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Estados Unidos y China, un mismo sistema

  • Es un acierto del último ensayo de Branko Milanovic el nombrar sin ambages como capitalismo la estructura que domina en ambos países
  • Porque en cuanto a la desigualdad social el autor concluye que en ambos lugares las rentas del capital y la desigualdad del patrimonio transitan por parejas sendas

Publicada el 21/05/2021 a las 06:00

Capitalismo, nada más
El futuro del sistema que domina el mundo

Branco Milanovic
Taurus
Barcelona
2020

Es, sin duda, un acierto del último ensayo de Branko Milanovic el nombrar sin ambages como capitalismo el sistema económico que domina tanto en los Estados Unidos como en China. Lo que otros llamamos, por eso, Chimérica. Pero tengo serias dudas de que el calificativo de “liberal” para el primero y de “político” para el segundo sea clarificador. A ello dedica dos capítulos centrales de su ensayo. Veamos sus argumentos.

El capitalismo meritocrático liberal (Estados Unidos)

El calificativo de capitalismo liberal para los Estados Unidos de hoy día lo contrapone a un capitalismo clásico (antes de 1914) y a otro socialdemócrata (1950-1980), aunque él mismo reconoce (p. 25) que quizás haya mutado en los últimos treinta años en ser a cada paso menos liberal y más meritocrático. Lo que se pone de manifiesto en el incremento de la desigualdad social en aquel país (algo en lo que el autor es un analista excepcional) y en las crecientes dificultades para implementar políticas económicas destinadas a reducirla (p. 32 y 50).

Esto así, llama la atención que el calificativo de neoliberal sea evitado por el autor. Llegando incluso a calificar de liberal el programa global conocido como Consenso de Washington (p. 93) y nombrando tal cosa como exportación de un capitalismo liberal (p. 138).

También es dudoso lo de meritocrático, pues, como él mismo demuestra, el factor hereditario (de capital material y de estudios exclusivos) y endogámico de las élites económicas y políticas en Estados Unidos conforma más bien una plutocracia, un término que solo usa excepcionalmente asociado al capitalismo liberal (p. 161). Tanto más cuanto que él mismo concluye con que, más allá liberal y de pluripartidismo, aquél país transita hacia una posdemocracia en la que “los ricos ejercen una influencia desproporcionada sobre la política” (p. 74). Blanco y en botella.

Por todo ello creo que su análisis quedaría mejor resumido titulando este capítulo sobre Estados Unidos como: capitalismo plutocrático y neoliberal. Si así lo hiciese sus propuestas de “capitalismo igualitario” (p. 62) en una fase de hiperglobalización, como él mismo caracteriza, podrían ir algo más allá de hacernos a todos micro capitalistas y de una difusa igualdad de oportunidades educativas. Y evitar concluir con aquello de “there is not alternative” (p. 225). La TINA de la neoliberal Tatcher.

Algo que quizás solo sería posible si su análisis no descansase en la distribución (desigualdad) y lo hiciese también sobre como embridar la producción posfordista en una globalización chimericana. Y a ello vamos. Con el síndrome de China hemos topado, amigo Branko.

El capitalismo político (China)

No seré yo quien discuta el calificativo de capitalismo para la China actual (ver aquí), pero me parece poco clarificador lo de “político”. El autor lo explica como sistema de partido único frente al pluripartidista modelo capitalista norteamericano.

Claro que en ambos casos lo sustantivo es quién controla la agenda del Estado. Pues si en Estados Unidos lo hace una plutocracia que conforma una posdemocracia liberal abduciendo a dos partidos, la diferencia radica en que en China es otra plutocracia la que domina un solo partido. Ambas ponen al Estado al servicio del capitalismo.

Como observó Kissinger, gran artífice chimericano, estaríamos ante la emergencia de “una nueva clase de mandarines” burocrático-tecnocráticos tanto en Estados Unidos como en los países comunistas. Si en un lado del Pacífico los capitalistas tomaron el mando del Estado (p. 140), en el otro lado los altos cuadros del partido que controla el Estado mutaron en capitalistas, eso sí, con carnet del partido único.

Sin duda esta plutocracia puede ser más eficiente para ser neoliberal sin ataduras (como les vendió en Pekín el apóstol Milton Friedman, que el autor no cita) y detraer recursos de las políticas redistributivas hacia la inversión pública y privada que favorezca el crecimiento económico al máximo.

Es este un éxito relativo de la variante plutocrática neoliberal china si se concede que el crecimiento, sin desarrollo social, es lo único que importa. Pero es esta una confusión en la que no debiera incurrir uno de los máximos expertos mundiales en el estudio de la desigualdad social.

Y ahí se acaban las diferencias. Porque en cuanto a la desigualdad social el autor concluye que tanto en China como en Estados Unidos se va por el mal camino (p. 126), que en ambos lugares las rentas del capital y la desigualdad del patrimonio transitan por parejas sendas (p. 128-129). O porque la corrupción galopante en la plutocracia monopartido china tienen poco que envidiar a la multipartido italiana o a la del capitalismo de amiguetes español. Cierto: “debemos ver la corrupción en los dos tipos de capitalismo” (p. 161).

La plutocracia capitalista china también está pulverizando otra asimetría que Milanovic pone en el debe de los Partidos Comunistas: su incapacidad para enfrentar las revoluciones tecnológicas más recientes. Pues en lo que respecta, por ejemplo, a la inteligencia artificial y el big data hoy en China —como en Estados Unidos— el complejo militar-industrial es consciente de que se juegan la seguridad interna y externa de no contar con esta soberanía tecnológica. Y, como poco, están igualando la partida (Huawei-Google).

Llama la atención que en el capítulo que nuestro autor dedica a China este asunto no se nombre. Siendo tanto o más importante que la indudable superioridad inversora en infraestructuras físicas de un plutocrático Estado chino al servicio del máximo crecimiento económico capitalista.

Por último, y no lo menos importante, en mi opinión el análisis del capitalismo chimericano no puede ser completo solo desde el lado poco virtuoso de la distribución del ingreso, dejando a un lado las actuales formas posfordistas de generación global del mismo. Y, sobre todo, para un experto mundial en desigualdad social no es de recibo que equipare el objetivo del crecimiento económico y el de desarrollo social. Son dos asuntos distintos, por más que a la plutocracia capitalista chimericana no le moleste que se confundan. Incluso para justificar menos democracia social a cambio de más consumismo individual.

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Albino Prada es ensayista e investigador de ECOBAS.

 

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