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El poema que fue jueves

  • Esta tierra es mía sorprende por su madurez, su tono cotidiano e íntimo al mismo tiempo, sin dejar los grandes temas que van del yo al nosotros
  • Itzíar López Guil deja abierto el hilo de la vida, no como un cabo suelto sino como rebeldía frente al automatismo de nuestra jornada laboral

Publicada el 15/09/2017 a las 06:00
Esta tierra es mía
Itzíar López Guil
La Isla de Siltolá
Sevilla
2017
  Bajo el título homónimo de la excelente película de Jean Renoir, This land is mine (1943), protagonizada por los inolvidables Charles Laughton y Maureen O’Hara, Itzíar López Guil (Madrid, 1968) nos entrega su cuarto poemario, tras Del laberinto al treinta (2000), Asia (2011) y Valores nominales (2014).

Esta tierra es mía sorprende por su madurez, su tono cotidiano e íntimo al mismo tiempo, sin dejar los grandes temas, digamos universales, que van del yo al nosotros y del nosotros al yo. No existe, de hecho, el uno sin el otro y viceversa. Por eso el territorio al que alude el título es el de lo privado y lo colectivo, en una dialéctica incluyente y en constante simbiosis. Quizás el primer poema, "¿62=3.600.000.000?" (p. 11), podría resumir esta dialéctica, ya que desde ese título extraño se alude a una de las tres citas con las que se abre el poemario: "En 2015 solo 62 personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad más pobre de la humanidad)", de Oxfam, con lo que se nos introduce en esa preocupación de lo colectivo, en esa reivindicación de la justicia social, a partir de un poema que habla de la cotidianidad de una persona —una mujer— que se levanta temprano para ir al colegio o al trabajo, y que frente al espejo comienza a comprender el poso antropológico de todos seres humano, más allá de las modas y las exigencias de "lo femenino", el común denominador simiesco que nos une, pero que al mismo tiempo nos separa, ese poso que debería ser el hilo concluyente de la humanidad, como en el poema: "Ese espejo infernal te está mintiendo, / Chita. / Aquí nadie te trata como a un simio" (ibíd.). Pero no, desde el título se nos indica todo lo contrario.

Dos poemas en cursiva abren y cierran un poemario que no tiene partes, y que se dispone más bien como una suerte de diario íntimo por donde circulan y se distribuyen los temas de manera independiente pero, sobre todo, se van trenzando en grupos que van asociándose. Anécdotas, escenas, erotismo, pensamientos, compromiso, intimidad, recuerdos… De este modo, el poema final, sin título, actualiza el chestertoniano El hombre que fue jueves desde el centro de la realidad laboral y existencial de nuestro quehacer cotidiano: "Los jueves tienen mala memoria: / se enfilan entre un día de trabajo / y un tiempo que promete y aun no llega" (p. 61). Los jueves son el centro de la semana, quizá más duros incluso que los lunes, pero en cualquier caso deben apuntar hacia nuestra salvación del fin de semana, ese tiempo para nosotros mismos, como en los versos finales: "[…] Para cobrar / el único latido que nos salva. / Para volver, de nuevo, a caminar, / como un autómata entre bombas, / hacia la entraña misma de la vida" (ibíd.). Un final que deja abierto el hilo de la vida, no como un cabo suelto sino como rebeldía frente al automatismo de nuestra jornada laboral, de nuestros horarios estrictos, de nuestros mecanismos cotidianos de supervivencias e inercias que acaban oxidándonos, corroyéndonos el carácter, como reza el famoso libro de Richard Sennett. "No saben recordar, de puro jueves, / qué ha sido del amor y su rugido / inquieto, dónde queda el milagro / del abrazo, la hiedra enloquecida / del deseo rasgando con sus dientes / la distancia, la mínima distancia" (ibíd.). Así dice la estrofa central de este poema final que apenas puede resumir un poemario muy amplio, por enriquecedor, con muchas más connotaciones que las que aquí hemos reseñado brevemente, y que recomendamos por su verdad y su poesía, por extraer poesía de ese puñado de verdades que nos asaltan día a día. Itzíar López Guil ha publicado un libro excelente, un libro emocionante, una poesía que vibra. Nosotros, sus lectores, lo agradecemos.

¿62=3.600.000.000?


Hora de levantarse. De vestirnos
y mandarte al colegio a que sumes
para otros.

Quién dijo que estas rosas son más bellas.
Tiesas, en el jarrón, y sin perfume,
mueren antes de abrirse.
Ya casi no recuerdas la fragancia
de aquella que encontraste, rota y sucia,
entre la tierra del jardín.
Con su corola abierta. El tallo curvo.

Hora de levantarse, de aprender
más ecuaciones falsas.
Depílate, paguemos por morir
sin vello, sufre.
Para mostrar que no eres un mono,
no eres un refugiado que se ahoga
a las puertas de tu casa.

Ese espejo infernal te está mintiendo,
Chita.
Aquí nadie te trata como a un simio.

*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es 
Deshabitados (Dir. Prov. de Granada, 2016).

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