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Los libros

Pasos cortos y largos

  • Etapas, el viaje por la memoria de Manuel González con incursiones sobre el yo, el otro y los otros, es un poemario confesional, de búsqueda
  • Su poesía sencilla nos toca y nos recomienda que hay que “seguir caminando en la vida/ vestido de andar por casa”

Carmen Canet Publicada 13/04/2018 a las 06:00 Actualizada 12/04/2018 a las 18:05    
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Etapas
Manuel González

Renacimiento
Sevilla

2016

Una búsqueda en el recuerdo, en su memoria, un andar sin parar, un viaje que recorre en etapas, con paradas en donde su memoria hace incursiones sobre el yo, el otro y los otros. Un trayecto con pasos cortos y  largos. Con este título significativo, Etapas, nos llega este poemario de Manuel González (San Sebastián, 1971), reside en Valladolid desde 1987. Es además autor de Eslabón roto (2011), Diario de una tristeza (2014), Interiores (2015) y Cicatrices en los tobillos (2015), está también incluido en algunas antologías.


El libro comienza con un breve prólogo de Raquel Lanseros. Está estructurado en tres partes y nos hace partícipes de sus recuerdos de infancia, de juventud y de madurez. Cada parte comienza con una cita que nos da claves de los poemas que se incluyen.

La de la primera parte es de Karmelo C. Iribarren —su maestro, como nos apunta en la dedicatoria del libro—. Dice la cita: “De niño/ nadie se sentó en mi cama/ a leerme cuentos”. Son 13 poemas de sus inicios, del proceso de encontrar sus propias herramientas, sus descubrimientos: “En el principio cambió piedras/ y abordajes/ por bolígrafos de colores./ La infancia conjugó el verbo buscar/ y el mar trajo respuestas”; “Hay infancias con el cielo cubierto/ a las que no se asoma nadie./ (…)/ Pero algún día,/ la mía/ tendrá nombre de mujer”. Es un poemario confesional, de búsqueda. En esta sección, Manuel González se sincera con cierto tinte meláncolico. Desde el inicio ya aparecen en sus versos las mujeres que van a ocupar un lugar importante en su vida, hay admiración y complicidad con ellas, y así se va a reflejar hasta el final. Sus poemas transmiten lo cotidiano, los recuerdos que tenemos de pequeños, los miedos y las inseguridades. Son muy líricos, cercanos, sombríos y tiernos, sin nostalgia nos da cuenta de todo lo que su memoria le dicta: “Ponga el destino la infancia en su sitio”. Es su etapa en el colegio, del instituto, del primer amor, tiene esa parte de inocencia y de grises que envuelven los primeros pasos de nuestra existencia. Concluye así: “Se cerró el cuarto de la infancia/ para encontrarse frente a la primera nevada/ que no se olvida”.

La segunda parte contiene veinte poemas,  comienza con una cita de Raquel Lanseros: “Igual que quien sujeta una bandera/ los amantes se toman de las manos”. Son su primer poema titulado “Desastre” y el segundo, “Autorretrato”, poéticas en el tiempo. Manuel González con una poesía intimista, conversacional, desnuda su experiencia con versos muy vitales en esta etapa: “Era el tiempo de volvernos locos”, “demasiados nudos”, en donde no falta el ritmo del bolero y del tango. Su poesía sencilla nos toca y nos recomienda que hay que “seguir caminando en la vida/ vestido de andar por casa”; “Mi poesía aprendió  a respirar por su cuenta,/ Hace lo que le sale literalmente de las manos”. Con estos versos termina la segunda parte: “Buenas noches./ La vida sigue con tu permiso”.

La tercera parte comienza con esta cita de Luis García Montero: “Porque sé que los sueños se corrompen,/ he dejado los sueños”. Esta serie de 20 poemas, también, son muy breves situados en su ciudad natal de la que nos da muchos datos. Son trozos y trazos de vida que pega en un álbum de fotos. Son poemas muy breves, que como fotografías  recrea  y suceden en su tierra, San Sebastián, su bulevar, su parte antigua,  la cafetería  del hotel Londres, el Monte Igueldo, su bahía, su isla y el mar. Escribe con palabras de lluvia y brisa, en donde hay una realidad dominada por la incertidumbre, por la intimidad que todas las personas llevamos y eso hace que su poesía nos roce.

Es muy sugerente como nos va narrando el paso del tiempo y sus contratiempos con imágenes que tienen que ver con la climatología, la meteorología,  a través de éstas inclemencias de la naturaleza nos detalla  su estado interior : “rompía a llover” “invierno” “cielo cubierto”, “hierba húmeda”,  “frío”, “la primera nevada”, “lluvia”, “golpes de aire”, “después de cada tormenta”. Pero también “sale el sol”.

Son historias que comienzan con un niño de “once años”, “con pantalones cortos”, y ya con “vista cansada”, hasta llegar ya de adulto,  a sus orígenes, donde nació, y allí  nuevos recuerdos, espacios donde rememorar esos pasos, esos paseos, que tanto le reconfortan: “Dos libros,/ Café con leche./ Enfrente la bahía./ El único lugar/ que me reconcilia con el mundo”. Así en el penúltimo poema llamado, “Paseo” —porque esto es realmente este poemario, un largo paseo—, nos escribe: “Hay muchos sitios donde huir/ pero ninguno donde volver./ Menos mal que no me sueltas la mano”. Y a modo de coda, en el último, con el que abrocha Etapas, concluye: “Sobre la mesa duermen espacios en blanco./ La pluma reclama lluvias en tercera persona./ Se asoman palabras al mundo./ por encima de los años/ la madera conserva su olor a bosque./ Ahí aguarda el último poema. Ahí reposa el cuerpo del delito”.

*Carmen Canet es escritora y profesora de literatura. Su último libro, Malabarismos (Valparaíso, 2016).
 
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