Cultura

Construyendo a El Gran Wyoming

Portada de 'La furia y los colores', de El Gran Wyoming.

Clara Morales

Dice El Gran Wyoming, ese personaje tras el que se oculta —o que revela a— José Miguel Monzón (Madrid, 1955) que el secreto para la felicidad "tiene mucho que ver con estar cerca de aquel que fuimos". Y aquel que fuimos, que lleva consigo sus gustos y sus inquietudes, lo esencial de su carácter, se forma durante la adolescencia. Si eso es verdad, La furia y los colores (Planeta), el relato de la primera juventud del presentador y músico, tiene ya todo en lo que se acabaría convirtiendo, de rockero a showman a estrella de la televisión, amado por la izquierda y odiado por la derecha. Es el segundo tomo de unas memorias que se anuncian largas y comenzaron con ¡De rodillas, Monzón!, el primer volumen, donde narraba desde la infancia hasta los 18 años. Aunque la propuesta de la editorial fue en su día publicar un único volumen de memorias, el proyecto va para largo: este nuevo libro llega solo hasta 1982, cuando le toca hacer el servicio militar a los 27 años. 

Poco antes de la presentación a prensa del libro, el miércoles, él insiste en que no se trata tanto de construir una autobiografía como de contar cómo ve y cómo veía todo lo que pasaba en torno a sí, en este caso en los setenta y principios de los ochenta. El libro, de 400 páginas, va trufando anécdotas del joven Wyoming —su residencia en una casa okupa londinense, sus primeros pinitos en la música, sus aventuras por El Rastro o sus comienzos junto a El Reverendo en el bar La Aurora— con observaciones sobre lo que acontecía —y alguna digresión marca de la casa—. Cuenta una vez más de dónde le viene el apodo: como, en sus inicios musicales, el solo tocaba por los Beatles y Dylan, un amigo le bautizó con el nombre de un exótico Estado, a lo que él sumó el "Gran" para darse "un poco de pisto". Pero también habla de las familias políticas, con sus códigos de vestimenta y sus costumbres, que se paseaban por la universidad. Sobre el paulatino auge de la contracultura. Sobre el proceso político iniciado con la muerte de Francisco Franco. Sobre lo que queda de todo aquello. 

 

"Hay muchas realidades que yo viví, que ahora las veo contadas al revés", reivindica el autor en una entrevista con este periódico. "Con la Transición se habla constantemente de reconciliación, pero no la hubo. No hubo ningún perdón, no es verdad. Simplemente hubo un pacto de no agresión. Gente que era ilegal y a la que se torturaba y encerraba en un tiempo pasaba a ser legal. Punto. Y gente que se dedicaba a torturar y a reprimir, pasaba a ser legal en una democracia. Y ya está". El retrato que hace el libro del proceso político no es, desde luego, complaciente, y en volumen se describen tantas luces como sombras: la furia, el gris de la dictadura que no acababa de desaparecer, todo aquello a lo que se renunció, la violencia de los adeptos al régimen radicalizados tras la muerte del dictador; los colores, la vida nocturna, la explosión cultural, una ciudad en plena efervescencia y varias generaciones dispuestas a disfrutar del último ápice de esa libertad recién conquistada. 

Y como se sabe que al músico no le importa meterse en charcos, continúa: "Aquí nunca se ha reconocido que aquí hubo gente a la que se asesinó por la cara. Todavía, porque dicen que es un follón legal, se niegan a anular sentencias de casos sumarísimos por los que se condenaba a muerte a 200 o 300 personas". Si todo eso se ha dejado sin hacer, defiende, es "probablemente porque los actores que llevaron a cabo eso quieren pasar a la historia como prohombres por derecho y no quieren renunciar a su monumento". "Pues no pasa nada: hicieron lo que pudieron, hasta donde se pudo. Que no fue mucho", zanja. En estas páginas aparece la detención de su amigo Charlie, un "ácrata" que desapareció de la facultad de la noche a la mañana. Aparece la cárcel de Carabanchel. Aparece el exilio, la censura y el control de la moral y la cultura ejercida por el régimen. Aparece el miedo con la muerte del dictador, y la frustrante constatación de que todos los funcionarios, militares y jueces franquistas, aquellos que infundían aquel pavor, siguieron siéndolo con la democracia como si nada. 

