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Crisis de los refugiados

En primera línea de la solidaridad: voluntarios españoles en Grecia

  • Frente a una Europa cicatera, mezquina e insolidaria, a cuya cabeza se coloca España, que solo ha admitido hasta la fecha el 11% de la cuota asignada, los voluntarios representan la cara más esperanzadora de esta crisis
  • Son quienes actúan, quienes ejercen la solidaridad, el mejor antídoto contra el miedo a perder sus privilegios que los egoístas países ricos están exhibiendo sin pudor

Lola López Mondéjar Publicada 05/01/2018 a las 06:00 Actualizada 04/01/2018 a las 19:30    
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Grupo de voluntarios españoles en Atenas, el 29 de diciembre 2017.

Grupo de voluntarios españoles en Atenas, el 29 de diciembre 2017.

PATRICIO HERNÁNDEZ PÉREZ
Sami  Nair, en su libro, Refugiados[1], califica la respuesta que Europa está dando a la llamada crisis de los refugiados, particularmente a partir del acuerdo UE-Turquía, que externaliza las fronteras y priva de derechos a quienes huyen de la guerra y de la miseria, como la Gran Indignidad. Nair advierte que la extensión del término migrante o inmigrante restringe el concepto de refugiado que, desde la Convención de Ginebra de 1951[2], garantiza el derecho de asilo y de protección especial a quienes huyen de países no seguros, derecho que impide su repatriación a los respectivos países de origen. Con el cambio terminológico se desprotege ahora a quienes huyen de la guerra y de la muerte, privándoles de refugio y de dignidad.

Sin embargo, frente a una Europa cicatera, mezquina e insolidaria, a cuya cabeza se coloca España, que solo ha admitido hasta la fecha el 11% de la cuota asignada; una Europa que se encastilla tras vallas y concertinas en un vergonzoso ejercicio institucional de temerosa y feroz aporofobia —como define Adela Cortina[3] el rechazo al pobre—, los voluntarios representan la cara más esperanzadora de esta crisis. Son quienes actúan, quienes ejercen la solidaridad, el mejor antídoto contra el miedo a perder sus privilegios que los egoístas países ricos están exhibiendo sin pudor.

El perfil tipo del voluntario en España es el de una mujer menor de 24 años, con estudios universitarios, sin cargas familiares y con un estatus económico alto, según datos del informe 2016 presentado por el Observatorio de la Plataforma del Voluntariado (PVE). El estatus económico alto se explica porque, no lo olvidemos, los voluntarios sufragan íntegramente los gastos de su trabajo solidario: viaje, alojamiento y comida. Solo en casos excepcionales las organizaciones no gubernamentales que los acogen les ofrecen techo y una comida al día.

Pero, ¿quiénes son estos jóvenes que donan así su tiempo y su dinero?, ¿qué les mueve a esa generosidad?

Apenas manifesté mi interés en viajar a Atenas, una agilísima red de solidaridad me proporcionó los primeros contactos en la ciudad. El primer eslabón fue Teresa Fuentes, cofundadora de la Asociación de amigos de Ritsona, un campo de refugiados situado a una hora en coche de Atenas. Teresa es sindicalista, y emplea su tiempo libre en la organización de charlas de difusión sobre los refugiados y en recaudar fondos para ellos, que entrega a diferentes ONG que trabajan en Grecia para que lleven adelante sus proyectos.

Se trata de una red generosa y sin burocracia alguna, sin horarios ni días festivos, donde impera la confianza mutua y la colaboración. Gracias a ese tejido solidario hemos conocido a decenas de voluntarios que trabajan tanto en Grecia como en asociaciones de apoyo españolas, y fue a través de ellos como intentamos responder a estas preguntas.

— El umbral de empatía define a los voluntarios —nos apunta Teresa Sancho—. Muchos jóvenes temen lo diferente y desarrollan actitudes xenófobas o islamófobas. Atribuyen a los refugiados la culpa de su situación, o ignoran los motivos globales que exponen a poblaciones enteras al éxodo y al abandono de la vida en sus países de origen —concluye.

Mientras la mayoría de la población siente rechazo al pobre, y se defiende de ese miedo alejándose de él, el 9,3% de los ciudadanos españoles dedican parte de su tiempo a la ayuda social, empatizan con el dolor ajeno, se ponen en el lugar del desfavorecido y reconocen su situación de privilegio para ponerse al servicio de los demás. Una actitud contracorriente que merece nuestra atención.

