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Los torturadores franquistas siguen luciendo medallas dos años después del anuncio de su retirada

El hombrecillo

José María Aznar fue este pasado lunes a València, a una universidad de la Asociación Católica de Propagandistas, a dar una conferencia sobre la Transición. Habló sobre Gaza para manifestar su férreo apoyo a Israel, un país que ha asesinado a alrededor de 35.000 personas desde octubre. También aseguró que la izquierda “padece una indigencia intelectual muy grande” ya que “cada 15 días tiene que ir a escarbar los restos de Franco porque si no no puede vivir". Para acabar de calificar al presidente Sánchez de “farsante”, “caudillo populista” y “autócrata” que está llevando a cabo una “contratransición”.

Aznar fue el cuarto presidente del actual periodo democrático, también es un problema para nuestro país. Decidió meter a España en una guerra, la de Irak, una invasión ilegal encabezada por el Estados Unidos de Bush, el cual le sentó a su lado, le prestó el acento y le dejó que pusiera los pies sobre su mesa. Aquel desastre costó una región devastada, un aumento del terrorismo y más de medio millón de muertos. Puede que por eso, Aznar sienta simpatía por Israel.

Nunca supimos si aquello pretendió ser una jugada estratégica que situara a España donde nunca debió estar, al lado del cuatrero poder angloamericano, o tan sólo el producto de la ambición de un hombrecillo acomplejado que quiso sentirse importante de la peor manera. Desde aquel 2003, ese presidente, que pudo pasar a la historia como todos, con sus luces y sus sombras, quedó marcado como alguien que prefirió situar su arrogancia por encima de la opinión mayoritaria de unos ciudadanos que le dijeron, a millones en las calles, que no lo hiciera.

Aznar ganó las elecciones generales del 2000 con una mayoría absoluta incontestable. Un triunfo que borró aquello del centro reformista, el hablar catalán en la intimidad, denominar a ETA como un movimiento vasco de liberación y editar, recién llegado a la Moncloa en 1996, los diarios de Azaña. En su segunda legislatura se comió una huelga general y unas protestas estudiantiles masivas, también una crisis ecológica, la del Prestige, que quiso dar por saldada con mentiras mientras que muchos se manchaban las manos recogiendo chapapote. 

A cambio, eso sí, casó a su hija en El Escorial, con retransmisión en directo e invitados de postín: unos cuantos acabaron, en los siguientes años, en Soto del Real. Cuentan que a Juan Carlos aquella demostración de influencia no le sentó bien, quizá intuyendo que lo que allí se dirimía no era tanto un enlace matrimonial como la puesta de largo de alguien que, llegado el caso, se veía ya más como jefe del Estado que como presidente del consejo de ministros. Un borbón nunca anda desencaminado ante las miradas de codicia a su corona.

No hay suceso lóbrego en estos últimos 20 años, desde la aparición de Vox hasta la muy reciente ola de desestabilización, del que Aznar no haya formado parte, bien como muñidor entre bambalinas bien como cabeza visible, llamando a una movilización contra este último resultado electoral

Tras la guerra vino el atentado; tras el atentado, más mentiras. No es verdad que el 11M le costara las generales al PP por la vinculación con la invasión a Irak. Ante un hecho trágico e inesperado, los electores siempre eligen continuidad. Pero Aznar decidió que, en vez de encarar de frente el carácter islamista de los autores de la masacre, era mejor engañar a todo un país metiendo a la ETA de por medio. Una vez descubierta la farsa, España dictó sentencia.

Aquel deshonroso final fue algo que Aznar nunca nos perdonó. Por eso, en vez de retirarse de la vida pública, en vez de dejar que el tiempo y el olvido limpiaran su nombre, optó por mancharnos a todos deslegitimando aquellas elecciones, primero, para después pasar a patrocinar la conspiranoia en torno al atentado. Si existía un consenso constitucional, es él quien lo rompe en 2004, pariendo una derecha que ha hecho de ese rencor su seña de identidad, que se piensa en una cruzada para restaurar aquel desplante de las urnas. Nunca una mala digestión de un delirio de grandeza nos ha salido tan cara. 

No hay suceso lóbrego en estos últimos 20 años, desde la aparición de Vox hasta la muy reciente ola de desestabilización, del que Aznar no haya formado parte, bien como muñidor entre bambalinas bien como cabeza visible, llamando a una movilización contra este último resultado electoral como si su juicio estuviera por encima del de todos. Es lo que tiene acostumbrarse a la asonada, que una vez se echa a rodar la bola ya no hay dios que la pare. 

No nos engañemos, no hay perturbación que pase del individuo a la generalidad sin altavoces que la extiendan, pero tampoco sin apetito de formar parte de ese movimiento encanallado. Uno de los valores de la Transición fue dar la oportunidad a la derecha de liberarse de su pasado más reaccionario, de poner el contador a cero, algo que, por injusto que fuese, nos hubiera venido bien a todos. No sé si estuvieron cerca o lejos de conseguirlo. Lo que sí sé es que quien acabó con esa oportunidad fue Aznar, ese hombre, desdicha de país, arrebato grotesco, resentimiento fijo.

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