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El cuento de todos

Memoria de la noche

  • "¿Que qué hice ayer? Ayer fui a comer a Martínez Campos, donde las Hermanitas de la Caridad. Y sí, allí estaba el pobre Lucas, comiendo con un apetito de lobo, quién iba a decir que habrían de matarlo esa misma noche."
  • Óscar Esquivias continúa el relato colectivo iniciado por Luis Landero y Fernando Aramburu y que cerrará Marta Sanz

Luis Landero / Fernando Aramburu / Óscar Esquivias Publicada 03/03/2017 a las 06:00 Actualizada 02/03/2017 a las 17:50    
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El escritor Óscar Esquivias.

El escritor Óscar Esquivias.

(Comienza Luis Landero.)

Ante todo, señor comisario, déjeme decirle que yo también soy un hombre de orden. ¿Que cuál es mi profesión? Soy indigente, señor, que es el oficio más viejo del mundo. Que me perdonen las putas, pero nosotros fuimos antes que ellas. Soy indigente, carezco de trabajo, de techo, de dinero, vivo de la caridad, pero vivo bien y no me quejo. Yo no soy como otros del oficio que siempre están echando pestes de la sociedad y blasfemando contra los políticos, contra los ricos, contra Dios, contra todo. Yo no, yo soy una persona educada y limpia, un hombre de orden, voy todos los domingos a una casa de baños y todas las semanas me pongo ropa limpia. Yo, señor comisario, soy una persona honrada, y me gusta esta vida que llevo.

¿Que qué hice ayer? Ayer fui a comer a Martínez Campos, donde las Hermanitas de la Caridad. Nos dieron dos croquetas de aperitivo, y luego sopa de fideos con tropezones y dos huevos duros con tomate. De postre, fruta y café. También nos dieron un vaso de vino, y pan a discreción. Allí estuvimos casi hasta las cinco, alternando y escuchando a un coro de voluntarios que vino a cantarnos villancicos de Navidad. Y sí, allí estaba el pobre Lucas, comiendo con un apetito de lobo, quién iba a decir que habrían de matarlo esa misma noche. ¿Y después? Pues después unos cuantos, entre ellos el pobre Lucas, tiramos hacia Argüelles, a la sede de un voluntariado donde reparten ropa y comida, y de paso te reconoce un médico, y si necesitas medicinas, te las dan allí mismo. A mí me dieron una camiseta térmica y dos pares de calcetines gordos de lana. También dos latas, una de caballa y otra de callos, dos molletes de pan, un cartón de leche y un paquete de galletas de coco. Una voluntaria me obsequió además con una cajetilla de Ducados y me regaló su mechero. Para que luego hablen mal de la sociedad.

¿Que por dónde suelo moverme yo? Verá, señor, a mí no me gusta ir de aquí para allá con un carrito de supermercado o una carretilla, como hacen algunos, el pobre Lucas entre ellos, que andaba siempre con dos maletas a cuestas, a mí me gusta andar libre y ligero, por eso uso esta mochila, con eso me vale, yo no tengo alma de propietario y no soy como esos que se pasan el día a la rebusca en cubos de basura, papeleras y contenedores, y que suelen tener un sitio fijo donde montan el campamento, todo lleno de bultos y de montones de cachivaches, y no se cansan nunca de juntar más y más, a lo mejor así se imaginan que son ricos, los muy gilipollas, con perdón sea dicho. Algunos incluso, al verse con tantos bienes, se hacen sedentarios, y enseguida empiezan a soñar con tener una chabola, y criar gallinas, y sentarse a ver la televisión, sin caer en la cuenta de que en este oficio, si quieres establecerte de verdad, tienes que meterte en el trapicheo de la droga, si no, mejor seguir de nómada, que es lo que yo hago, como un hombre de orden que soy. Yo, con mi mochila, me muevo por toda la ciudad, y conozco a mucha gente, y a muchos del gremio, aunque apenas me trato con ellos, en parte porque soy más bien solitario, y en parte porque a mí la verdad es que mis colegas no acaban de gustarme, siempre tan sucios, tan vociferantes, tan borrachos, tan cínicos. Además, somos muchos, demasiados, y hay demasiada competencia desleal, deberían ustedes hacer una ley para separar el trigo de la paja y regular y dignificar este oficio, que  como ya dije antes es el más antiguo del mundo, con perdón de las putas.

