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Los diablos azules

Un alfiler en lo hondo del bolsillo

  • He rehuido todas esas listas de "libros para el confinamiento". El solo enunciado me ha echado para atrás, porque sugiere una especie de edulcorante
  • Nadie va a leer a Stevenson, Balzac, Baroja, Dostoievski o Dickens porque otro le haya recordado la idoneidad de los días largos para leer libros largos

Publicada el 27/03/2020 a las 06:00 Actualizada el 26/03/2020 a las 20:08
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En el segundo viernes de confinamiento por la crisis sanitaria provocada por el coronavirus, los colaboradores de Los diablos azules proponen lecturas que sirvan de compañía durante la cuarentena. Aquí puedes leer todas las recomendaciones de este número y aquí, los contenidos de números anteriores.
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Se da la anómala situación de que, de pronto, la afición a la lectura, que gozaba de muy escaso prestigio en los últimos tiempos, se muestra ahora como una aptitud muy deseable. Llena las horas, en efecto, y lo hace de un modo muy distinto al que puede atribuirse, por ejemplo, a los canales temáticos de cine o series de televisión. Leer no es simplemente convertirse en espectador de una representación que ejecutan otros a conveniente distancia. Leer es algo así como incorporar un pensamiento ajeno, y su correspondiente discurso, a la deriva más o menos controlada de la propia mente, lo que no deja de ser un modo de nutrirla, de robustecerla, poblarla de una pluralidad de voces, ahondar en ella, descubrir regiones enteras que de pronto se te manifiestan porque las palabras de otro han sabido ponerles nombre.

Es por ello que siempre me ha resultado difícil hacer recomendaciones de lectura. ¿Cómo asumir la tremenda responsabilidad de inducir en el pensamiento ajeno esa intrusión de tan impredecibles consecuencias? Por lo mismo, no soy muy obediente tampoco a recomendaciones generales de lecturas, más allá de las que debo a un puñado de amigos y de la información orientativa que extraigo de los reseñistas solventes, que los hay. He rehuido, por tanto, todas esas listas de "libros para el confinamiento" que en los últimos días han publicado las páginas de cultura de los periódicos. El solo enunciado me ha echado para atrás, por parecer que sugiere una especie de edulcorante que ayude a trasegar una medicina amarga. Y no creo que los libros sean eso; o, en todo caso, son mucho más que eso. Tengo también mis dudas sobre si las circunstancias forzarán una conversión masiva de no-lectores a este benéfico hábito que llena las horas sin apenas gasto. Más bien creo lo contrario. Paradójicamente, los días aciagos a veces se hacen cortos: enseguida los llenan la pereza, la desorganización, las obligaciones sobrevenidas –ay, el teletrabajo– y esa especie de horror vacui que nos lleva a llenar de actividad absurda las horas muertas. Resultado: hay menos tiempo que nunca para todo aquello que, de antemano, algunos siempre han rechazado, por más que hayan oído hablar de sus benéficos efectos.

Nadie, por tanto, va a leer a Stevenson, Balzac, Baroja, Dostoievski, Galdós o Dickens porque otro le haya recordado la idoneidad de los días largos para leer libros largos. Puede que ocurra en algún caso o dos, no lo niego, pero la norma más bien parece sugerir que esos libros tienen su modo peculiar de atraer a sus lectores: hay quien los encuentra en los estantes de la biblioteca paterna, o en un mercadillo callejero –donde las colecciones populares de clásicos de la literatura universal se liquidan por unos céntimos el ejemplar–, o en la escuela, o en un comentario afortunado hecho por una persona a la que se admira –mi hija leyó Cien años de soledad a una edad muy temprana porque la cantante Shakira dijo en una entrevista que era su libro favorito, y muchos jóvenes usuarios de la biblioteca escolar de la que me ocupo pidieron en ella en su día la novela Cumbres borrascosas de Emily Brontë porque era la favorita de no sé qué personaje de la saga Crepúsculo–. No, aquí la autoridad del lector reconocido cuenta poco y más bien puede resultar contraproducente. Esos otros azares tienen más fuerza.

Por ello, me voy a permitir una recomendación un tanto extravagante, dando por descontado que no creo en la efectividad de ninguna. Por supuesto, cualquiera de los libros antes mencionados –sí, incluso las insufribles y muy mal escritas entregas de la saga de Stephenie Meyer– podría cumplir admirablemente la función de ocupar las horas de un confinado por razones de fuerza mayor. Pero a mí me distraen mucho, y me abren mundos, y me hacen anhelar nuevas lecturas, las antologías colectivas de poesía. Muchas voces en un solo tomo y cada una de ellas abriendo puertas a un mundo literario particular. Pienso en la que hizo Gerardo Diego de la poesía del primer cuarto del siglo XX en España; o en la mucho más completa y sugerente Antología de la poesía española e hispanoamericana de Federico de Onís, que reeditó no hace mucho Renacimiento; o la de Poesía lírica del Siglo de Oro de Elías River para Cátedra, etcétera.

O mi favorita, la que digo siempre que es el libro que llevaría en mi macuto de náufrago: A book of english poetry de G. B. Harrison, un modesto libro de Penguin en papel de pulpa –sí, no se trata de una edición para exquisitos– en el que, parece mentira, uno no echa en falta a casi ninguno de los poetas en lengua inglesa que merece la pena leer. Y todo ello en un tomito que cabe holgadamente en cualquier bolsillo. Y ya se sabe lo que dan de sí los bolsillos en las novelas que presentan casos muy apurados: en esos pozos sin fondo es donde, a veces, el recluso encuentra el alfiler que le abre la puerta de su prisión.

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José Manuel Benítez Ariza es escritor. Su último libros es Realidad (La Isla de Siltolá, 2020).

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