Pese a las cautelas del momento, cuenta, él siempre creyó que aquello era un "proceso evolutivo irreversible". Se equivocaba. "No tanto por la aparición de un Partido Popular radical", dice, "que sin decirlo está por la represión de todo y por favorecer solo a un sector de la sociedad, como por una vuelta a vender una serie de valores que son absolutamente ridículos, que es lo que verbaliza Vox". E, igual que en el libro rondan José María Aznar o Ruiz Gallardón, no duda en sacarlos en la conversación, contradiciendo la regla editorial no escrita de que en la presentación de un libro uno habla, sobre todo, del libro. "Aznar tiene muchísimo que ver con Vox, si es que no es lo mismo. Porque parece que Vox nos ha venido importado o ha salido de un submarino: en absoluto, Vox es una escisión del partido popular", lanza. Le preocupan la vuelta a la escena política de la bandera y del himno, que ve "secuestrados": "Los usan contra los demás. Yo he estado en bares en los que he entrado y han puesto el himno nacional. Y no lo han puesto para decir que somos todos españoles, no, lo ponen porque ha entrado un rojo. Su viva España no es el de Manolo Escobar, viene de la óptica del fascismo español". "Eso es lo que yo creí que nunca iba a volver a vivir: la fascistización de los valores", dice, con cierto aire de derrota. 

 

El Gran Wyoming, ataviado para el servicio militar. / PLANETA

(Luego, en la rueda de prensa, ante una docena larga de periodistas y cámaras de televisión, no dudará en criticar que haya gente "que está siendo juzgada" por hacer burlas con el atentado a Carrero Blanco, "hechos de hace 50 años". Que, cuando le decían hace unos años que al menos España no había sufrido el auge de la extrema derecha, él contestaba: "No, aquí la extrema derecha gobierna". Que a Vox "no le molesta la inmigración ilegal, sino que sean personas con derechos", y que "quieren transformar los campos del sur en los campos de algodón de Georgia"). 

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Presume Wyoming de ser un buen "testigo". Primero, porque se lo dijo un día un cliente del bar La Aurora, en la calle Luna, donde durante ocho años montaba el show junto a su inseparable Reverendo, músico fallecido en 2012. Y segundo porque se sabe un provilegiado: "Trabajar, trabajar, entendido como un proyecto que no me interesa una mierda salvo cobrar un salario para poder vivir, eso no me ha ocurrido. Cuando uno está en una cadena de montaje, para poder sobrevivir a esa cadena de montaje, se tiene que alienar para que las horas le pasen volando, porque sabe que está dedicando su vida a un proyecto que ni le va ni le viene. Si te estás tocando los huevos todo el día, tienes capacidad de ver cosas que la gente no ve, no porque sea más tonta, sino porque no se lo puede permitir. De eso se trata justamente". Una de sus suertes, dice, ha sido pasarse la vida hablando con gente: "Aparecen cosas, te enriqueces, escuchas a gente que sabe más que tú". 

Pero eso que, como reivindica, le convierte en un buen observante es también lo que aleja a este segundo libro del primero y al autor de sus lectores. En ¡De rodillas, Monzón!, la infancia narrada podía asemejarse a cualquier infancia urbana de la época. Sin embargo, sus hitos biográficos convierten su vida, ya desde la juventud, en algo particular: estudiante de Medicina cuando pocos accedían a la universidad, viajero por Europa, rockero en los colegios mayores de la ciudad, artista de la noche madrileña, actor a las órdenes de Fernando Trueba en Ópera prima, vecino de la Movida... "Intento no centrarme en lo mío", dice, medio excusándose, "y yo creo que mucho de lo que yo veía lo ha visto también la gente". ¿Prepara un tercero, un cuarto tomo? Su editora, Ángeles Aguilera, asegura que este ha sido ya un parto difícil, y El Gran Wyoming no parece tan entusiasta con la continuidad como con el anterior volumen, cuando se definía entre risas como "el nuevo Proust". "A ver si tengo fuerza", concede, "que ya con los años me va costando todo más". Habrá que esperar. 

 

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