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Los libros

El temblor voluntario

  • El universo de la novelista chilena Isabel Mellado oscila en Vibrato entre la estética de lo sublime y la descripción de las miserias cotidianas
  • El texto es complejo y experimental, el texto a veces desafina, en ocasiones enmudece, pero siempre mantiene un ritmo y un tono coherentes

Ana Pellicer Vázquez Publicada 02/03/2018 a las 06:00 Actualizada 01/03/2018 a las 19:20    
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Vibrato
Isabel Mellado

Alfaguara
Madrid

2018
  Bajo el subtítulo de “La música y el resto en 99 compases”, Isabel Mellado nos entrega una muy sorprendente primera novela, Vibrato, que sigue la estela iniciada por su volumen de cuentos El perro que comía silencio (2011), pero en la que da un eminente salto cualitativo en cuanto a técnica y solvencia narrativa. La violinista escritora/escritora violinista consolida su voz sinestésica y un notable talento aforista. De hecho, Vibrato es un texto sensual y estructurado, de principio a fin, en torno a la belleza de lo breve, de lo conciso, de lo esencial. La novela es una síntesis poética de sonidos e imágenes que explora la percepción (olores, sabores, sonidos) como experiencia subjetiva y que privilegia la escucha de una música interior a modo de texto narrativo. Sin duda, es Vibrato una novela depositaria de sabiduría acumulada y de refinada inteligencia constructiva: escrita con metrónomo en tres movimientos cual sinfonía armónica. El título resume a la perfección el significado profundo que busca la novela y es el primer hallazgo poético con el que se topa el lector, pues el vibrato es, en lenguaje musical, un recurso expresivo de desafinación programada, “un temblor voluntario”, que produce belleza.

La protagonista aparece como un personaje insertado en la inmensidad musical de su universo, que oscila entre la estética de lo sublime y la descripción de las miserias cotidianas. Clara es una niña que se define, desde su nacimiento, como No-Marta; se autocalifica por lo que no es, por los silencios, por los vacíos. Crece en un mundo circundado por la violencia, con un padre alcoholizado a la vez que seductor y poeta y con una madre que entiende la pareja como un cúmulo de peleas y reconciliaciones. Cuando tiene nueve años su padre es declarado desparecido en pleno terror de la dictadura pinochetista (no se dice nunca que el espacio es Chile pero el lector lo sabe al leer sobre un “Septiembre de bombas, tanques, metralletas”) y desde entonces la relación simbiótica con su violín (“jugar con tiempo era mejor aún que jugar con tierra”), con su hermano Raúl y con la calavera Gerundia le permiten sobrevivir ese espacio dramático (“la infancia no nos hizo falta”).

Berlín es la supuesta salida salvadora hacia una vida presidida por la música, que se convierte en profesión real y permite el sustento. La música es, además, refugio, salvación y antídoto (“La unidad de tiempo, de espacio, que menos hiere, el compás”, “Busco sonidos como andamios”). Pero Berlín será también la llegada al amor tóxico, al encierro claustrofóbico de un matrimonio siniestro, a una vida llena de máscaras y de incomunicación. En un fascinante Berlín postmuro nos adentramos en el micromundo bien retratado de las orquestas (audiciones, ensayos, clases de perfeccionamiento, partituras leídas al revés), de los concertistas que solo viven para y por la música, excéntricos/herméticos personajes para el gran público (“Tal vez exista buena vida, inteligente, más allá de las yemas de los dedos”), y de las intensas emociones que genera la creatividad al límite: miedo, ira, envidia, soberbia. Valga como ejemplo que el robo del violín es para Clara-No-Marta un cataclismo traumático en su pequeño universo de autosecuestro. Berlín también será el espacio de la amistad pura con su compañero el fagotista, de la riqueza intercultural, de los paseos y las acaloradas conversaciones sobre los grandes compositores y de, por fin, el desorden luminoso de la pasión y el deseo.

Vibrato es una novela sobre el dolor y el desarraigo pero estructurada en torno al humor como cosmovisión creadora, con una poética cultivadora de la parodia y del surrealismo que ya habíamos leído en El perro que comía silencio y que parece beber de clásicos gloriosos como Felisberto Hernández (“el cielo estaba pánfilo, descosido, y no había gallos para cicatrizar nada. ¿Qué hará que al cielo no se le caigan las tripas?”, “La luna parecía un pompón de yeso”, “El sol es un monosílabo chapucero abrumado por nube que se divorcian”). La novela se construye en torno a un monólogo interior compuesto por artefactos variados (combina textos híbridos con ilustraciones, desde la voz del violín o las antiguas cartas que su marido Hans Pappe encuentra en los mercadillos callejeros, hasta sus críticas musicales o un poema de Jorge Teiller que la autora recibió en su noveno cumpleaños), el texto es complejo y experimental, el texto a veces desafina, en ocasiones enmudece, inventa notas nuevas (“cuchareármelo”, “megustear”, “desruidar”) pero siempre mantiene un ritmo y un tono coherentes. El texto es partitura.

Vibrato es el mejor concierto que Isabel Mellado ha podido interpretar, la fusión de sus dos lenguajes creativos. De hecho, la violinista se interpreta a sí misma (“un músico, un ventrílocuo de sí mismo”), de la misma manera que la escritora se fotografía para la cubierta del libro y ofrece una lista de reproducción para acompañar la lectura del libro, como un último juego entre realidad y ficción porque “los personajes casi siempre son ficticios, no así la música que escuchan”, que está disponible en la plataforma de streaming Spotify. Vibrato es, al fin, un juego de espejos, de instrumentos armónicos y bien afinados. Porque la música es salvación y “sin vibrato suena muerto”.

*Ana Pellicer Vázquez es profesora de la Universidad Carlos III de Madrid.

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