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Los diablos azules

¡Los relatos no son inocentes!

  • Aun cuando se trate de una novela amarga, pesimista, e incluso podría decirse que trágica, toda esta desazón que se desprende de la lectura de Lluvia fina, aparece matizada por sucesivos ribetes de humor
  • Después de tantas buenas novelas, Landero es de los novelistas que nunca decepcionan, pues pocos como él han ahondado en los entresijos de la conducta humana

Publicada el 29/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 28/03/2019 a las 20:29
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El escritor Luis Landero.

El escritor Luis Landero.

María Antonia Landero
En Lluvia fina, la última novela de Luis Landero, Sonia, a quien me referiré como la madre, va a cumplir 80 años, por lo que su hijo Gabriel, profesor de Filosofía en un Instituto de bachillerato, quiere organizar una fiesta familiar para propiciar la reconciliación entre ella y los tres hermanos (Sonia, Andrea y él mismo), olvidando los reproches que se han intercambiado a lo largo de los años. Pero si Gabriel resulta ser el primer acicate del conflicto latente, Aurora, su mujer, será al fin y a la postre la auténtica protagonista de esta historia, en su papel de interlocutora paciente de todos ellos, el filtro por el que pasen las historias, además de su víctima propiciatoria. En los extremos opuestos, dos a dos, por lo que a la conducta moral se refiere, se encontrarían Horacio y el mismo Gabriel. Aquel es el exmarido de Sonia, se casaron cuando ella tenía 14 años y él 35, y tuvieron dos hijas: Azucena y Eva, periodista y bióloga, respectivamente. Si bien se divorciaron hace ya casi 30 años, sin que sepamos qué ocurrió de veras entre ellos. En cambio, la otra hermana, Andrea, siempre se ha mostrado como una incondicional enamorada de su cuñado.

La acción transcurre a lo largo de seis días, durante el carnaval, si bien son constantes las referencias al pasado. Cuenta la historia un narrador omnisciente que va cediéndole la voz a los personajes, a la vez que Aurora nos transmite las quejas del resto, sobre todo de Sonia y Andrea. Son voces que lanzan sus peroratas o puntualizan las opiniones ajenas, señalando lo que tienen de fantasía o mentira. Y puesto que Aurora es la única que sabe escuchar, “ella es en realidad la única dueña absoluta del relato, la que lo sabe todo” (p. 18).

  A lo largo de la narración se plantean diversos conflictos y enigmas: ¿por qué han sido tan infelices? ¿Por culpa de la madre, a quien solo defiende Gabriel? ¿Debe celebrarse la fiesta? ¿Habrían de asistir Horacio y Roberto, la nueva pareja de Sonia? En esta ocasión, podría decirse que todos son lo que parecen, aunque Gabriel y Horacio resulten peores de lo que pudiera suponerse al principio de la historia. Por otra parte, está Alicia, la hija enferma de Aurora y Gabriel, aunque nunca la veamos en escena, ya que quizá represente –junto a su madre— la auténtica realidad problemática. Por un lado, podría decirse que Alicia salva a su madre, pues esta se dignifica al ocuparse de ella, aunque con su decisión final, que no debemos aclarar aquí, la chica quede desamparada. Y a la vez, también podría afirmarse que Alicia condena a su progenitor, al no interesarse apenas por ella, mostrándose distante. Lo curioso es que no llegamos a saber qué le pasa, más allá de sufrir “una alteración grave del desarrollo” (p. 172).

El caso es que tanto la madre como sus hijas, Sonia y Andrea, son transparentes en su maldad, aunque la actitud de Gabriel pueda ser no menos dañina, si bien en la trama la descubramos más tarde, quizá porque aparece disfrazada con excusas, palabrería hueca y una cierta filosofía de secano. Así las cosas, solo dos personajes, entre los principales, en lo mucho que tiene esta de novela coral, alcanzarían a salvarse: Alicia, la niña enferma, y la paciente y abnegada Aurora, aunque en un momento dado, hacia el desenlace de la novela, no pueda soportar más a su marido tras atar cabos y darse cuenta de quién era realmente, ni tampoco el bombardeo de razones y sinrazones, de mentiras, a que la somete el resto de los personajes. En ese sentido, en el último capítulo se presenta en síntesis toda la historia. Así, ella acaba pagando por todos, y al dar ese salto al futuro, parece sacrificarse, de manera simbólica, por los demás. No puedo ser más explícito para no destripar la novela.