¿Que qué hicimos luego? Pues verá, señor comisario. Unos, que iban a asar carne en unos desmontes por donde el cementerio de la Almudena, me invitaron a ir con ellos, y luego a dormir en uno de esos bloques que con la crisis se ha quedado a medio construir. Otros decían de ir a dormir a un albergue y cenar allí mismo de bocadillo. Entonces el pobre Lucas, que tiene un entrante muy bueno y muy abrigado en un banco que hay al final de la calle Abascal, preguntó si alguien quería compartirlo con él, para así entre los dos defenderse mejor de esos niñatos que andan al deporte de cazar indigentes. Y la verdad, no sé si alguien se fue o no con él. Yo desde luego no, ni lo tomé en consideración, ya le he dicho que yo soy de por sí solitario y no me gusta hacer parte con nadie de mi soledad y mi buena fortuna.

¿Que dónde me fui a pasar la noche?

(Sigue Fernando Aramburu.)

Pues sí, señor, soy hija de Lucas Estévez y créame que, si no es porque me ha hecho usted venir, no me habría enterado de que está muerto o de que lo han matado. Ni mi madre, que no anda fina de salud, ni yo queremos que nos salpique una gota de este feo asunto. Si necesita usted sospechosos, haga el favor de buscarlos por otros vecindarios. Y no es que me alegre de lo que ha ocurrido. Ni me alegro ni siento pena, y esto usted lo entendería si supiese lo que sufrimos mi madre y yo por culpa de ese hombre cuando aún no era un indigente y vivía con nosotras. En caso de que haya que identificar el cadáver no cuente conmigo. Aún menos con mi madre. No está la mujer para semejantes trotes. Y obligarnos no nos puede usted obligar por muy comisario que sea.

Sí le puedo contar que va para dos años que no teníamos relación con Lucas Estévez. Al principio lo veíamos bastante. No había otro remedio puesto que él merodeaba a diario por los bares del barrio hasta que me imagino que se le acabó el dinero y mi madre y yo decidimos mudarnos a La Elipa sin decir nada a nadie para que luego no se lo contaran a él. Y de este modo lo perdimos de vista. No estamos ni siquiera en el listín de teléfonos y la verdad es que sí, que nos lo sacamos de encima y él ya no podía tocarnos el timbre por la noche como después que lo echáramos de casa con ayuda de unos parientes, que a lo mejor nos rompía el sueño a las dos o las tres de la madrugada. No le abríamos, pues eso faltaba, pero así y todo mi madre pasó una temporada fatal, de donde yo creo que le viene el problema de nervios que aún la hace sufrir.

Desde que mi madre y yo nos instalamos en una vivienda de La Elipa sólo he visto a Lucas Estévez dos veces y las dos por casualidad, una yendo yo a mi trabajo y otra cuando volvía del trabajo a casa. En los dos casos, nada más verlo, me aparté. Porque yo por ese hombre, aunque fuera mi padre, no he sentido nunca una pizca de cariño. Y, fíjese, no tanto por el asco que me daba verlo llegar a casa borracho, con un olor insoportable y el pantalón meado, como por el mal vino que tenía, que lo ve usted y puede pensar: joder, qué cara de bueno tiene este pobre señor. Pues no. Tenía la mano ligera. Muy ligera. Piense que si no se respetaba a sí mismo, ¿cómo nos iba a respetar a las demás? Mi madre, por no romper la familia, lo habría aguantado hasta el martirio. Se lo aseguro. No exagero. Pero en cuanto empezó a ponernos la mano encima, dije: hasta aquí, mamá. Vamos a llamar al tío Sergio y a mis primos para que nos ayuden. Y ella: que no, hija, que a lo mejor encuentra trabajo y se calma. ¿Calmarse? Todavía me acuerdo de cuando llevé a mi madre en un taxi a urgencias, que si llegamos una hora más tarde, nos dijo el médico, pierde un ojo.

