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  • José Luis53 José Luis53 07/07/19 10:14

    Magníficas reflexiones. Sin embargo, yo cambiaría su introducción por esta de Benedict Anderson en " Comunidades imaginadas": "Recordar es seleccionar qué es lo que uno quiere que sea recordado u olvidado. Es normal, pues, que la segunda generación de nacionalismos no sólo se dedicase a exhumar, reinventándolos, ciertos pasados, sino también en enterrar otros. De ahí que Renan afirme en Qu´est-ce qu´une nation? la necesidad del olvido en la construcción de toda nación".

    Toda nación se basa es la selección interesada del recuerdo histórico. La siguiente pregunta es, interesada ¿ a qué? Ahí me parece que está la clave de la comprensión.

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