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El rincón de los lectores

Poetas de culto, de tierra y mar

  • Reseñamos las poesías completas de Eugenio Montejo, que es en sí mismo una literatura, y el libro más reciente de Fermín Herrero, un autor más admirado que conocido
  • El novísimo Antonio Martínez Sarrión, fallecido en septiembre, escribió Horizonte desde la rada en la mitad de su vida

Publicada el 01/10/2021 a las 06:00

El venezolano Eugenio Montejo, uno de esos autores que constituyen por sí mismos toda una literatura, desembarca en España de la mano de la editorial Pre-Textos. De momento, ha llegado su obra poética, que es la que más nos interesa en este apartado. También llega En la tierra desolada, el libro más reciente de Fermín Herrero, un autor de culto entre aquellos degustadores de poesía que prefieren la austeridad del campo al bullicio de las redes sociales. Por otro camino, el de los premios, en este caso el Leonor, asoma Humo de té, el último poemario de Verónica Aranda. Cierra el resumen del mes un libro descatalogado, pero contenido en las antologías posteriores del autor: Horizonte desde la rada (1983). Con él, rendimos homenaje a Antonio Martínez Sarrión, que ha fallecido en Madrid este septiembre. También nos ha dejado el sevillano Aquilino Duque.

Obra completa 1. Poesía
Eugenio Montejo
Pre-Textos
Valencia
2021

«Me sostiene el asombro de estar vivo / y el misterioso acecho de mi duende».

Las obras completas de cualquier poeta, de los mejores poetas, siempre contienen mucha más hojarasca que brillo, por mucho que las perlas compongan una literatura completa como la de Borges o como la de Neruda. El venezolano Eugenio Montejo (Caracas, 1938-Valencia de Venezuela, 2004) puede resultar tan inagotable que uno lo está releyendo desde el momento mismo en que emprendió su lectura. La editorial valenciana Pre-Textos, que ya había adelantado algunos poemarios exentos suyos, se propone recuperar sus obras completas, que empiezan con este primer volumen, dedicado a su poesía.

Por momentos parece que hemos abierto el arcón de Pessoa, lleno de sorpresas que nos hablan, con la voz de los gallos ventrílocuos, desde el pasado de Eugenio Montejo: «Mi paisaje es el último grito / ya muy lejos, de un gallo / que se borró de estas sordas madrugadas». Es la naturaleza la que regala el primer turbión de los versos: «algunas de nuestras palabras / las inventan los ríos, las nubes». Luego, poco a poco, Montejo va parando ese torrente, domando su discurrir «y es solo su voz lo que defiende, / porque en el tiempo no es un pájaro / sino un rayo en la noche de su especie, / una persecución sin tregua de la vida / para que el canto permanezca».

Entre las constantes en la obra de Montejo, hay algunas que son tan enormes como la decepción de Dios: «la oscuridad de Dios nunca deja ver nada claro»; «para que Dios exista un poco más / ―a pesar de sí mismo― los poetas / guardan el canto de la tierra...». También está el amor, que tiene una dimensión carnal: «no es de nosotros el amor, es de los cuerpos / que se desnudan en su música táctil / y aquí nos dejan abandonados». Más adelante, «adiós a quien yo fui / cuando la amaba». Otro tema es el paso inmisericorde del tiempo: «la edad me ha hecho liviano»; «muero lo que puedo. Pero no me adelanto». Tras nosotros «no quedará nada de nadie ni de nada / sino el tiempo tras sí mismo dando vueltas».

En la tierra desolada
Fermín Herrero
Hiperión
Madrid
2021

«Qué ingenuo, creías estar / nombrando al mundo. Pero cómo temblaba el agua».

El soriano Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, 1963) ha ganado premios importantes, entre ellos el nacional de la Crítica en 2016 y se ha granjeado un merecido prestigio, sobre todo en su tierra castellana. Viene de dar a la imprenta En la tierra desolada, en su editorial de siempre, Hiperión. También el poeta sigue siendo el mismo: yendo a lo suyo con humildad, como si no pasara nada, en su universo rural, con sus poemas sin título que se vertebran en versos que encabalgan zigzagueantes unos en otros y se rompen como si la sintaxis importara menos que el ritmo, que al fin y al cabo lo rige el propio mundo con sus leyes secretas. Porque se trata de eso, de observar, de vivir, de aceptar: «Y la hermosura, tanta, cómo declina / o se pierde, o escapa simplemente / en nuestra ofuscación. Pero está y no cabe / interpretarla y mucho menos apropiársela / ni buscar lo absoluto. Debo / dejar constancia aunque no sepa de qué. Las cabezas / de trigo, cuando granan, se inclinan».

Defiende Fermín Herrero que para desempeñar bien cualquier oficio es mejor no pensarlo o fingir que no lo piensas. Eso asegura que hacían los campaneros: ocultaban las claves de su oficio y a la vez trabajaban como si las ignorasen «por respeto al misterio». El oficio de poeta se presta al mismo guiño; Herrero recuerda que «Antes / de la pandemia, mis poemas sonaban ya, en aquel / salón de actos, a calderilla, a rumor solitario».