Y sí, la última vez que vi a Lucas Estévez fue el viernes pasado por la tarde, pero ya le digo que no hablé con él. Estaba muy cambiado, casi como cheposo. Tardé tanto en reconocerlo que por poco no me da tiempo de cambiar de acera antes de toparme con él. Esto fue en la calle Abascal, hacia las cinco o cinco y media de la tarde, y él iba con dos maletas, donde supongo que lleva sus pertenencias si es que sigue viviendo en la calle, que ni lo sé ni me importa. La barba le llegaba a medio pecho, toda blanca y descuidada, y él tenía una pinta de mendigo y de hombre sucio que me dio vergüenza, de donde se deduce que en esos momentos aún lo sentí como padre. No era un hombre bueno, señor comisario. Era faltón y violento. Y si lo han matado, será por algún lío en el que se haya metido. Ni me alegro ni me apeno. Esto es todo lo que puedo contarle. ¿Le importa que me marche? Es que aún tengo algunos asuntos pendientes.

(Continúa Óscar Esquivias.)

No sé si comió con más avidez que otros días, no me fijé, la verdad; yo sólo le digo que las croquetas se las guardó en el abrigo, así que tanta hambre no tendría, digo yo. Lo sé bien porque yo misma le vi esconderlas cuando llegó a su mesa: las retiró de la bandeja y, sin envolverlas en una servilleta ni nada, las dejó caer en el bolsillo. No se crea que es algo que me extraña: muchos lo hacen, sobre todo con el pan, que luego reparten con los gorriones o las palomas. Yo no me enfado por estas cosas (cuando empecé sí, pero ya no), me refiero a que no les reprocho que se lleven de extranjis comida fuera, pero sí que sean desaseados, y por eso reñí a Lucas, debo reconocerlo. Bueno, reñir, reñir, no es la palabra. Le reproché su falta de higiene, no otra cosa. Allí, en el comedor, no sólo les damos de comer, sino que nos preocupamos por su dignidad como personas, por que no se abandonen, usted me entiende.

No, no, en público no. Las faltas privadas deben reprenderse privadamente, eso nos aconsejaba nuestro fundador, san Vicente de Paúl. Fue después de los villancicos, cuando salía. Le llamé aparte y le dije: "Lucas, tunante, he visto lo que has hecho y no me gusta nada". Y entonces, señor comisario, me miró a los ojos (Lucas nunca te miraba a la cara) y le brotaron unos lagrimones, en silencio. Entonces le pedí perdón y le pregunté si le pasaba algo, porque nunca le había visto así. "¿Qué sabe usted?", me dijo asustado, y se puso a temblar, y yo no entendía nada. Estos hombres nos conocen muy bien y ninguno nos tiene miedo, así que le señalé la mancha del abrigo y le respondí: "Llevas ahí dos croquetas de bacalao, ¿qué más tendría que saber?", y entonces él se repuso, se sorbió los mocos, sonrió y dijo: "Son para los gatitos, sor, no se enfade".

Sí, ellos nos suelen tratar de usted y nosotras a ellos de tú. No sé por qué lo hacemos así, pero es lo natural, la verdad es que nunca había reparado en ello. A las voluntarias más jóvenes quizá las tutean, pero a mí no, y tampoco dicen mi nombre, siempre "sor", será por la edad. Bueno, y a escondidas sé que me llaman La Coronela; a mí ahora me hace gracia el mote (antes, no) y a veces, cuando entro en el comedor, imito el son de una corneta militar y luego digo: "¡Firmes!", y alguno responde: "¡A sus órdenes!". Pero no Lucas, él jamás participaba en las bromas y, desde luego, siempre me trataba de usted y con respeto.

