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Los ojos abiertos

  • En La rama verde, Sánchez Rosillo agrupa 64 inéditos, con un título que subraya el primer plano que la naturaleza adquiere en su ideario poético
  • En este poemario asoma vivo y pleno un mundo respirable e inmediato, que es al mismo tiempo hebra frágil y permanencia

Eloy Sánchez Rosillo
Publicada el 19/03/2021 a las 06:00

La rama verde
Eloy Sánchez Rosillo
Tusquets
Barcelona
2020

Con persistente voluntad estética, Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) ha enriquecido el cauce temporal con un fértil itinerario creador. Del mismo, da fe el volumen Las cosas como fueron (2018), una compilación que acoge la escritura lírica desde 1974 hasta 2018, donde anticipaba algunos inéditos de La rama verde. El poeta y profesor universitario protagoniza una sabia madurez, inclinada a mantener abiertos los ojos de la reflexión. Los poemas nacen del atento aprecio a lo cercano; desde una sensibilidad dispuesta y vigilante, sabe que el discurrir existencial es azaroso y proclive al contraluz.

Tras la publicación en 2015 de Quien lo diría y la reedición del ya citado corpus completo, agrupa 64 inéditos en el poemario La rama verde, epígrafe que parece subrayar el primer plano que la naturaleza y sus elementos adquieren en el ideario poético de Eloy Sánchez Rosillo. Lo exterior despierta las secretas cadencias del intimismo ensimismado. Propicia, entre los pasos del vivir, una conversación silenciosa, que fuerza a la conciencia del sujeto a ampliar límites. Las respiraciones del entorno se hacen costumbre y desplazan sensaciones hacia las galerías internas de quien percibe. Allí mantienen las constantes vitales, que mudan en abstracción y pensamiento.

La temporalidad enlaza pasado y presente en una continua renovación cíclica. En su seno, las secuencias van y vienen, haciendo de la memoria un organismo proteico que recupera estampas emotivas para enriquecer las manos del ahora. El paisaje de infancia, en su fragilidad, perdura. Es un espacio de afirmación y resistencia: “Dentro de la leyenda del vivir, / que el minucioso olvido / desordena y desdice, / el sueño aquel primero / de la niñez no se ha desvanecido”.

El transcurso evocador conforma una colorista superficie en la conciencia; en su quehacer establece un orden natural de quietud y permanencia que se hace presente desde la lejanía; el recuerdo crea un percibir cercano y paradójico que propicia el contraste. Están en las aceras cotidianas los declives de sombras y luces, la finitud temporalista de lo diario y la compensación de la experiencia, donde lo contingente se hace categoría y conocimiento.

El hablante lírico verbal no solo insiste en el patrimonio sensorial del discurrir. Las horas propician la felicidad unánime de estar entre las cosas, de ser parte de su fervorosa plenitud y de su apacible armonía en la intemperie y desprendimientos del tiempo: “Aquí no necesito meditar, / abismarme en honduras insondables / para llegar al corazón de todo. / hay tanta soledad, tanta quietud, / que el fondo está a la vista, en lo inmediato. / Clarea la mañana. / Miro y escucho, huelo, saboreo, / palpo la realidad que se me ofrece / como regazo y vínculo. Me extraño de ser yo / y me aparto de mí y de mis zozobras”.

La mirada interior es amanecida y refuerza la cálida proximidad entre periplo vital y escritura. En el poema “Hablo aquí del comienzo”, que alcanza muy altas cotas emotivas, el amor se convierte en semilla de la identidad. Nada concede más sentido al poema que dejar en sus palabras el cauce amoroso porque el sentir afecta a la misma condición de ser. El poema es también un renacido homenaje a la tradición amorosa que encarnan las voces de Garcilaso, Machado, Neruda o Juan Ramón y el firme anhelo de vestir las palabras con la piel emotiva del sentir. En su pensar a solas, como escribe en “Al mirar lo vivido” el verso ratifica: “El amor lo era todo, y no lo supe / no lo supe del todo a cada instante. / Algo mío muy puro lo intuía, / pero yo me ofuscaba en otras cosas”.

En La rama verde asoma vivo y pleno un mundo respirable e inmediato, que es al mismo tiempo hebra frágil y permanencia, que muestra en su desorden ese azar pautado donde se deshoja la existencia convertida en lección y elegía. Entre la conciencia y el sentir del tiempo se establece siempre una distancia corta; en ella el pensamiento busca ese “centro sereno del asombro”, el pulso elemental de la belleza, la rama verde, el peciolo auroral de lo que empieza “en un mar tibio y quieto, bajo el sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula”.

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José Luis Morante es poeta y autor de la antología Ahora que es tarde (La Garúa, 2020).

 

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