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Los libros

Luz de otoño

  • En los fragmentos autobiográficos de Prospect Park, de Hilario Barrero, la escritura respira hondo para dar solidez y permanencia al caminar de la memoria
  • El poeta, tras su larga estancia como profesor universitario en Nueva York, se siente desconectado y ajeno al entorno poético contemporáneo

Publicada el 07/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 06/06/2019 a las 21:22
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Prospect Park
Diarios, 2014-2015

Hilario Barrero
Editorial Renacimiento, Biblioteca de la Memoria

Sevilla, 2019
  Hilario Barrero (Toledo, 1946) concibe el taller literario como una obra en marcha que configura su diversidad en el discurrir. Así han ido naciendo, como frutos de un quehacer bifurcado, poesía, narrativa, traducción y diarios. Son actividades que comparten un sustrato común, el lenguaje, elemento propicio para formular una interpretación del mundo, un punto de vista personal.

El cauce autobiográfico de este profesor universitario emérito de la City University of New York, asentado en Nueva York desde 1978, arranca en 2003 con la entrega Las estaciones del día. Es el amanecer de una literatura del yo que va sembrando estaciones con notable regularidad: De amores y temores (2005), Días de Brooklyn ((2007), Dirección Brooklyn (2009), Brooklyn en blanco y negro (2011), Nueva York a diario (2013),  Diarios 2012-2013 (2015) y la presente coda, Prospect Park, que circunscribe las anotaciones biográficas de 2014 y 2015. Al repasar la cartografía diarística se percibe de inmediato la reiteración verbal del topónimo Brooklyn. El barrio neoyorkino adquiere entidad propia, se hace síntesis geográfica de lo cotidiano; es nudo vivencial capaz de aglutinar los relieves de la identidad. Como apunta la cita inicial de Prospect Park, extraída del libro La librería ambulante de Christopher Morley, “Brooklyn es la región de los hogares y la felicidad”.

En esa sabiduría de lo modesto se asienta Prospect Park, uno de los grandes parques públicos del distrito de Brooklyn, diseñado por los mismos arquitectos y paisajistas de Central Park. El lugar mantiene intacta la flora natural y enriquece su perspectiva con zonas deportivas, de esparcimiento y añadidos urbanos de interés como la laguna, el zoológico y un caserón para visitantes. Es, por tanto, refugio ideal para el paseo y la reflexión ensimismada del testigo; regala al paseante un sosiego callado que anticipa la escritura.

Quienes han seguido los sucesivos andenes del diario hallarán en las páginas de Prospect Park el aire familiar de los estratos: Toledo, como espacio de infancia y asidero firme de la memoria, preserva en sus calles y en su lejanía el respirar de las raíces; la vida laboral del profesor universitario, las reflexiones sobre el entorno social y urbano de Brooklyn y las puertas abiertas del taller del escritor. El poeta, como artesano de la palabra, deja con pleno acierto estos renglones metaliterarios: “la poesía es siempre un refugio a veces sin paredes, es un navajazo con la cuchilla oxidada y un hormigueo de cristales en el alma”. En otra anotación, esta magnífica definición del haiku: “un suspiro aprisionado, un chispazo húmedo, un alfiler que se clava en la piel de la razón”.

Se acrecienta la mirada crepuscular que acaricia las cosas con luz de otoño. Las ausencias de amigos dejan marcas profundas y resulta perturbador el cauce de lo mudable; el propio cuerpo es espejo asomado a una sensibilidad en conflicto, donde la muerte expande su rumor como un pájaro negro y cercano. Casi inadvertida, la vida se va nublando y deja en el yo una sensibilidad crepuscular. En ella, “la vejez, como lluvia tenaz y avariciosa, va borrando, con su lengua de trapo nuestras miradas. La casa, antes jubilosa, es ahora una celda donde el silencio es el abad. Se van muriendo los seres que amaste y los que quedan se van haciendo viejos”.

El poeta, tras su larga estancia americana, se siente desconectado y ajeno al entorno poético contemporáneo. Como si fuese un espectador inadvertido que registra actitudes y presencias desdibujadas, sus textos invitan al repliegue ensimismado y difunden un pesimismo tácito que entrelaza intereses, afectos sin retorno y disonancias. Frente al poeta trasterrado se encuentra un muro de egolatrías y libros “seminales”. Así sucede cuando busca materiales inéditos para su revista o cuando prejuzga la prisa de los jóvenes por la edición. Entonces Prospect Park deja oír algunas cadencias que convierten el cercano abrazo de otras presencias literarias en un páramo.

Emotiva y profunda resulta la escritura en torno a la jubilación en junio de 2015 y ese gesto doloroso de limpiar el despacho para concluir el largo itinerario en las aulas. Concluyen los pasos profesorales y los encuentros con una forma de estar en el laberinto del escalafón que es siempre indagación y experiencia, razón de vida que serena la angustia y la tristeza. También impacta el recuerdo tenaz del 11-S con su estela de muerte, que cambió para siempre la fisonomía de la ciudad y desencadenó un incontinente reguero de efectos secundarios. El recuerdo colectivo tiñe la fecha de una luz sombría y una niebla espesa de melancolía que apaga los destellos del verano.

En los fragmentos autobiográficos de Prospect Park la escritura respira hondo para dar solidez y permanencia al caminar de la memoria, siempre atenta a esos núcleos básicos que son el amor, la existencia cotidiana y la muerte. Es el tiempo de repasar las luces y sombras como materia obligatoria para poner en marcha un nuevo día. La senectud asienta en el pecho la certeza de que se va acercando el final de trayecto. Por eso es prioritario hacer de cada instante un sendero de luz cuando anochece y “no pedir nada más: solo el temblor tibio de tu mano en  la mía y que venga la noche y luego que amanezca. Solo eso”.
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José Luis Morante es poeta y crítico literario. Su último libro es A punto de ver (Polibea, 2019).

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