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‘Echeverría’, de Martín Caparrós

  • Podría decirse que es la biografía del primer poeta argentino, si no planteara también el origen mismo de la literatura: ¿belleza o compromiso?
  • Echeverría defiende sus ideas como otra forma de pelear sin armas contra la tiranía, el abuso, la injusticia, el miedo, la dictadura

Sonia Asensio
Publicada el 01/07/2016 a las 06:00
'Echeverría', de Martín Caparrós.

'Echeverría', de Martín Caparrós.

Echeverría
Martín Caparros
Anagrama
Barcelona
2016

Echeverría
En agosto de 1816 un maestro dice a un jovencísimo Esteban Echeverría que los argentinos han declarado la Independencia. Ese maestro, Guaus, le regaló un soldadito de plomo y muchos años más tarde llevará ese soldadito en el bolsillo, vendidos los libros, enajenados, en un cuartucho donde, flaco y pobre, con los zapatos rotos y sin plata ni para un cigarrillo, morirá en el exilio, en Montevideo, no sabemos si del corazón, de tisis o de nostalgia.

Echeverría es la última novela de Martín Caparrós. Y podría decirse que es la biografía del primer poeta argentino, del fundador de la literatura argentina. Podría decirse solo eso si cuando terminaras la novela no sintieras un deseo incontrolable de llorar, un torbellino de preguntas ya antes anunciadas en el pensamiento y ahora puestas en letra, esa idea que nació en el origen mismo de la literatura: ¿belleza o compromiso?

Quizás la palabra que más se repite en estas casi 400 páginas sea Patria. Así, con mayúsculas. Pero no como idea abstracta sino ligada irremediablemente a la literatura, a las letras, a la cultura. Crear la literatura argentina. Para, desde ahí, crear la Argentina. Esta es la misión que se encomienda a sí mismo Echeverría, defendiendo sus ideas como otra forma de pelear sin armas contra la tiranía, el abuso, la injusticia, el miedo, la dictadura. Porque hay un dictador, don Juan Manuel de Rosas, que ejerce su despótico poder sobre una primera masa de argentinos liberados de los rancios españoles decimonónicos, inculta y pobre, a la que primero compra con mínimas prebendas y a la que luego explota, asesina, maltrata y domina con la peor de las armas: el terror.

El joven Echeverría compone al calor de la adolescencia y de los versos románticos europeos sus primeros poemas en una vida también romántica. El desamor nos los presenta, como al joven Werther, a punto de pegarse un tiro y armando sus primeros versos con la certeza de que vive el momento histórico de la creación de un país nuevo, de su Patria. Poco a poco, la política, las ideas, las convicciones trasladarán su poesía heroica a la pluma comprometida, a la acción, a la reunión clandestina, a tomar partido, a la duda que eso conlleva. Poesía bella o “quizás escribir para que lo entienda todo el mundo”. Porque la misión será, nada menos, que buscar en este momento la identidad de un pueblo en la cultura. Identidad de un pueblo en la cultura.

Las dudas que nos martillean a todos como ciudadanos regresan 200 años después intactas, nítidas, cristalinas. ¿Merece la pena? ¿La ha merecido? El exilio, la soledad, el abandono, la desolación, ser escritor sin obra, ya sin páginas para sus ideas, maldito… “¿Acaso no es de envidiar la ignorancia?”.  El desgarro de la duda se adentra y te conmueve. Porque nos lo cuenta Rafael Alberti, precisamente desde Argentina, en su Arboleda perdida. Porque no sé quién publicaría esos versos irrepetibles de Blas de Otero o quién los compraría. Porque Cernuda ya nos habló con la rabia del destierro. Porque la educación, la cultura, la identidad tan lejos de ella, siguen martilleando a diario la cruel pregunta: ¿merece la pena?

Martín Caparrós descubre a don Esteban Echeverría. Nos lo regala y nos recuerda que después, a pesar de que ya no vio derrocado al tirano, hubo un tiempo bueno en su Argentina. Pero también después el verbo desaparecerse se tiñó de luto en ese país que como otros tantos, como todos, como el nuestro, toleró dictaduras y silenció pasados.

Y con todo, el convencimiento de que sí merece la pena. Merece la pena decir cuando la injusticia es meridiana. A veces es sencillo. A veces cuesta el exilio. Merece la pena saber y creer. Creer en la educación de todos, en la honradez y en la razón y en la ley. Creer que el cuerpo no es el límite del ser humano sino que existen las ideas. Creer en la esperanza y en los que vienen después de nosotros.

Leonardo Padura dijo hace unas semanas, hablando precisamente de la eterna cuestión de si es útil la literatura, de para qué sirve la literatura, que en un primer momento el escritor debe hacerse con las palabras, saber manejarlas, tener conciencia de saber hacerlo bien. Y después no queda más remedio que aprovechar su eco para denunciar o decir o manifestar. Y yo lo creí.

*Sonia Asensio es profesora de Literatura Española.

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