No, no era especialmente educado. Tampoco maleducado. Era más bien hosco, desconfiado, a veces irritable, como casi todos los que vienen por aquí. Nos agradecen mucho lo que les damos, pero a la vez siempre están descontentos y esperan un poco más.

Pues sobre todo dinero, claro. Pero también un vaso extra de vino, o comida para llevar a la calle, o un billete de autobús para no sé dónde, o una tarjeta telefónica, o un rato de charla, y rara vez les damos lo que piden, ni siquiera conversación, porque allí siempre hay mil cosas que hacer y alguno es verdaderamente absorbente y obsesivo. No era el caso de Lucas. No recuerdo que nunca nos exigiera nada. Venía, comía, pasaba al servicio y se iba. Usaba las palabras justas y sólo si estaba muy contento, lo que era raro, nos contaba algo de su vida, pero nunca nada demasiado íntimo.

Desde hace cuatro meses, más o menos. Antes creo que anduvo por el distrito de Tetuán y que acudía al comedor de la Orden de Malta, y antes de eso, no sé. No puedo decirle mucho más, él no era muy comunicativo y aquí, allí, no interrogamos a nadie, sólo hacemos el bien.

Oh, no se ofenda, no lo he dicho con desprecio. Usted interroga maravillosamente, hace preguntas muy inteligentes y, por supuesto, pienso que la policía es una institución benefactora. Discúlpeme usted si ha entendido otra cosa, señor comisario.

Pues sí, me parece recordar que Lucas decía que tenía familia, creo que una mujer, una hija y un gato, que era al que más echaba de menos. El animalito se llamaba Evaristo, como mi padre, por eso me acuerdo del nombre. Pero quizá lo de su familia sea mentira, incluso lo del gato Evaristo. La gente que vive en la calle es muy fantasiosa. No mienten por maldad, sino por costumbre, a veces por enfermedad mental, o estimulados por el alcohol. Es un poco como tratar con niños. Unos niños que nos duran poco, son raros los que aguantan mucho tiempo esa vida. Él decía que llevaba dos años así, a la intemperie, dando tumbos, así que era de los veteranos. Bueno, qué le voy a contar, usted sabe mejor que yo cómo es ese mundo, señor comisario.

En una de las maletas llevaba la trompeta, claro. Lucas tocaba por las calles, sobre todo a las puertas de las iglesias y de los bingos. Iba de la iglesia de Santa Teresa a la de Nuestra Señora de los Ángeles, y luego a la de San Cristóbal. Presumía de haber sido solista en la Orquesta Nacional, en los tiempos de Frühbeck de Burgos, pero seguramente eso también se lo inventaba. Yo un día lo oí en la calle por casualidad y tocaba Suspiros de España bastante mal, la verdad. Pero algo de música debía de haber estudiado porque cuando le reprochaba el descuido de sus barbazas, él me respondía que las llevaba como Brahms.

No, no, este sí existe. Es un compositor. Barbudo, sí. Del siglo XIX.

Be de Barcelona, erre de Roma, a de Ávila, hache de horchata, eme de Málaga, ese de Sevilla.

Los nombres de los bingos no los recuerdo, creo que frecuentaba uno cerca de Cuatro Caminos. Sé que a veces las clientas le pedían que cuidara sus perros mientras jugaban unas partidas y que él se quedaba a la puerta, agarrando las correas de los chuchos. Luego, cuando salían, si habían recibido algún premio, le daban grandes propinas.

En la otra maleta no tengo ni idea de qué podía llevar. Ya le he dicho que nosotras no preguntamos nada.

A usted. Buenos días.

(Cerrará Marta Sanz)

*Luis Landero es escritor. Su último libro, La vida negociable (Tusquets, 2017).

*Fernando Aramburu es escritor. Su último libro, Patria (Tusquets, 2016).

 
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1 Comentarios
  • Kai㊙ Kai㊙ 03/03/17 08:27

    Un placer leerlos. Se hacen cortos. Muy bueno lo de Brahms.

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