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La más amarga victoria

Publicada el 31/03/2020 a las 06:00

Aconsejaba hace unos días José Mújica, con ocasión del programa de Jordi Évole y en calidad de experto en reclusiones, aprovechar el confinamiento forzoso para dialogar con uno mismo. Si el capitalismo ha obtenido un éxito tan incontestable en las sociedades occidentales, buena parte del mismo hay que reconocérselo al alto ritmo que impone, ritmo que impide la reflexión. Hoy existe un consenso generalizado en que gastar una hora del día en pensar es perder una hora del día, y por eso tenemos que engancharnos a una serie, salir a correr, ir de compras, echar unas cervezas, acudir a un concierto, probar un nuevo peinado, compartir nuestras fotos en instagram, nuestros pensamientos (que no son más que burdos retoques de los de otros) en twitter, o cualquier ocurrencia en facebook.

Si atendemos al consejo de José Mújica, la actual crisis del coronavirus aporta interesantes datos para reflexionar sobre el comportamiento de la actual sociedad occidental, en clave interna respecto al papel del Estado, y en clave externa respecto a nuestro modelo de desarrollo.

En clave interna, sin ánimo de profundizar en las causas que confluyeron para imponer la visión neoliberal en todo occidente, hemos asistido las últimas décadas a un inexorable proceso de traslación de la toma de decisiones desde el Estado hacia el Mercado. Afirmaciones tan extendidas como que “el mercado produce una asignación eficiente de recursos” se han aceptado como argumento para arrinconar al Estado sin tomar siquiera cinco minutos en reflexionar sobre ella; ¿es cierta esa afirmación? Y si así fuera ¿es la asignación eficiente de los recursos la mejor asignación? Respecto de la primera cuestión, incluso los mayores defensores del mercado conceden que esto sólo ocurrirá en el supuesto de competencia perfecta, y que ésta requiere la ausencia de externalidades, la inexistencia de economías de escala, la información completa o la homogeneidad del producto, condiciones todas ellas imposibles en un mercado libre. Y sin embargo acusamos de utópico cualquier otro planteamiento. Respecto de la segunda, situaciones como la que hoy vivimos demuestran que la asignación eficiente de los recursos no es la óptima para responder ante situaciones de emergencia como la actual. Podemos verlo con algunos ejemplos.

Si analizamos un sector hoy fundamental, la Sanidad, podemos observar el comportamiento del mercado. ¿Qué ocurre con la sanidad privada? Quienes han erigido un imperio criticando la falta de eficiencia de la sanidad pública, hoy mandan a sus trabajadores de vacaciones. No es eficiente atender emergencias sanitarias, el excesivo incremento de la demanda no puede ser absorbido eficientemente en el corto plazo, así que el sector privado se retira. ¿Que haríamos si no hubiera sanidad pública? No es necesario imaginarlo, ya estamos comprobando los efectos de haber privatizado la sanidad en exceso: no hay epis, no hay ucis, no hay camas, no hay personal; en condiciones normales de mercado no es eficiente tener un colchón de recursos. ¿Es, por tanto, la asignación eficiente de los recursos la óptima? No creo que nadie que dedique unos pocos minutos a la reflexión pueda pensar eso hoy.

 

Máximo mercado (EEUU), récord de incidencia, máximo Estado (China), récord de contención. El establishment neoliberal se ha apresurado a vincular el éxito chino con el autoritarismo y la inaplicación de los derechos humanos, pero esa asociación es deliberadamente falsa, pues todos los países, incluso los más neoliberales, han reconocido ineludible recortar los derechos humanos. Por tanto, dicha vinculación, trata de ocultar la verdadera razón del éxito chino: un Estado fuerte capaz de reaccionar a tiempo con todos los recursos que sean necesarios. Y no es que China tenga más recursos que EEUU, sino que los recursos de China están disponibles para el Estado, y los de EEUU, mayoritariamente en el mercado, se retiran cuando la sociedad más los necesita. Eso no es una cuestión de derechos humanos, pero el establishment neoliberal se encargará de establecer la relación para que no exista la tentación de aumentar el tamaño del Estado.