Y no obstante los poemas de Fermín Herrero amplifican lo que (como hubiera defendido Antonio Machado) tiene más valor que precio: nos acercan el croar de las ranas que acallan al río mientras la noche avanza, al «agua finísima / que rezuman las rocas, en las fuentes / que nacen cerca de las raíces», donde llega aplacada, «remota la confusión / del mundo, su tragedia». Con la misma discreción, Herrero nos ayuda a entender que para disfrutar de esos prodigios es necesario comulgar con ellos, dejarse ir en ellos, porque, como el conde Arnaldos, el agua del arroyo solo dice su canción al que con ella va. La poesía de Herrero, como la naturaleza, te lleva si dejas que te embarque: «He visto amanecer. La calma y la alegría / de los pájaros, junio, las estrellas / en el frescor de la alborada».

Humo de té
Verónica Aranda
Diputación de Soria
Soria
2021

«En azoteas altas / era la desnudez / un mediodía alegre».

A pesar de la juventud de Verónica Aranda (Madrid, 1982), Humo de té es su decimocuarto libro, lo que demuestra que escribe mucho y que vive mucho para lo que escribe. Al fin y al cabo sus poemas suelen ser breves, sensuales, sugerentes, marcados por una luz intensa y por un toque exótico, que en este, su más reciente libro, recoge a la vez aroma del té y fascinación del paisaje marino: «Y frente al mar, / la hipnosis».

El esquema más habitual que sigue es partir de una anécdota, que suele proporcionar la luz reinante, y en la segunda estrofa liberar las sugerencias, los símbolos: «¿En qué trigal se esconde / el mapa de un fortín que ya no existe, / el pliego de cordel, / el cofre que al abrirlo / huele a ámbar?». Evocaciones de presencias pasadas, que de algún modo siguen vivas en el ámbito de una sala o de un paisaje, y que la sensibilidad y las palabras recogen como telas que se empapan con el rocío del amanecer: «Alguien en el envés / de un almanaque antiguo, / leerá la nota de un suicida».

El presente está compuesto de lo visible, pero también de lo invisible: «Busca la ausencia fértil / tras el primer granizo». Cuanta mayor es la amplitud de la mirada, mayor es el espacio intermedio y más crecen las posibilidades de captar esa vibración, que puede ser también un sonido, como el rumor de un río: «el discurrir del agua / no arrastra limoneros / ni barcas de bambú». Porque Aranda no descarta ninguno de los sentidos para alcanzar lo sutil, que pueden ser unas miradas cómplices allá a lo lejos: «Miro a las barqueras a los ojos. / Una aldea flotante del Mekong. / Amores a distancia».

Y entre los sentidos, a la manera del haiku, del que es buena practicante, Verónica Aranda, prioriza la vista, pero también el tacto, que acoge las caricias del sol y del agua: «Nadas, te reconcilias / con el trigo, el hinojo, / los barcos de recreo, / el deseo pegado al paladar / y las heridas de un héroe / que sacan en volandas». Como la misma Aranda aclara, «la distancia / también es reescritura».

Horizonte desde la rada
Antonio Martínez Sarrión
Trieste
Madrid
2021

«Pero el miedo a la muerte, / al escándalo sumo del mundo sin nosotros, / rebajaba sin duda escarpaduras, / torreones airados, / muros de las lamentaciones inauditos».

Antonio Martínez Sarrión, uno de los poetas Novísimos de Castellet ―uno de los sénior del combo―, nos ha dejado este mes de septiembre. Era de Albacete (1939) y, como suele ocurrirnos a la gente de secano, el mar le tiraba de los versos. El ejemplo más elocuente es el título de uno de sus libros, Una tromba para los balleneros, que contiene a la vez su atracción marina y su voz atronadora. Aunque si tengo que elegir un poemario suyo para rendirle homenaje, aunque sea un libro descatalogado, me quedo con Horizonte desde la rada (1983), que publicó en la mitad de su vida.

Este libro supone un remanso en la trayectoria de Sarrión, en su barroquismo culturalista, que le servía para ocultar con piruetas su fragilidad sentimental. Y no es que abandonara aquí el bronco afán con que afrontaba la escritura: «Si el poema no surge / con el casco y la lanza de Minerva― / es decir, guerreando / y con clara cabeza― / ¿no tendrá por destino / el del hielo del vaso, / el de las toneladas / de siniestras colillas / que hay que bajar de noche y en sigilo, / resistiendo el impulso de arrojarse con ellas, / al honrado camión de la inmundicia?».

Hay sin embargo en Horizonte... una transparencia mayor de las anécdotas, una mayor cercanía con la vida, con el hijo («¿Qué esperas, amoroso, tú de mí / sino que balbucee, que procure atraerme / tu atención que se inicia?»). Hay una cercanía con el amor y con el erotismo («tu desnudo, acechando en el pasillo / que el crepúsculo incendia y mis labios enfrían»).

En Horizonte desde la rada, Sarrión baja la guardia y acepta que la juventud ya pasó («de todo aquel delirio, solo bombillas rotas»), rinde homenaje a compañeros de viaje como Gabino Alejandro Carriedo o Ismael Belmonte, y muestra sin tapujos la desazón que siente ante el atardecer («me fatiga el crepúsculo, me hiela / su decaída luz, sus pajes grises»), reconoce el spleen, el insomnio, el pavor insoportable, pesadillesco, ante la muerte: «aguantarás la oscura acometida / de la yegua en la noche». Sarrión enarbola sin tapujos su conciencia social y ecologista: «renovaremos, solos, y con poca esperanza, / mas con la voz aún firme, / el pacto con la tierra...».

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Arturo Tendero es periodista y poeta. Su último libro es La hora más peligrosa del día (La Siesta del Lobo, 2021). Estas reseñas y otras más de poesía pueden encontrarse en su blog El mundanal ruido.

 

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