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Los diablos azules

Ordesa

  • Recogemos tres fragmentos del último libro de Manuel Vilas, un regreso a la España que le vio crecer y a la familia que le acompañó
  • "No entiendo el español de nadie porque el español de mis padres ya no se oye en el mundo. Es una forma de luto", escribe

Publicada el 02/02/2018 a las 06:00 Actualizada el 01/02/2018 a las 14:17
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Ordesa es la última novela de Manuel Vilas, un viaje a un pasado que ya no está: hacia la España en la que creció, hacia los seres queridos junto a los que creció y que ya no están. Recogemos aquí tres fragmentos del libro
____________________



17

Yo nací allí, en un pueblo español que se llama Barbastro, en el año de 1962, o eso me dijeron. Debió de ser un gran año, seguro. Albergo serias dudas sobre el hecho de que naciera en el año de 1962. No albergo dudas sobre el lugar en que nací, sino sobre el año. Todo el mundo debería albergar dudas sobre la fecha de su nacimiento, porque esta es la primera verdad heredada, no vista ni sentida ni comprobada, en la que habremos de creer. Tienes que tener fe en que te dicen la verdad, y en que los números que conforman la fecha de tu nacimiento significan algo.

No eres testigo de tu nacimiento. Lo eres de otras cosas: de tu boda, si te casas. Del nacimiento de tus hijos también eres testigo. No eres, sin embargo, testigo de tu muerte.

Ni de tu nacimiento ni de tu muerte eres testigo.

  He dudado muchas veces de mi fecha de nacimiento; tal vez la duda proceda del sentido del origen de mi materia corporal y espiritual, o del sentido de la colisión que se produce entre mi cuerpo y el tiempo, y que esa colisión deba tener una fecha. En realidad, una fecha es un nombre. La fecha es el nombre de la colisión. Todo el mundo debería dudar de su fecha de nacimiento. No hay ninguna certeza vivida en esa fecha, y te determina estúpidamente, y tiendes a darle una importancia que no procede de tu propia voluntad sino de pactos sociales anteriores a ti. Pactos que se hicieron mientras tú no estabas en este mundo o estabas sin haber nacido, sin haber colisionado.

Podría ser víctima de un error, mi madre tenía muy mala memoria. Consigo recordar pocas cosas de la década de los años sesenta. Mis primeros recuerdos ocurren ya en la década de los setenta, a excepción de uno de ellos, que tiene que ocurrir necesariamente en 1966. Es el recuerdo de mi madre embarazada de mi hermano. Tiene que ser un recuerdo anterior al verano de 1966. Es una escena llena de irrealidad. No es un recuerdo fidedigno. Estamos en la cocina y mi madre permanece sentada en una silla, y va vestida casi de un blanco inmaterial, y me dice «aquí está tu hermano» y señala su vientre, y conduce mi mano hasta su vientre, y yo me quedo sorprendido, y luego veo una luz que entra por la galería de la cocina. Una luz que viene desde las estrellas. Miro por la ventana y veo una lejanía llena de dulzura. Este es mi primer recuerdo y no lo entiendo. No sé qué es. Es un recuerdo que intento recuperar constantemente, y lo que recupero es una sensación de paz. Creo que cuando me vaya a morir sentiré lo mismo. (...)


36

El envejecimiento es nuestro  futuro. Lo disfrazamos con palabras como «dignidad», «serenidad», «honestidad», «sabiduría», pero cualquier anciano renunciaría a esas palabras con tal de que le quitaras cinco años de encima, o incluso cinco meses. Mi madre no aceptó nunca el envejecimiento. No sé qué clase de viejo seré, y me importa poco. Lo normal es que muera antes de la llegada de la decrepitud. La gente se muere siempre, todos acabamos por morirnos. Todos los fracasados de la tierra, todos los pobres y todos los analfabetos, cobran así su venganza sobre los que acumularon éxitos, poder, conocimiento, cultura y sabiduría.

El envejecimiento es igualatorio.

Y es divertido ver ese espectáculo: no tiene contenido moral ni mucho menos religioso, solo es un espectáculo inesperado, muy estimulante y muy fascinante. El mundo y la naturaleza eliminan a los depredadores que, azarosamente, crearon. Nos envuelve el presente, esa rabiosa capacidad del presente para hacernos creer que la vida tiene consistencia. Hay que valorar estos esfuerzos del tiempo presente, su gran afán civilizador. Es lo que tenemos. Tenemos más cosas: almendras,  adoro las almendras.  Y otra cosa aún más inquietante: el aceite de oliva. El aceite de oliva hace que me incline por la exaltación del presente.

Solo la materia.

Quiero decir que cada vez que el espectro de mi madre viene a mi memoria, recuerdo el aceite de oliva.

Puede que fuese la materia orgánica que más relación tuvo con el cuerpo de mi madre. Mi madre siempre estaba cocinando. Si siempre estaba cocinando, ¿en qué cabía pensar?: ¿en harina, en pan, en huevos, en verduras, en hortalizas, en carnes, en arroz, en salsas, en pescados?

No.

En aceite de oliva.

Mi madre vivió siempre rodeada de aceite de oliva.

Mi madre me transmitió un culto secreto, no verbalizado nunca, al aceite de oliva. Creo que el aceite de oliva es un agujero de gusano, una caída en el tiempo, que me lleva directamente a la vera de mi primer antepasado, que me mira y sabe quién soy. Sabe que necesito amor. Amor de alguien de mi estirpe.

No sé por qué he tenido que ser tan desdeñoso con el envejecimiento de los seres humanos.

Cuando sea un viejo decrépito querré que me quieran, y entonces alguien recordará estas palabras mías. Pero una cosa son las palabras en un libro, y otra las palabras de la vida, diré yo.

Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida.

Y juntas fundan una mentira. (...)


37

Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador.

Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío.

Como no oiré sus voces nunca más, a veces me niego a entender el español, como si con sus muertes la lengua española hubiera sucumbido y ahora solo fuese una lengua muerta, como el latín.

No entiendo el español de nadie porque el español de mis padres ya no se oye en el mundo.

Es una forma de luto.
 
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