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Ese Madrid se divierte

Fernando Pérez Martínez
Publicada el 26/01/2021 a las 06:00

El Madrid guapo, sin complejos, rabiosamente joven y procedente de los centros privados que oponen sus carros de alta gama contra la ley Celáa, se divierte. Porque le asiste el derecho a expansionar esos cuerpos halagados por la dulce juventud y por sus ayos y progenitores amantísimos incapaces de poner la mosca de una pandemia en su vaso de leche y miel. Siempre es primavera en su calendario y si alguna hoja otoñal se traspapela para recordarles que se han de morir y volver al polvo, allí está la billetera de mamá o de papá para restablecer la creencia en su invulnerabilidad simulada por la falta de años volviendo la burra al trigo o las cosas a su sitio, como están más predispuestas a entender sus parciales orejas.

Son amaestrados en supersticiones de pueblo elegido de dios, por claudicantes asalariados que viven de puntillas para mantener digna apariencia de señoritos venidos a menos, que confunden el amor filantrópico a la infancia y la juventud, con el sometimiento a la clase adinerada y sus proyecciones biológicas hacia el futuro que conducirán con sus lampiñas manos, en cuanto cumplan la edad reglamentaria, máquinas que ellos nunca se podrán permitir, acaso de enésima mano… y eso les coloca, ante sus discentes, en el lado de la raya que la servidumbre jamás debe atravesar.

Son elementos del paisaje, remedos de escenografía habituados a hablar con los distinguidísimos progenitores y familiares, tentándose la ropa, decorando las a menudo inexistentes cualidades que tienen esos niños o adolescentes hijos de quien son, que aunque no manifiesten condición socialmente aprovechable además de la sombra, no por ello dejan de ser tan espontáneos, originales, auténticos, ocurrentes, llenos de energía irrefrenable y otros lugares comunes que ocultan la prepotencia, la soberbia, la grosería, la tosquedad, la falta de consideración y otros caracteres inherentes a la altivez burda de ciertas clases menestrales e industriales venidas a más.

Es la maldición que pone en evidencia igualando a familias cultas y advenedizas. La clerecía propietaria de los chiringuitos de adoctrinamiento político y religioso y circunstancialmente centros educativos, oculta el vuelo sátiro de los hábitos tras la barrera humana puesta a su servicio, que despliega a satisfacción de la torpeza de las familias las fórmulas comerciales que explican que los semovientes que manifiestan ser tal astilla de tal palo, mediante la incapacidad genética de la atención, y la actitud deficientemente humilde y respetuosa por quienes les iniciarán e intentarán acompañarles por la senda hermética de los saberes que les han de permitir adquirir el bagaje que modelará su personalidad conduciéndoles a un estado intelectual superior a su elemental puerilidad de la que proceden y en la que muchos permanecerán irremisiblemente, que les forjará seres conscientes de la humanidad de la que son extensiones como individuos, permitiéndoles reconocerse para más o para menos, en cada uno de sus semejantes así procedan de un cayuco, de un Seat Ibiza, de un viaje de bonobús o de un jet privado.

Las acémilas incapaces de asumir su realidad, que viven el ensueño providencial de las facilonas fantasías clericales de pertenecer sin más requisitos que la genética bancaria de papá o de mamá y la limosna, al retozón rebaño de los elegidos caprichosamente por la divina voluntad del dedo uno y trino que, sin necesidad de esfuerzo que desarrolle valor alguno, les ubica como grano del selecto montón de la sal de la tierra.

Quién se atreverá a convencerles de que existe un bien superior a su derecho a brincar al son de la flauta de su imberbe adolescencia, que forman parte, aunque pretendan no darse por aludidos, de una sociedad que también integra a otros colectivos a los que su irresponsabilidad olímpica perjudica y mata. Que su primavera no tiene flores suficientes para ocultar la fetidez de su letal e insolidario comportamiento. Y que a la vuelta de unos años sabrán de qué les hablo y ya será tarde.

No hay papeles en la billetera familiar que os pueda blanquear lo bailao, queridas y queridos dicharacheros mamíferos.


Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre

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4 Comentarios
  • MIglesias MIglesias 27/01/21 00:10

    No son solo los cachorros de la gente guapa los que van de fiesta saltándose las restricciones ni creo que se les deba culpar de lo que puede que hagan cuando sean adultos, ni de haber nacido ricos. Veo demasiada saña en su artículo, creo que se nos está yendo la olla con tanto odio, la lucha de clases no era eso.

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    • martín pérez martín pérez 27/01/21 00:31

      Tienes razòn. La generalización conduce al error reduccionista. Lo que hagamos con la sociedad es cosa de todos. Eñ artículp se refiere a una patte de la sociedad que disponiendo de medios alimenta un sistema. ..endogámico que concibe el sentimiento religioso como un mecanismo segregador y socialmente reaccionario que sin educar adoctrina. Por supuesto que la estjupidez no es patrimonio exclusivo de esta gente.

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  • Maritornes Maritornes 26/01/21 19:15


    Estos mamíferos existirán siempre y siempre serán así: no pueden ver (o quizá no hay) motivos para su reconversión. No conocen la culpa porque es invisible para ellos, la culpa nunca llega tan arriba.
    Da igual, que sean felices, ellos no son el problema.

    El señorito Iván puede seguir con su vida, e incluso ignorar que hay otras, porque Paco el Bajo y Régula siempre le eligen a él como señorito, cuando pueden elegir algo.

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  • Angel10 Angel10 26/01/21 17:21

    La herencia económica es la principal fuente de desigualdad, un Estado Social y Democrático debería regular ese tema y hacer distribución de la riqueza via impuestos

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