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Clemente Bernad, un fotógrafo en la pandemia: "La calle se ha convertido en un espacio siniestro"

  • En Ante el umbral, la primera exposición virtual del Museo Reina Sofía, el reportero gráfico recoge las estampas que el confinamiento deja en Madrid
  • Las imágenes de Bernad reflejan la hostilidad de las avenidas vacías, la soledad de quien las recorre y una miseria que no desaparece con el estado de alarma
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Publicada el 18/04/2020 a las 06:00
Imagen de la serie 'En el umbral', de Clemente Bernad, tomada durante las primeras semanas del estado de alarma decretado.Imagen de la serie 'En el umbral', de Clemente Bernad, tomada durante las primeras semanas del estado de alarma.

Imagen de la serie 'En el umbral', de Clemente Bernad, tomada durante las primeras semanas del estado de alarma.

Clemente Bernad / MNCARS

Lo primero que vio el fotógrafo Clemente Bernad cuando se echó a la calle fueron los guantes. Cadáveres de plástico arrebujados aquí y allá en medio de la acera, basura novedosamente triste, huellas de alguien que pasó y que ya no está. Los guantes abandonados salpican las imágenes de su exposición Ante el umbral, la primera muestra virtual organizada por el Museo Reina Sofía (puede visitarse aquí desde el 13 de abril y hasta nueva orden), porque también salpican la nueva normalidad establecida por el coronavirus. Las 30 fotografías que la conforman han sido tomadas desde el sábado 14 de marzo, cuando se decretó el estado de alarma por la crisis sanitaria, hasta principios de abril. Todas en Madrid, epicentro de la enfermedad en España, donde él reside.

"La calle se ha convertido en un espacio siniestro", cuenta Bernad a este periódico. Salir, seguir haciendo fotos, fue para él algo normal. Primero, porque es su trabajo —es miembro de la agencia italiana Contrasto—. Segundo, porque es su forma de expresión: "Yo, ante cualquier situación, hago fotos. Y mis intereses principales son siempre lo que tengo más cerca. Obviamente, me sentí muy concernido por esto". Iba colgando las imágenes en su web, sin ningún propósito concreto, hasta que contactó con él Ana Longoni, directora de Actividades Públicas del Reina Sofía. Desde ese momento, y con la incorporación del antropólogo y fotógrafo Jorge Moreno Andrés como comisario, los largos paseos por la ciudad cobraron otro sentido y se convirtieron, explica, en "un proyecto colectivo". 

 

Cada día salía de su casa, cerca del céntrico barrio de Lavapiés, y recorría a pie varios kilómetros a lo largo de horas, con la voluntad de captar una ciudad desértica sin caer en los "estereotipos", dice, que suelen reproducirse cuando se retratan espacios urbanos vacíos. Para este fotógrafo, que se ha interesado por las fosas comunes franquistas, por la situación en Kiev o por la historia de la cárcel de Carabanchel, el paisaje alienígena de Madrid era una cuestión social. "El detonante principal es que el espacio urbano se ha destrozado, no existe", apunta. "La casa, que siempre era lo seguro, lo privado, se ha convertido en público, porque ahí es donde tenemos reuniones de trabajo o desde donde hablamos con los amigos, y las calles, que normalmente son públicas, ahora son espacios muertos". Es, explica, como si el descampado de las afueras se hubiera instalado en cada rincón de la ciudad.

 

 

Lo que antes era familiar, ahora es extraño. De nuevo los guantes, como medusas de plástico. "Están las aceras llenas de guantes abandonados, que son como pequeños animales muertos que nos han servido para algo pero que están ahí arrojados, viscosos", cuenta el fotógrafo. Todo tiene un aire de irrealidad, dice, las "sombras fugaces que desaparecen en las esquinas", las zapatillas abandonadas en la calle que retrata en una de sus fotos y que parecen ser los zapatos del hombre invisible. Muy pocas personas, y todas lejos, mirándose por encima de las mascarillas. Bernad habla de un "clima de desconfianza": Todo el mundo es sospechoso de algo, no sé si de tener el virus o de qué". Entre esos desconocidos, solo un rostro familiar: el suyo en el espejo. "Al principio me sobresaltaba a mí mismo", dice, "tu reflejo en las calles de las grandes tiendas, en medio de un silencio atroz...". 

La ciudad de Ante el umbral está lejos de ser amable. "No es la de los aplausos, ni esa imagen de cierto buenismo, del todo saldrá bien", admite el fotógrafo, sino un "entorno hostil" que agota a quien lo pisa. No ayudaban tampoco los controles policiales, que figuran también en su tarjeta. Dice haberse topado con al menos una decena cada día, más frecuentes en el centro comercial de la ciudad —Gran Vía, Sol, Preciado...—, y con resultados variados. "Desde el primer minuto tuve problemas", critica, "y ha habido de todo: desde policías que me han dado las gracias por lo que estamos haciendo a otros que me han dicho que me fuera para casa pero ya". Y eso, teniendo todo en regla: su acreditación de periodista y el documento de la agencia que le emplea. Otros fotoperiodistas ya se han quejado de la dificultad de realizar su trabajo en la calle. 

Lo único que permanece de la ciudad que conocíamos son las personas sin hogar. Bernad fotografía colchones, cuerpos anónimos descansando. "Está la ciudad llena: la plaza Mayor, los entornos de algunas estaciones...", dice Bernad. No es que sean más numerosos, es que son más visibles, aunque, paradójicamente, no haya nadie que pueda verles. "Son, como dice Jorge Moreno, náufragos arrojados a una isla desierta". Algunos se han resistido a desplazarse al pabellón dispuesto en IFEMA, porque, como antes de la pandemia, consideran difícil la convivencia en los albergues, donde se les imponen además estrictos horarios y normas que no todos quieren seguir. Y defienden su derecho a estar en la calle. "Ni siquiera la policía, que se ocupa de reprimir lo que pase, puede hacer nada contra ellos", explica el fotógrafo, "y al final son una especie de casta de intocables". 

Si él se ha interesado por lo que ocurre en las calles es porque este espacio ha sido el centro de muchos de sus trabajos. Pero también sucede que no le ha sido precisamente sencillo acceder a otros lugares noticiosos dentro del relato de la crisis sanitaria. "Ha habido una falta de transparencia absoluta. Yo he pedido permiso para entrar en IFEMA, para el Palacio de Hielo, para los cementerios...", denuncia el reportero. Considera que la política de comunicación de las distintas administraciones ha sido "sectaria": "Los medios amigos del Gobierno de turno han tenido ventaja para acceder a ciertos sitios. Esos espacios controlados por el poder nos han sido vedados a ciertos periodistas". Sin entrar a valorar ninguna imagen concreta —la portada de El Mundo en la que se mostraba el cadáver de un fallecido por coronavirus ha sido especialmente polémica—, el fotógrafo sí defiende que "tenemos el derecho de ver lo que pasa", aunque aporta dos matices: no solo importa "qué contar", sino "cómo contarlo"; y hay que ser conscientes de que hay una "la lucha de intereses" en la que "la foto es un arma arrojadiza".

 

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