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Rumbo y derrumbe

José María Barrionuevo Gil
Publicada el 23/05/2021 a las 06:00

Aunque la Tierra no era plana, ya que eso son modernismos y moderneces de ahora, Colón se tiró al agua, porque, como líquido que era el mar océano, el agüita de entonces tenía que estar también contenida entre los continentes. “Y se marchó” con los suyos que también eran los nuestros, dispuesto a seguir el rumbo que se le había metido en sus entendederas. Y se lanzó a la aventura, pensando que el porvenir llegaría lo antes posible.

Muchas veces nos pasa que el rumbo no nos lleva a ninguna parte, sino que somos nosotros los que llevamos el rumbo pegado a nuestra piel por aquello de viva el rumbo y quien lo trujo. Así nos convertimos en personajes de postín, aunque no contemos con ningún bote ni ningún botín. Así el mar se nos vuelve insípido, porque parece que muchos y muchas arramblan con la sal y el salero.

Otras veces, tener un buen rumbo nos hace rumbosos y pensamos que el mundo está en nuestras manos, está en nuestro poder, a cuentas de una no pequeña generosidad.

Hemos podido observar y, por ello, ir viendo qué clase de rumbo está tomando este planetita, con tanto dar vueltas y con la tonta monotonía de sus días y de sus noches, porque resulta que no todo es claridad, pero sí, a veces, todo es un constante cansancio, que nos vuelve cansinos de por vida.

Siempre se ha dicho que el diablo no duerme y que el odio no tiene vacaciones. Por más vueltas que nos obligue a dar este mundo, no es extraño que nos encontremos en cualquier equina, incluso en las plazas de toros, que no tienen ninguna, una nueva moda, para que no olvidemos cómo las embestidas constituyen un arte y que, a veces, no hay ni capote ni muleta que se le resista.

El rumbo político que ha ido cobrando el 15M en estos años, convirtiéndose en movimiento político, que incitó, incluso, a muchos y muchas, rumbosos y rumbosas, tradicionalistas de los antiguos poderes, no era de esperar. Se puso en pie media plaza, la que siempre le gusta estar a la sombra, para torear y aguijonear a cualquiera que se les pusiera delante y echar un brindis a la cara y al sol. Cuando llegó la hora hipócritamente deseada de la verdad, había que dejarse de miramientos y empezaron a marear, a dar pullazos, a prodigar muletazos de todos los colores, a no conceder ni agua ni descanso a una familia, que para protegerse y proteger a los suyos se cambió a una mansión, donde no llegaran ni los mansos. Sin embargo, la mansedumbre no es un deporte nacional y menos nacionalista.

Asumiendo en más de una ocasión los errores y equivocaciones, Iglesias se echó a un lado. Más tarde, hasta se permitió el lujo de bajar del cielo ministerial por tal de servir a más de uno, aunque no fuera de los suyos. Sin embargo, el odio se había cebado y generalizado, porque no tenía ni la libertad de derecho y ni de derechas, que podría tener, de tomar una cervecita y comer tranquilo con los suyos en una terracita de esta España tan ancha y, a la vez, tan estrecha.

No nos podemos ni imaginar hasta qué punto ha llegado el derrumbe que Iglesias, bastante quemado, ha desistido de su rumbo y ha tenido que interpretar todo el odioso asedio, como medicina que calme sus nervios y los forzudos nervios de los acosadores. No sabemos, y nos extraña, pero podemos hacer algunas conjeturas del machaque continuo sobre una persona y su familia, como si fueran la única familia no sagrada del ruedo ibérico. Los matadores de ideas nuevas, los matadores de otras ilusiones y otros sentimientos y sensibilidades, han contado constantemente de burladeros sociales, policiales, políticos donde hibernar hasta las próximas fiestas nacionales, por supuesto. Ahora, el irse de rositas, si eres de los nuestros, se va a proclamar como otro deporte nacional, como otro continente patrio sin contenedor alguno.

Hasta qué punto ha podido faltarle la luz, luz que ya se recogía en un triste atardecer, pues el derrumbe de Iglesias ya parecía estar como sentenciado, y no ha podido ver con claridad unos extremos, que pueden dar consuelo a cualquiera, como era el claro aumento de votos y de respaldo que el respetable le había concedido. Hasta qué punto ha podido faltarle la luz, que, sin querer, le ha hecho seguir el mandato autoritario de la embajadora de la extrema derecha que le dijo “márchese” y que no era la primera vez que se lo decían.

Mientras, los que dijeron que se iban de España a Somalia, a Portugal... no han cumplido su palabra y se han quedado, con mucho rumbo, para arremeter con el próximo que se atreva a mejorarnos.

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José María Barrionuevo Gil es socio de infoLibre

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