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Estados Unidos

Peluquines y democracia

  • Las declaraciones racistas de Donald Trump han llegado al Parlamento británico, donde algunos diputados llegaron a calificarle de "bufón", "loco peligroso y "xenófobo ridículo"
  • Al tiempo que una escocesa recogía 600.000 firmas pidiendo que se prohiba la entrada de Trump en Reino Unido, otras 460.000 exigían que sea a los inmigrantes a los que no se deje entrar en el país

Barbara Celis (Ctxt)
Publicada el 21/01/2016 a las 06:00 Actualizada el 20/01/2016 a las 21:55
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El precandidato republicano a la presidencia de EEUU, Donald Trump, durante un discurso en el museo John Wayne de Winterset el 19 de enero.

El precandidato republicano a la presidencia de EEUU, Donald Trump, durante un discurso en el museo John Wayne de Winterset el 19 de enero.

EFE
Nunca un peluquín dio tanto miedo. Y nunca tuvo tanta repercusión internacional. Para ser justos digamos que sólo es una ficción, el resultado de un mal implante: el peluquín ya no es tal, parece que lo cambió hace tiempo por esos injertos que se hacía su amigo Berlusconi, pero eso es lo de menos: el problema no es lo que hay sobre la cabeza del aspirante a presidente Donald Trump sino en su interior.

El nerviosismo que produce el racismo, el extremismo y los disparates de ultraderecha de este excéntrico estadounidense, multimillonario y propietario de un imperio inmobiliario, ha atravesado fronteras, y como algunas veces las democracias aún pueden sorprendernos, el lunes el Reino Unido se atrevió a debatir en el Parlamento, durante más de tres horas, si deberían prohibirle la entrada a ese país a Donald Trump. ¿No les parece maravilloso, aunque sólo haya sido un ejercicio de dialéctica? Quedarán para la historia frases demoledoras de diputados de todos los partidos británicos reconociendo que se encuentran ante un sujeto peligroso, “un bufón”, que dice cosas “repugnantes”, “un loco peligroso”, “un xenófobo ridículo”, “un hombre que necesita a Isis como Isis necesita a Donald Trump” pero al que en última instancia es mejor “no convertir en mártir porque favorecería a sus defensores”. La propuesta no llegará a ser votada pero, al menos, ha quedado constancia histórica de lo que un parlamento puede pensar sobre un aspirante a la presidencia de otro país.

Los británicos le han puesto así una especie de sello oficial a todas esas lindezas que ya sabían muchos estadounidenses aterrados ante la posibilidad de que este personaje se convierta tras las primarias en el candidato republicano a la presidencia (lamentablemente hoy lidera todas las encuestas de su partido). Sus barbaridades no son nuevas pero hasta ahora no se le podía tomar en serio porque estaba limitado a las páginas de cotilleo de los periódicos por su debilidad por las mujeres bonitas, o a las de negocios, o a veces a las de política por sus opiniones esporádicas siempre sensacionalistas, pero no tomaba decisiones. Ahora la perspectiva es diferente. Una cosa era sufrirlo en televisión en aquel hit del capitalismo más sangrante, El Aprendiz, un reality en el que el papel estrella de Trump consistía en decirle con cara de perro a los concursantes ‘You are fired’ (estás despedido), y otra cosa muy diferente es escucharle a diario en su camino hacia la presidencia o, peor aún, convertido en presidente. Ahí no hablaríamos de un hecho aislado y doméstico sino de una condena a escala planetaria porque, nos guste o no, Estados Unidos tiene una influencia en nuestras vidas sin rival, por mucho que ahora China le plante cara.

Ante la eventualidad de que un señor así se convierta en presidente hay gente precavida y el pasado 28 de noviembre una escocesa llamada Suzanne Kelly, de Abeerdeen, presentó en la web del Parlamento británico una petición online bajo el título Prohibamos que Donald Trump entre en el Reino Unido. “En UK se le ha prohibido la entrada a mucha gente por incitar al odio. Los mismos principios deberían aplicarse a quienes desean entrar en el país. Si el Reino Unido piensa seguir utilizando su criterio de ‘comportamiento inaceptable’ para quienes desean cruzar su frontera, lo justo es que se utilice con los ricos y con los pobres, con los débiles y con los poderosos”, decía la petición.

Kelly conocía de cerca los negocios turbios en los que está metido el empresario en Escocia (un campo de golf que ha entrado en conflicto con un campo eólico experimental) y escandalizada ante las barbaridades que había escuchado sobre los inmigrantes latinos, a los que Trump ha definido como “violadores, criminales y asesinos”, escribió esa petición en la web que el Gobierno tiene habilitada para ello.

Todo ciudadano británico o residente puede presentar una. Si se consiguen más de 100.000 firmas, el Gobierno está obligado a contestarla online y el Parlamento puede llegar a debatir la propuesta. Kelly colgó la suya días antes de que Trump hiciera su declaración estrella de la campaña electoral: “Prohibamos la entrada en Estados Unidos de todos los musulmanes”. Pero esa frase, pronunciada el 8 de diciembre tras el tiroteo de San Bernardino, convirtió la petición de Kelly en viral y dos días más tarde ya tenía más de 300.000 firmas. El lunes, mientras se celebraba el debate, se acercaba a las 600.000. Curiosamente, en respuesta a su éxito surgió otra petición solicitando lo contrario: No prohíban que Donald Trump entre en el Reino Unido, con 41.000 apoyos. Sus promotores alegaban que no habría que censurar a nadie por sus palabras y que en este caso sería contraproducente para las relaciones bilaterales porque Trump podría llegar a ser presidente.

Antes de que la Cámara de los Comunes se sentara a debatir la viabilidad de prohibirle la entrada a este magnate hotelero e inmobiliario, el propio candidato amenazaba a Escocia con abandonar sus negocios si le prohibían entrar en UK.

Desde el primer ministro, David Cameron, a varios de sus mosqueteros, tuvieron que asomar el pescuezo y condenar públicamente las declaraciones de Trump sobre los musulmanes al poco de producirse. “Son declaraciones divisorias, estúpidas y equivocadas”, dijo Cameron cuando la polémica estaba en llamas el pasado diciembre. El lunes, en el salón secundario del Parlamento, y pese a las reticencias del propio Cameron, desfilaron docenas de diputados dispuestos a subrayar que la democracia también puede ser un elegante y apasionado ejercicio de dialéctica que, más allá de la retórica, sirve para que los parlamentarios discutan sobre valores esenciales e inherentes a su propia existencia política, como los que plantea la aparición en escena de un tipo como Trump.

Claro que la grandeza de las democracias está en los pequeños detalles: no deja de ser irónico que en esa misma web de peticiones ciudadanas la segunda más votada (457.464 firmas) sea una titulada Frenemos toda la inmigración y cerremos todas las fronteras del Reino Unido hasta que consigamos derrotar a ISIS. Está claro que ahí fuera más de uno lleva peluquín.

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