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Rodajas de luz

  • En El cielo y la nada Toni Quero mantiene la pulsión tensional entre las incisiones autobiográficas del poema y el cauce reflexivo del lenguaje
  • Se percibe en parte del volumen un claro pesimismo, como si la presencia del sujeto verbal fuese zarandeada por las convulsiones del desasosiego

Publicada el 13/12/2019 a las 06:00
El cielo y la nada
Toni Quero
Castalia 
Madrid
2019

 
  La amanecida poética de Toni Quero (Sabadell, 1978) está ligada a un referente literario de vital importancia en la lírica contemporánea: Colliure, el enclave francés que guarda la memoria de Antonio Machado y que se convirtió en lugar generacional de los poetas del medio siglo. Con su primera obra, Los adolescentes furtivos, Toni Quero consiguió en 2009, en el emblemático municipio, el Premio Internacional de Literatura Antonio Machado. Desde aquella entrega ha trascurrido un largo intermedio, durante el cual el escritor ha explorado otras rutas expresivas como la ficción narrativa Párpados (2016), reconocida con el Dos Passos a la Primera novela. Ahora retorna al cauce poético con El cielo y la nada, editado en Castalia tras conseguir el Premio Tiflos.

El movimiento pendular que oferta en cada amanecida el trayecto vital, entre la esperanza diáfana de la plenitud y la estela borrosa del vacío, constituye la razón del poema. Así lo corrobora, como un denso aforismo que pule su certeza, la cita de Fernando Pessoa: "No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". El poeta también convoca a la sabiduría vivencial de Auden para integrarlo en el comienzo de la primera sección del libro, "La nada", donde la introspección desdobla al sujeto poético. El ser hace balance del existir, muda el enunciado sentimental en razón básica de un estar contradictorio que se desplaza entre la claridad de mediodía y el fundido en negro. Muestra su empeño en hacer del recorrido por la incertidumbre el refugio complejo de unas cuantas metáforas: "Nada permanece, la ciudad es oscura, / el firme estéril y no arraiga la simiente, / mis versos germinan entre la maleza, pero quién se nutre de un fruto amargo". Se percibe en el apartado un claro pesimismo, como si la presencia del sujeto verbal fuese zarandeada a cada instante por las convulsiones del desasosiego, o se viese sometida a una liquidación por derribo. Así sucedió con las señas colectivas generacionales, hoy convertidas en restos óseos de quietud y conformismo y en el previsible final de trayecto que deja inerme el último átomo del yo.

Como sucediera en la memoria de Alberti con aquellos años veinte que nacieron a la escritura con la epifanía del cine, o al burgués juvenil que encarnara Jaime Gil de Biedma en la edad de la pérgola y el tenis, Toni Quero recuerda la década finisecular repleta de fuegos fatuos: "Respetadme, / fui un adolescente en los noventa / nuestra religión era la música, / acampábamos en el margen de un río / y bailábamos como fuegos fatuos hasta el alba". Aquella escenografía de esperanza languideció en el tiempo convertida en una opaca floración de frustraciones, mostrando las oquedades ilusorias de lo temporal. Otras señales colectivas definen el nuevo tiempo y todas convergen en la misma sensación: ya es tarde. Los actos de la rutina simulan gestos que prolongan un caminar marcado por la ceniza. Todo es búsqueda y movimiento, los pasos de un yo que activa estrategias de supervivencia, mientras en sus sentidos resuena inalterable el gotear del tiempo.

La memoria de los días vislumbra un copioso escenario de lugares al paso. Como un viajero recorriendo el espejismo digital, los sitios muestran el transitar de figuras luminosas que aprenden la meritoria experiencia del camino, ese lenguaje propio que intenta capturar la belleza y aprehender los ralos destellos que pone entre las manos la existencia, aunque el crepúsculo abra sus palmas para mostrar un esqueje seco de sueños evadidos.

En El cielo y la nada Toni Quero mantiene la pulsión tensional entre las incisiones autobiográficas del poema y el cauce reflexivo del lenguaje. Así toma cuerpo un diario especular, que profundiza en la trayectoria vital y en sus espacios imaginarios. El poema sondea, enuncia, escribe con imágenes de gran fuerza simbólica, y sigue el rastro de la decepción, ese "punto encendido en mitad de la nada" que guarda en su oquedad los ajados sedimentos de algún sueño. Pero la amanecida retorna, y encuentra en la retina de quien sale al día unas rodajas de luz; es el amor que pasa y nos advierte que también la niebla escampa.
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José Luis Morante es poeta y aforista. Ha publicado el libro de haikus A punto de ver (Polibea, 2019).

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