¿Y el propio funcionamiento del mercado? Tan eficaz para concentrar las plusvalías alrededor de los propietarios del capital y tan incapaz para cuestiones más terrenales, como atender a las necesidades vitales de las personas. Hoy asistimos aterrados a la versión más salvaje del mercado con los productos imprescindibles para todos los países: medicamentos, kits de detección y equipos de protección. Pura especulación, intermediarios negociando a varias bandas, sobornos y chantajes, ventas a precios exorbitantes, incumplimiento de acuerdos, de controles de calidad, fraude, engaño, dinero, dinero, dinero,… “es el mercado, estúpidos”… la asignación de recursos escasos en función de criterios especulativos.

Y el mundo empresarial. Las grandes empresas transnacionales, que presentan balances multimillonarios año tras año, reparten pingües beneficios entre sus accionistas y consejos de administración sin guardar provisiones para las situaciones de crisis (a sabiendas, ellos lo saben mejor que nadie, de que éstas son inevitables). Esos grandes empresarios que nos echaron la culpa de la crisis de 2008 por no ahorrar, por no prever, por no saber de economía básica y por endeudarnos demasiado, tampoco saben ahorrar, prever, guardar provisiones para los imprevistos; prefieren aplicar ERTES masivos para que, como siempre, seamos el Estado y los ciudadanos quienes resolvamos la situación. Y en el ámbito fiscal, quienes hoy reclaman ayudas fiscales, no se cansan de exigir rebajas fiscales cuando la economía marcha bien; ¿y de donde pensarán que salen las ayudas que ahora reclaman si no es de los impuestos que todos pagamos cuando nos van bien las cosas?

Y por fin, el gran mantra de los gurús neoliberales: “Hay que adelgazar lo público”. La gran hipocresía de exigir un Estado exiguo y criticarlo cuando su anorexia extrema le impide afrontar una crisis con solvencia. 

Por tanto, el análisis interno es duro, requiere una profunda reflexión, y nos exige el inmenso esfuerzo de revisar críticamente los principios más comúnmente aceptados por nuestra sociedad. Y no es fácil revisar críticamente nada cuando se nos ha entrenado para lo contrario, cuando se nos ha acostumbrado a consumir compulsivamente (productos, cultura, noticias,...) sin dejar un instante libre para la reflexión.

Sin embargo, probablemente, el análisis externo es más duro: reflexionar acerca de nuestro modelo de desarrollo. No vean en las siguientes líneas un alegato a favor de la vuelta a las cavernas. El sistema siempre desprestigia cualquier análisis que cuestione nuestro modelo de desarrollo etiquetándola de propuesta de subdesarrollo, de vuelta al pasado, pero nadie propone semejante cosa, sólo son propuestas de reducir la brecha de desarrollo, y eso no significa volver hacia atrás, sino bajar el ritmo, esperar y cooperar con quienes quedaron atrás (con quienes dejamos atrás). La teoría de la relatividad aplicada a la cuestión social: el desarrollo puede acelerarse o ralentizarse, pero no puede retroceder; pongamos cierta pausa entonces.

Sin salir del ámbito sanitario. ¿Es peor el Covid-19 que la malaria? Medio millón de personas (OMS 2019) mueren cada año por una enfermedad que carece de vacuna pero, ¿paramos el mundo? No lo paramos porque en el primer mundo no existen vectores de transmisión. Y no es necesario acudir a una enfermedad tan “difícil” de tratar como la malaria, hablemos del Escherichia coli: en el año 2008 la mortalidad mundial por diarrea entre la población menor de cinco años se estimó en 1,87 millones (OMS). Tampoco parece que en el primer mundo tengamos ese problema, así que no podemos pararlo todo por 2 millones de niños muertos al año. No se cuestiona aquí la paralización mundial por el coronavirus, se cuestiona la falta de acción por las enfermedades que no afectan a los ricos.

