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'La nube' o cómo vender el alma a los saltamontes

  • Virginie tiene dificultades para sacar adelante a su familia con su granja de saltamontes. Pronto descubrirá un siniestro método para aumentar el rendimiento, pero jugar con las reglas de la naturaleza puede desatar el caos
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Anaís Berdié (Insertos)
Publicada el 09/04/2021 a las 06:00 Actualizada el 09/04/2021 a las 09:28
Suliane Brahim  en una imagen de la película 'La nube', dirigida por Just Philippot.

Suliane Brahim en una imagen de la película 'La nube', dirigida por Just Philippot.

CAPRICCI

En un mundo en el que ser madre soltera es un factor de riesgo de pobreza, vivir en el campo con dos hijos a cargo puede ser el escenario perfecto para una batalla apocalíptica. Para todos los que estén comenzando a elevar las cejas ante semejante afirmación llega La nube (en cines a partir del viernes 9 de abril), el debut del director francés Just Philippot, una mezcla de cine de catástrofes y de terror que parte del naturalismo del drama familiar y que sube de intensidad a medida que crece el canto incansable de cientos de saltamontes.

Esa es la fuente de los desvelos de Virginie: los saltamontes. Los cría en una pequeña granja junto a su casa, en la que trabaja de sol a sol y sin la ayuda de nadie para conseguir llegar a fin de mes. Su hija adolescente sufre las burlas de sus compañeros por lo peculiar de la empresa familiar. Y su hijo pequeño se contenta con tener una cabra por mascota. Como protagonistas de una película de terror son decididamente insólitos. Pero la cosa no se queda ahí. Esta madre trabajadora tendrá que lidiar con las dificultades para abrirse paso en un sector emergente, el de la producción de pienso para animales elaborado a base de insectos, que resulta más sostenible y de mayor valor proteíco, pero al que los compradores todavía no están acostumbrados. Y más vale no jugar con la naturaleza, parece querer advertirnos la película, para abaratar costes de producción. Pero nada frena a esta mujer dispuesta a sacar adelante a los suyos. Hasta sería capaz de hacer un pacto con el diablo. Un diablo que tiene seis patas, dos antenas y una capacidad para reproducirse por miles.

En las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial fue el cine de ciencia ficción y terror el que plasmó con mayor libertad las obsesiones sociales del momento: la paranoia anticomunista asimiló la idea del “enemigo exterior” a la llegada de invasores extraterrestres (El enigma de otro mundo o La invasión de los ladrones de cuerpos) y el miedo al desastre nuclear se canalizó a través de monstruos mutantes, con Godzilla a la cabeza, pero que a menudo fueron precisamente insectos gigantescos (La humanidad en peligro o Tarántula).

La mutación de los saltamontes que nos ocupan no viene, a estas alturas, de la radiación atómica, sino de la explotación irracional de la naturaleza. Un cambio que va con los tiempos. En esta época de escasez de recursos, cambio climático y pandemias mundiales, la naturaleza descontrolada puede convertirse en el nuevo gran monstruo del cine. Y aquí es la propia protagonista la que, con su deseo de obtener más y mejor a cualquier precio, provoca el caos. Porque el diablo, ya se sabe, no se contenta con cualquier cosa y, una vez que se le complace, siempre quiere más.

Cabe destacar la audacia de Philippot —no olviden que dijimos que se trata de un director novel— para crear una película a medio camino entre el cine de autor y el de género, con un seguimiento en primera persona de los protagonistas y de sus emociones en un tono casi documental, un uso prudente de los efectos especiales y una tensión muchas veces construida con ayuda del fuera de campo. La cinta bebe de una de las joyas del cine independiente de la pasada década, Take shelter, de Jeff Nichols, con la que comparte el interés por la angustia emocional de la protagonista y la ambivalencia entre su obsesión por cuidar de los suyos y su irremediable responsabilidad en la deriva fatal de la historia.

La nube se llevó el Premio Especial del Jurado de Sitges, donde también resultó premiada su protagonista, Suliane Brahim y, sobre todo en su último tramo, contiene algunas imágenes que harán las delicias de los amantes del género. Hay muchos elementos que invitan a verla en pantalla grande, desde el diseño inquietante de las peculiares granjas hasta el uso de los planos detalle o la mezcla impecable de bichos vivos con otros recreados digitalmente; pero uno predomina sobre el resto: el sonido de los saltamontes como elemento de tensión. Les advertimos, eso sí, que es posible que este verano no vuelvan a escuchar a estos insectos con los mismos oídos.
 

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