Acaso también destacaría a la madre y a Andrea. La primera es una mujer sombría, fatalista, que parece estar en el origen de todos los enfretamientos familiares. A lo largo de su existencia había trabajado como practicante, callista y mercera, a veces simultáneamente, y suele opinar que la alegría trae mala suerte y otras cosas por el estilo. Me parece que tiene algo de personaje galdosiano, por su obsesión por el dinero, su miseria moral y el gusto por la sentencia pesimista. Por su parte, Andrea es un personaje con numerosos entresijos, pero sobre el que Landero carga demasiado las tintas. Tiene un físico poco agraciado, con “un cuerpo robusto, torpe y vagamente andrógino”, pero además se nos dice que tiene las piernas cortas y gordas, el pelo lacio y los ojos chicos y sin brillo. Andrea ha tenido vocación religiosa, pero también soñaba con ser una estrella del metal y del punk... Además, cree en la telepatía, es vegetariana, animalista y ecologista, así como voluntaria social; defiende la medicina natural y practica el senderismo, aficiones que en una persona estable serían dignas de encomio, pero que en ella son otros fanatismos más. Sea como fuere, trabaja en una residencia de ancianos y finalmente en una estafeta de correos. Se considera una Cenicienta y ha intentado suicidarse en varias ocasiones. En sus comentarios tiende al lenguaje grandilocuente, como su hermano. En suma, Andrea se siente muy desgraciada porque está convencida de que su madre le ha amargado la existencia y porque cree ser ella quien debía haber compartido la vida con Horacio. Así, en dos momentos de la narración traza un balance de sus agravios (pp. 160 y 221). Y por lo que se refiere a Sonia, de la que no puedo ocuparme como se merece, destacaría su autorretrato –digamos— oblicuo (p. 115).

Según ha confesado el autor en una de las entrevistas que ha concedido estos días, la novela tiene su origen en una noticia que leyó en el diario El País, donde se contaba que una familia se había reunido para celebrar un cumpleaños que acabó en tragedia. Lluvia fina se compone de 16 capítulos y Landero se vale de un motivo literario clásico: la reunión de viejos amigos, en este caso los miembros de una familia, tras varios años sin verse apenas, cuyo resultado acaba mal, pues surgen de nuevo todos los rencores y reproches acumulados después de tanto tiempo. Aunque en este caso, la fiesta no llegue a contársenos nunca. El título de la novela, al que se alude en el cierre (“la lluvia es menuda pero persistente”, p. 264), funciona como una afortunada metáfora del contenido, pues ese chirimiri en que se convierte la queja por sentirse agraviados, el reiterado victimismo, las mentiras e inconfesables secretos, va calando en Aurora, hasta abocarla a un inesperado desenlace. Mientras que al resto de los personajes, esos dimes y diretes maliciosos, parezcan afectarles menos. Pero, puesto que en la novela se  apunta a la necesidad de tener secretos, tenemos que ver cuáles y por qué acaban revelándose. Sobre todo, los de Horacio y Gabriel, los principales personajes masculinos de la novela. De este último, por ejemplo, se nos cuenta su tendencia al discurso insustancial, a la vagancia y a las ensoñaciones eróticas (ve a escondidas revistas pornográficas, escribe poemas obscenos y parece disfrutar de los placeres solitarios). Y dado que, además, se nos presenta como un inconstante y un tastaolletes (aquel que se limita a picotear aquí y allá), su mal es el aburrimiento. En cambio, las tres mujeres se muestran transparentes en su maldad o inmadurez.