El pan sagrado

Alfonso Herreros, un joven valenciano de 31 años, recorría en bici Europa cuando en la frontera entre Serbia, Macedonia y Kosovo se encontró con una enorme cola de personas esperando entrar en no sabía qué sitio. Lo que sí observó fue que la entrada de ese lugar estaba custodiada por militares con máscaras. Hasta ese momento de su viaje los refugiados habían sido nombrados casi como una amenaza.

— Durante mi recorrido había oído muchas veces: No vayas a Hungría que hay refugiados, no pases por ahí, te robarán.

Pero él viajaba en dirección contraria a la marea humana que huía de la miseria y de la guerra y no pudo dejar de observar el tratamiento de favor que recibía por ser europeo, y el que daban a “los otros”.

El encuentro con esa dualidad cambió su vida. Alfonso es payaso y creó para ellos una obra. Se puso en contacto con otros voluntarios y la representó en Italia y en Grecia, donde permaneció ocho meses colaborando en distintos campos.

Un día, en Katsikas, un campo cercano a la ciudad de Ioannina, en el norte de Grecia, cuando enseñaba junto a otros compañeros el sistema de higiene y de recogida de basura, se dieron cuenta de que los refugiados dejaban los restos de pan en bolsas aparte, al lado de los contenedores.

— Después de muchas reuniones con Acnur y con Oxfam, en aquel momento responsables de la higiene del campo, y de comprobar que sus tareas burocráticas podrían demorar hasta varios meses la solución, me dediqué a preguntar a los refugiados por qué dejaban el pan fuera. No tardaron mucho tiempo en explicarme que para ellos, de mayoría musulmana, el hecho de tirar el pan es Haram, pecado, y, por lo tanto, el pan no se puede tirar en el mismo contenedor donde se deposita el resto de la comida.

La situación era insostenible: centenares de bolsas llenas de pan se amontonaban junto al vallado del campo; mosquitos, pequeños roedores y otros animales encontraban en estos desechos una fuente de alimentación y proliferaban a su alrededor, perjudicando a los residentes. Una semana después, con la ayuda de otros voluntarios, encontraron una granja local que accedía a llevarse el pan no consumido para alimentar a sus animales. Esa misma semana se construyeron unos contenedores para uso exclusivo de pan; contenedores que cada noche se vaciaban y se entregaban al granjero.

— Erradicar los desperdicios orgánicos mejoró mucho las condiciones de salubridad y redujo significativamente la población de mosquitos en el campo.

También trabajó en Katsikas Teresa Sancho, de Murcia, a quien ya citamos más arriba. Cinco años más joven que Alfonso, estudió Derecho, y ya había aprobado el primer examen de una oposición cuando decidió irse a Grecia de voluntaria. Desde pequeña, Teresa había sufrido con las imágenes que sobre los más desfavorecidos emitía la televisión. Desde pequeña, como le sucedía a Teresa de Jesús, le pedía a su madre permiso para irse a África; permiso que, obviamente, no se le concedía. Hasta que fue independiente y la realidad de los más desfavorecidos, que la perseguía en forma de pesadillas, estuvo aquí cerca, en la misma Unión Europea.

Se marchó para un mes y se quedó seis en Grecia, abandonando la oposición. Tras la experiencia regresó a su ciudad para realizar una tesis sobre la legislación que afecta a los refugiados, una legislación que les va despojando poco a poco de derechos.

— Estando en Grecia realizaba un servicio de acompañamiento hospitalario ayudando a las personas en los momentos más sensibles, cuando falla la salud propia o la de un ser querido. En ese contexto se hace más evidente su vulnerabilidad: cuando el hospital no tiene traductores que puedan explicarle al enfermo o a la enferma qué es lo que le pasa y para qué es el tratamiento que le administran, cuando no hay quien explique cómo curar una herida de cesárea y esta se acaba infectando, cuando tardan más en llegar los papeles para la reagrupación familiar que la muerte por la enfermedad, cuando pesa más la burocracia que la salud

A Teresa le preocupa que la dieta que los refugiados reciben en los campos de acogida, que se convierten en sus lugares de residencia durante unos años, no contemple las necesidades de los niños ni de los ancianos.

— La mayoría de los niños, me dijo la doctora de un campo, sufren de hematuria; orinan sangre porque la dieta contiene un exceso de calcio, al estar pensada para adultos.

Con Laila Ben Chaouat El Fassi, nos encontramos en el barrio de Exarchia, en Atenas, una zona controlada por la izquierda ateniense y por los anarquistas, donde se agrupan seis de los nueve Squats que existen en la ciudad. Se trata de edificios públicos abandonados, ocupados por grupos autogestionados de voluntarios, que alojan a cientos de familias refugiadas sin exigirles ningún tipo de registro de entrada.