La reflexión requiere un paréntesis para aclarar por qué no podemos pretender que los países subdesarrollados luchen sin nuestra ayuda contra sus enfermedades. Escribía Rostow, en su Teoría de la Modernización, que las sociedades tradicionales parten del subdesarrollo, y atraviesan diversos estadios de desarrollo hasta alcanzar el de las sociedades modernas. Y por tanto, los países subdesarrollados, sólo tienen que transitar por dichos estadios hasta alcanzar nuestro nivel de desarrollo. Ese punto de vista es el que todavía hoy se utiliza para justificar nuestra indolencia con los problemas del tercer mundo. Rostow parece olvidar que el tránsito hacia las actuales sociedades modernas sólo fue posible gracias a la conquista, colonización, esclavización, expolio y explotación de todo el resto del mundo. Ignoro si Rostow proponía que el tercer mundo haga lo mismo para desarrollarse, pero si así fuera necesitaríamos otros 10 mundos como el nuestro para que alcanzasen el estadio de la Sociedad Moderna. La alternativa es comprender que debemos nuestro desarrollo a la subyugación del resto del mundo, y puesto que dicho tránsito está vetado para ellos (por una simple imposibilidad material, sólo hay un mundo), asumamos un papel activo en su desarrollo.

Explicaba la FAO en su informe de 2015, que el 0,1% del PIB anual mundial permitiría acabar con el hambre en el mundo. Hace pocos días, la OCDE estimaba el impacto inicial de las medidas de contención en algunos países: 18% del PIB en China, 25% en EEUU, 28% en España o 29% en Alemania (Evaluating the initial impact of Covid containment measures on activity. OECD). Resulta aterrador que aceptemos sin pestañear la pérdida de una cuarta parte del producto interior bruto para luchar contra un virus que apenas acabará con medio millón de vidas en todo el mundo, pero no nos permitamos invertir 250 veces menos en salvar 7 millones de vidas al año (Muertes por inanición. Deutsche Welthungerhilfe. WHI 2013). Esa es la escala de nuestra hipocresía. 

Por tanto, hay tiempo y motivos para emprender un diálogo sosegado con nosotros mismos. ¿Por qué aceptamos que nos priven de nuestro bien más preciado, la libertad, por un virus que mata muchísimo menos que nuestra codicia? Un virus cuya única diferencia con otros más letales es que afecta, sin discriminación alguna, a ricos y a pobres ¿Cómo es posible que no podamos renunciar a una décima porcentual de nuestra comodidad para mejorar la vida de millones de desdichados, pero renunciemos con tanta facilidad a nuestra libertad para salvar a unos cuantos privilegiados? Sería muy triste concluir que es éste un alegato contra el confinamiento. Nada más lejos de la realidad, el confinamiento es necesario e incluso imprescindible, pero más ineludible es reflexionar, y cambiar, y exigir que cambiemos.

Si salimos victoriosos de la crisis del coronavirus, que lo haremos, celebraremos la victoria, pero si salimos como entramos, sin reflexionar, sin cambiar, sin aprender, será la más amarga victoria.

_________

 

Pau Sanchis es socio de infoLibre. Es arquitecto, máster en Cooperación al Desarrollo y estudiante de Ciencias Políticas.

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1 Comentarios
  • Ambon Ambon 31/03/20 17:22

    Y ahora ¿Donde están los mercados?

    Cuando esto pase será necesario hacer un enorme esfuerzo para que la gente no olvide quien ha tirado del carro que es el Estado, será necesario explicar que incluso en USA después de la gran crisis del 29 se salió por el Estado, por las inversiones públicas y porque el tramo último del impuesto sobre la renta estaba en el 94% para los multimillonarios.

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