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Lastre de una época

Antonio García Gómez
Publicada el 13/08/2020 a las 06:00

De antaño, de ahora y siempre, y viceversa, singular el pasado, al servicio de un pasado que nos aplasta y confunde.

"La Comunidad de Madrid es la que menos invierte en Sanidad pública en relación a su PIB. La tercera que peor paga a sus profesionales y que menos presupuesto utiliza para la Atención Primaria".

Como triste emblema de nuestro cercano pasado y presente sobrevenido, a pesar de los logros y de esa estabilidad y prosperidad de la que muchos hacen gala y propaganda, de manera que sería innegable insistir en que se ha interiorizado, profundizado y afianzado en una cultura de la impunidad, al menos entre las clases dominantes, paralelamente a esa prosperidad que ha beneficiado a unos pocos.

Se pondera con cierta razón, sin duda y con exagerada pulsión, del fenómeno sociopolítico que caracterizó y supuso la Transición del 78, que sucedió al fenómeno natural del fin anunciado de una dictadura que devastó y conformó nuestra propia sociedad nacional. Fueron demasiados años, largo tiempo de dictadura, por otra parte, negada, suavizada, interpretada por una parte considerable de esa misma sociedad, primera y principal víctima del efecto devastador de esa misma dictadura: en voz de los beneficiarios herederos que supieron que había que adaptarse a los nuevos tiempos, si querían, que lo querían, volver a ser los protagonistas de lo que hubiera de venir.

Es curioso que uno de los personajes más renombrados y respetados de ese periodo es Santiago Carrillo, comunista puesto en la diana de todos los miedos y odios, reciclado a ojos vista, apaciguado... Muy hombre de Estado, aseguran, capaz de plegarse para que todo se calmara, por cierto, empezando por los ruidos de sables amenazantes, para lograr en muy poco tiempo una nueva sociedad que respetara en esencia el establishment, la desigualdad asumida, un borrón y cuenta nueva muy acomodado y el regreso a una inanidad muy aplaudida y respetada.

Más tarde, en tiempos convulsos, desde un gobierno de izquierdas saltó la caja de resonancia del terrorismo de Estado, negado a la vez que sustentado, desde las cloacas que ya comenzaban a ser … "respetadas", bajo el mantra de "gato blanco, gato negro, el caso es que cace ratones". Y así se admitió el asesinato vengador y chapucero, la tortura y el atajo desde la ilegalidad solapada a la legalidad recién abrillantada.

En 2003, el filibusterismo del Tamayazo fue deglutido, entre risas y mohines de desprecio, para que llegara al poder en la Asamblea de Madrid "quien debería llegar", con componendas, soborno y chapuzas gangsteriles negadas con perfil chulesco.

Mientras, la sociedad lo asumía y premiaba cada vez más a los tramposos.

Y sobrevolando la escoria del corral, el campechano que lo validaba todo, porque éramos un país fetén que lo mismo poníamos en funcionamiento una Expo internacional en Sevilla, que unos Juegos Olímpicos en Barcelona, que construíamos más pisos que "Francia, Alemania e Inglaterra", aunque no fuéramos a utilizarlos, aunque solo nos interesara la especulación.

Y el pelotazo era el palabro por antonomasia, desde los albores de la transición democrática y su estabilidad hasta las postrimerías, cuando ya el hedor se hacía insoportable.

Porque entre tanta inviolabilidad, el rey por encima de la ley, la inmunidad a miles y miles de amorraos a los distintos pesebres y la impunidad manifiesta entre "esas personas de las que usted me habla o pregunta", pues nuestra querida España, la de "a por ellos, a por ellos", se quedó como un erial con nativos sordos, ciegos y mudos … O eso desearon, eso creyeron y eso imaginaron, los barandas del poder, del rey abajo hasta los estómagos agradecidos del régimen que hedía e hiede… por mucho que se salga en defensa de tanta desfachatez y desahogo.

Y en esas estamos: con el gambito de la huida, no huida, exilio, no por dios, del rey que lo fue, muy campechano él, muy inviolable, muy ocurrente y trampantojo hasta la ordinariez, para que ahora digan… que "la institución no está en entredicho"… hasta la próxima, admitiendo la anacronía como… ¿animal de compañía?

Y en cualquier caso, ¿la familia bien?, la familia bien, gracias… pues más aliviados quedamos.

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1 Comentarios
  • MIglesias MIglesias 14/08/20 05:53

    Lo ha captado muy bien y lo ha expuesto mejor.
    La cultura de la impunidad no sería posible si quienes hacen las leyes no fueran los mismos que gozan de la impunidad que ellos mismos se procuran.

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