Laila tiene treinta y un años, es española de origen marroquí, y estudió Traducción e interpretación en Granada. Durante un intercambio de estudios con Jordania asistió a los primeros estallidos de la Primavera Árabe. Poco después, cuando se propuso volver a Siria en un programa de Erasmus mundus, estalló la guerra y tuvo que cambiar su destino por Beirut (Líbano), donde asistió a la llegada de los primeros sirios que huían de su país.

— Eran sobre todo estudiantes jóvenes que iban a ser reclutados. Luego llegaron familias enteras que dormían debajo de los puentes —recuerda.

La experiencia la marcó y, tanto cuando regresó a Granada para especializarse como traductora intérprete jurada de árabe, como durante su posterior estancia en Londres para perfeccionar su inglés, siguió las noticias sobre Siria. Por fin pudo viajar a Atenas, donde el éxodo se hacía cada día más patente. Visitó Pireos, un campo no oficial en el que, en 2015, se hacinaban en condiciones infrahumanas los refugiados sirios.

— Las grandes ONG se marchaban de allí a las cinco de la tarde, pero los voluntarios independientes llegados de diferentes países dormíamos con ellos, atendíamos las necesidades que surgían a cualquier hora de la noche, compartíamos sus mismas condiciones.

Laila llegó a Grecia para un mes y lleva aquí dos años. Tras el inexcusable acuerdo de la UE con Turquía en marzo de 2016, Pireos fue desalojado en julio del mismo año, se prometió que no se marcharía de Atenas hasta que todas las familias que había conocido en el campo no estuviesen reubicadas. En enero de 2018 se marcharán las últimas, y Laila quiere viajar entonces a las islas, Lesbos y Quíos. Mientras tanto, para sobrevivir, traduce del árabe y del dialecto sirio que ha aprendido con ellos.

Laila, junto a otras activistas independientes españolas, ha fundado Holes in the borders, una asociación con dos sedes: Madrid, que se encarga de la incidencia y de campañas puntuales de recaudación, y Atenas, que desarrolla dos programas en convenio de colaboración con Acció Solidaria mediterránea: la primera es la llamada Alternativa habitacional, que proporciona un techo a jóvenes no acompañados, sin restricción de nacionalidades y “en situación de calle”; jóvenes a quienes ofrecen una dieta sana y equilibrada y una rutina diaria (clases de inglés, actividades deportivas y talleres de fotografía), realizando también un seguimiento legal y sanitario personalizado que les ayuda a su integración socio laboral.

Y el Billete solidario, su segundo programa, que surge de la necesidad de pagar los vuelos a los familiares que, a través del programa de reunificación o reagrupación, viajan a un país europeo para reunirse con sus hijos, padres, abuelos o hermanos. Una vez conseguido el permiso de reagrupación, el pago del billete ha de ser satisfecho en unas veinticuatro horas, y ningún gobierno europeo se hace responsable de cubrirlo cuando los afectados carecen de medios.

— ¿Tu vida? —le preguntamos.
Mi vida está paralizada.

Reencuentro con el mar

Mientras que muchos voluntarios aún tienen por delante definir su futuro personal, cada día más difícil para los jóvenes de su generación, otros como Diego Velasco tienen su vida resuelta. Diego es bombero y padre de dos niñas. Miembro de la ONG Aire (Asociación integral de rescate en emergencias), que tuvo protagonismo en Grecia durante los primeros años de la crisis y que ahora se ha desplazado a escenarios aún más desfavorecidos, como la nueva ruta de los refugiados a Europa por Ventimiglia. El próximo diez de enero, Diego parte hacia los campamentos saharauis de Tinduf.

— Vivo en un municipio que se llama Oleiros y en el que, desde que tengo uso de razón, se ha luchado por los derechos de la gente. Desde los movimientos vecinales hemos reivindicado la defensa de los derechos humanos, luchando contra las injusticias sociales en los países más desfavorecidos, o a favor del medio ambiente… y en estas iniciativas mi familia siempre participaba activamente. Quizás fuese mi profesión de bombero la que me impulsó a ir al rescate de los refugiados en el Mediterráneo, donde muchos se estaban ahogando, o en las orillas de las playas… hasta que una ley europea truncó nuestro intento de ser útiles en el mar, y pasamos a ser más necesarios en los campamentos de personas en busca de refugio.

Diego tiene muy claro a favor de qué sociedad lucha.

