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Los libros

El viaje como identidad

  • Sergi Bellver escribe desde la trashumancia, desde el movimiento necesario para calibrar otras realidades, para componer nuevos universos 
  • A través de dos estancias en la capital magiar, consigue describir mucho más que un territorio, un espacio social o una identidad

Ramón Rozas Publicada 10/03/2018 a las 06:00 Actualizada 09/03/2018 a las 18:12    
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Variaciones sobre Budapest
Sergi Bellver

La línea del horizonte
Madrid

2017
  Pocas realidades más enriquecedoras para el ser humano que el viaje. Pocas más provechosas para el resto de los mortales que beber allí donde otros han bebido. Variaciones sobre Budapest (La línea del horizonte) escrito por Sergi Bellver, se mueve en esta doble dimensión. La del yo y la del nosotros. El yo de una persona que escribe desde la trashumancia, desde el movimiento necesario para calibrar otras realidades, para componer nuevos universos desde el poner los pies, la mirada y el alma en otras geografías; y el nosotros, que nos permite acceder también a ese viaje, a esas sensaciones que, de una manera tan intensa como inteligente, sitúa ante nosotros el autor.

Estas 120 páginas son un goce para el viajero, pero también para un lector que se aproxima a una realidad, como es la húngara, por la que posiblemente nunca se sentiría atraído anteriormente, posibilidad para cuya reversión solo es necesario leer unas pocas páginas de este libro de viajes, ensayo, diario o crónica personal, esquemas por los que transita un texto híbrido, para sentirse encandilado y tan atraído por lo que allí se narra y por cómo se hace que no duden de que el que esto escribe desde su lectura ya ha incluido a Budapest como un futuro destino. Y es que Sergi Bellver, a través de dos estancias en la capital magiar, consigue describir mucho más que un territorio, un espacio social o una identidad, logrando capturar y transmitir toda una serie de retazos de vida que permiten aproximarse a un país sumamente desconocido para los españoles, pero también gozar de una literatura trabajada hasta el extremo, en la que el escritor vuelca sus conocimientos literarios y convierte cada línea en un ejercicio creativo de primer nivel en el que se reconoce ese compromiso intenso y apasionado.

Su estancia, residiendo en una vivienda prestada durante ese tiempo de escritura, se presenta también como la propia vivencia del escritor ante la construcción de su obra —una novela que verá la luz en el 2018— donde no solo el motivo que alienta ese libro, sino su propia relación con un entorno en constante descubrimiento, tanto el exterior, la ciudad; como el interior, el que se origina en esa vivienda, son sustrato para un texto en el que con cada página que se avanza se va dejando atrás esa vertiente de cuaderno de viajes en el que semeja encuadrarse en un principio, para configurarse como una novela propiamente dicha. El autor, como protagonista, trabaja en su libro, al tiempo que se van sucediendo toda una serie de situaciones que plantean el reconocimiento de un espacio físico, humano e histórico, que permite a Sergi Bellver ir tirando de los hilos de la historia de un país tan rico en esa historia como ignoto para quienes nunca nos hemos preocupado por lo que sucedió a orillas del Danubio. Cruzar cada uno de sus puentes, circular en tranvía, pisar sus calles y plazas, adentrarse en los patios de viviendas, sentarse en sus cafés, cruzar miradas y conversar con los personajes secundarios de esta novela le confieren al relato esa vida y naturalidad de la que suelen carecer este tipo de textos y permite pulsar el hálito literario que en él se palpa.

La experiencia del viaje, por lo tanto, es el latido de este texto lleno de músicas, de sonidos que hábilmente se integran como la banda sonora de un país, gracias a sus magníficos compositores —escribo estas líneas escuchando el hermosísimo Liebestraum nº3 de Franz Liszt— al que se alude en el libro, lo que evidencia el irreversible contagio de su contenido- pero también otras músicas que emergen del descubrimiento de una serie de discos hallados de manera inesperada en esa vivienda que permiten seguir definiendo ese juego entre el interior y el exterior, entre la vida del escritor nómada en su refugio, y el paisaje de un libro puertas afuera. Soledades, dudas, verdades, el choque entre la ficción y la no ficción balizan esa realidad del escritor, al fin y al cabo, en la búsqueda de si mismo a través de la escritura.

Y en ese otro viaje, ciertamente más áspero, el lector es parte del equipaje, el espectador ante el que exhibir pudores y ante el que dejar constancia de un proceso inherente a quien se ha puesto a caminar en el sendero de lo literario. Mientras, edificios, salones, turistas y un balanceo entre el peso de la era soviética y la contemporaneidad van equilibrando toda esa experiencia que no ha hecho más que afinar a la persona, ya que si el viaje de algo vale es de puesta a punto de mentes y almas y, en este caso, de un escritor que sigue con el petate al hombro cargándolo de historias y experiencias, de vidas vividas allí donde el Dios de los nómadas quiera llevarle. Y nosotros con él.

*Ramón Rozas es crítico literario. 
 
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