Aun cuando se trate de una novela amarga, pesimista, e incluso podría decirse que trágica, toda esta desazón que se desprende de la lectura, aparece matizada por sucesivos ribetes de humor (véanse, por ejemplo, los episodios que aparecen en las pp. 37, 87 y 168), convirtiéndola en una tragicomedia. A veces, los diálogos rezuman ironía, y el tono, insistente y desmesurado, por no insistir en la gradilocuencia, nos provocan una leve sonrisa. Y ese humor resulta imprescindible para que la historia no solo parezca verosímil, sino también para que nos llegue oxigenada. Bueno, pues esa distancia imprescindible que hay entre el tono, los hechos relatados y cómo los recibe el lector, se logra a través de unas ocasionales dosis de humor. No en vano, casi todos los personajes, la excepción quizá sea la madre y Aurora, tienen algo de teatrales, aparte de sobreactuar.

No podemos dejar de preguntarnos si es posible, y sensato, hacer una lectura metafórica de la novela, aunque no en todos los casos lo haya pretendido el autor, por lo que se refiere a los conflictos de la España actual. Sobre todo, en relación con la dicotomía memoria/olvido; la sinceridad/discreción como una forma de civilizada convivencia, o con la intentona secesionista catalana, y sus correspondientes mentiras, insolidaridad y agresiones. Al final, en el relato, tras sucesivos agravios de unos y otros, resulta imposible saber quién tiene razón, que es lo mismo que ocurre hoy con tantas cuestiones, debido a la sobreabudancia de información, a las mentiras y falsas verdades con que se formulan. Pues como afirma Landero en otra entrevista, más que evidencias, hay verdades poliédricas. Pero de ser plausible aquella lectura metafórica, Aurora nos representaría simbólicamente a todos, tanto al sufrido ciudadano de Cataluña como del resto de España, no fanatizado. En cualquier caso, Landero centra su atención en el ámbito reducido de la familia, convertida en un mundo cerrado, trasunto del conjunto de la sociedad, cuyos conflictos podrían representar los de toda España, pues ha afirmado: “España es una familia mal avenida en la que de nuevo se masca la tragedia” (entrevista de Miguel Lorenci, “Luis Landero novela en Lluvia fina un cumpleaños que acaba en tragedia”, en La Voz de Galicia, 12 de marzo del 2019). Sea como fuere, el caso es que la novela dialoga con diversos temas candentes hoy en día. Así, por ejemplo, afirma Aurora: “Deberíais descansar del pasado, dejar de darle vueltas...” (pp. 95 y 106). En suma, se dice, la memoria tiene mucho de invención; pero, además, plantea la oportunidad de decir o saber callar, un motivo en el que ha profundizado en diversas ocasiones Javier Marías.

La columna vertebral de esta novela estriba en la idea, aparece al comienzo del primer y del último capítulo, así como al final del segundo, de que “los relatos no son inofensivos” (pp. 11, 32 y 261). ¿Pero qué es lo que tiene que contar Aurora, ella que tanto ha escuchado, tal y como se nos anuncia desde el inicio de la novela? Pues todo aquello que le han ido transmitiendo en forma de lluvia fina, la novela que estamos leyendo. El papel de Aurora en la narración es, por tanto, singular, al actuar como catalizadora, como una segunda mediación, tras el narrador omnisciente.

No nos proporciona Landero una visión precisamente optimista del ser humano, a quien nos presenta infantil, depravado, rencoroso, acomplejado y vengativo. En suma, como un ser destructivo. Y a pesar de ello, tenemos la impresión de que en algunos aspectos de la configuración de los personajes hay detalles de la vida del propio autor, sobre todo en Gabriel. Su estado de ánimo quizá se nos muestre, como en ningún otro lugar, en la extraordinaria foto de Carlos Rosillo, publicada por El País, mientras que la caricatura de Sciammarella, en el mismo periódico, lo ha convertido en un extraño gemelo de Rafael Sánchez Ferlosio. Después de tantas buenas novelas, Landero es de los novelistas que nunca decepcionan, pues pocos como él han ahondado en los entresijos de la conducta humana, con sus aspiraciones, deseos y frustraciones, con semejante habilidad y acierto.
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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

 
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