— Siempre he pensado que el mundo es de las personas que lo habitan, independientemente del lugar donde se haya nacido, y que nosotros tenemos mucha suerte de vivir en un sitio donde prácticamente todos tenemos cubiertas nuestras necesidades básicas. Aunque parezca mentira, cuando hablas con las personas que buscan refugio, escapando del horror, la barbarie y el hambre, te das cuenta de que hace solo cuatro o cinco años sus países eran tanto o más prósperos que muchos países europeos.

Cuando le pregunto qué episodio de su experiencia solidaria recuerda con más agrado, nos cuenta:

— Fue una actividad de “Reencuentro con el mar” que realizamos con más de ochocientas personas refugiadas… La cara que ponían cuando tocaban otra vez el agua de ese mar que intentó tragarse a muchos… Gritaban y disfrutaban como si no lo hubiesen visto nunca. Fue maravilloso.

Entre los voluntarios que trabajan estas fiestas en Grecia encontramos jóvenes de todas las nacionalidades: Inglaterra, Holanda, Canadá, EEUU; apenas hay italianos, que acuden a las necesidades de los refugiados de su propio país; ni franceses, una misteriosa ausencia que sería interesante investigar. Pero por encima de todos ellos, por número y por dedicación (son afirmaciones del representante de comunicación de Acnur, Boris Chershirkov, a quien entrevistamos), la generosidad de los españoles no encontró parangón desde el comienzo de la crisis en 2015.

En la recepción del mítico hotel City Plaza, hoy ocupado y convertido en centro autogestionado de refugiados, nos recibe María Asensio, periodista de veintiséis años que hace dos ya trabajó en Lampedusa con menores no acompañados. En Plaza trabajan hasta cuarenta voluntarios, que colaboran en su mantenimiento con los cuatrocientos refugiados que alberga el antiguo hotel. María asegura que ellos son su familia, y que todavía no sabe qué decidirá cuando regrese a principios de año a Madrid para pensar en su futuro.

Gorka y Gemma, una joven pareja catalana, de veintinueve y veintiséis años respectivamente, están convencidos de que la larga tradición de ayuda y solidaridad de Cataluña tiene que ver con los esplai, una extensa red de grupos de jóvenes que forman a otros más jóvenes que ellos, dedicándoles cada sábado unas horas de su tiempo en actividades lúdicas que incluyen la formación en valores. Ellos pasaron su infancia en los mismos esplai de los que fueron monitores después, y ahora colaboran durante sus vacaciones navideñas en el Victoria Social Centre que SOS Refugiados sostiene en Atenas.

De Málaga procede Daniel Llavero, profesor de Matemáticas de cuarenta y dos años dispuesto a echar una mano allí donde se necesite. Del País Vasco llegó Bea, cocinera, junto a sus compañeros de Zaporeak (sabores, en vasco), asociación gastronómica convertida en ONG que cocina para otras organizaciones ubicadas en Atenas y en el puerto de Patrás. Javier Andreo es un joven neurólogo de Murcia que pasa consulta en diferentes Squats, medica los trastornos que le llegan con el escaso abanico farmacológico de que dispone y deriva a los hospitales los casos más graves. Noam Harris, británico de treinta y dos años, trabaja desde septiembre en Khora, una ONG de referencia, donde ahora desarrolla labores administrativas; Clara Irvine es cofundadora de Velos Yough, organización que se ocupa de mejorar las condiciones de los menores no acompañados que deambulan por Atenas; Gaz, Ryan, Ivonne, S.C. y tantos otros prestan su ayuda en diferentes Squats y ONG distribuidas por el país y en las islas.

Durante algunos años, o en periodos vacacionales o de excedencia, todos contribuyen con sus iniciativas a que los enormes agujeros que deja la intervención estatal sean menos dolorosos para quienes más desprotegidos están.

Para algunos es su primera experiencia como activistas independientes o como voluntarios, para otros un episodio más en su entrega solidaria. Ninguno teoriza, nadie tiene la fórmula mágica para resolver lo que está pasando, pero todos comparten la convicción de que la solidaridad es una respuesta digna contra esa Gran Indignidad de la que habla Sami Nair. La única respuesta urgente que como seres humanos individuales pueden ofrecer frente al dolor y la injusticia.
 
[1] Naïr, Sami, Refugiados. Frente a la catástrofe humanitaria, una solución real, Crítica, Barcelona, 2016.
[2] Moraes, Natalia; Romero, Héctor (coords), La crisis de los refugiados y los deberes de Europa, Catarata, Madrid, 2016.
[3] Cortina, Adela, Aporafobia, el rechazo al pobre. Un desafío a la democracia, Paídós, Barcelona, 2017.
______________

*Lola López Mondéjar es escritora. Su último libro, 'Cada noche, cada noche' (Siruela, 2016).


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