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Plaza Pública

Rumbo a las presidenciales en Argentina: neoliberalismo o democracia social

Publicada el 11/08/2019 a las 06:00 Actualizada el 10/08/2019 a las 12:14
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Las elecciones de este domingo en Argentina son políticamente decisivas pero formalmente no definitorias. No son presidenciales sino Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), un sistema ideado en 2009 para dotar al sistema de partidos ­–debilitado con la crisis de 2001— de solidez a través de la participación ciudadana. De ellas no saldrá el próximo presidente, sino los partidos que competirán el 27 de octubre (los que superen el 1,5% de los votos). Deberían definirse también los candidatos de cada formación, pero eso no ocurrirá porque todos los espacios ya han decidido su fórmula presidencial sorteando las “internas abiertas”. Este domingo se dará la encuesta soñada por la demoscopia, la que incluye al padrón completo.

El triunfo se lo disputan la alianza oficialista Juntos por el Cambio, que postula al actual presidente Mauricio Macri, ganador en 2015, y el Frente de Todos, cuya fórmula es Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner, su líder real, que se postula a vicepresidenta. El resultado de los otros ocho partidos será importante sobre todo de cara a un posible balotaje, que se celebraría el 24 de noviembre si ningún partido obtiene el 27 octubre el 45% de los votos o más del 40% con diez puntos de diferencia sobre el segundo. En un panorama polarizado, pero en el que ambos espacios buscan “el centro”, lo más probable es un triunfo del Frente de Todos, tanto en las PASO como en octubre. Como en 2015, el macrismo apuesta a ganar en el balotaje reuniendo el voto anti-kirchnerista. Por eso incluso un triunfo contundente de Fernández podría tener un efecto bumerán. El resultado final es incierto.

Lo que está en juego en este ciclo electoral que comienza este domingo y culmina en las presidenciales es la voluntad de construcción de una democracia social. Tras la experiencia kirchnerista iniciada en 2003, el macrismo se presentó en 2015 prometiendo continuidad “en lo bueno” y cambio “en lo malo”. Traducido a esa derecha post-dictadura y “moderna” que el macrismo trató de ofrecer, eso significaba mantenimiento de las políticas sociales inclusivas del kirchnerismo, atenuadas con más “meritocracia” de mercado, y cambio profundo en lo político, o sea, disminución del liderazgo presidencialista de Cristina Fernández de Kirchner, mayor horizontalidad (“somos un equipo”) y tolerancia con el que piensa diferente: lo que los sectores tradicionalmente no peronistas llaman en Argentina “vigencia de la República”.

Pero el gobierno macrista ni continuó lo bueno, ni cambió lo que entendió como malo. Estropeó todo. La ya débil cohesión social sufrió un duro varapalo merced a tarifazos, aumento de la inflación, del desempleo, recorte de las jubilaciones, concentración económica, caída de los salarios y reducción de impuestos a las minorías más ricas. E hizo algo todavía más grave: estigmatizó a los sectores populares como una carga para la comunidad, como parásitos y vagos que viven de un Estado construido por el peronismo para beneficio de sus dirigentes, demagogos y corruptos que reproducen la pobreza para tener clientes políticos. Un dato inolvidable: el gobierno macrista se estrenó reprimiendo extemporánea y brutalmente una protesta de trabajadores de una empresa privada. Allí se anunciaba todo el fracaso del “liberalismo progresista” que el macrismo prometía.

Tampoco el macrismo fue republicano, ni siquiera liberal, en el manejo del poder político. Bastan algunos ejemplos. Utilizó la Justicia con fines políticos mediante el apresamiento de líderes sociales (Milagro Sala) y la persecución de opositores. Dañó el Estado de Derecho legitimando la represión ilegal (casos Maldonado y Nahuel; recepción y elogio presidencial del policía Luis Chocobar tras disparar por la espalda a un ladrón, causándole la muerte) y manipulando la difusión del resultado de las PASO de la Provincia de Buenos Aires en 2017 para disimular el triunfo de Cristina Fernández de Kirchner. No respetó la libertad de prensa actuando de consuno con los medios hegemónicos (La Nación, Clarín, TN) para difundir el relato oficial de la actuación gubernamental; presionó para sacar a periodistas opositores de determinados medios (Víctor H. Morales). Ni siquiera la fuerte presencia de la figura presidencial o la polarización muchas veces gratuita de la vida política —déficits de la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner— fueron atenuadas. En cuanto a lo primero, Macri recurrió a la pedagogía ambivalente del padre castigador pero cómplice diciéndole a la sociedad cómo debía vivir para abandonar los hábitos de derroche adquiridos durante la “fiesta irresponsable” del kirchnerismo. En cuanto a lo segundo, ante la inexistencia de resultados positivos de gestión, profundizó la llamada “grieta” buscando rédito político.

El fracaso del macrismo en su terreno, el liberal-republicano, y en el más lejano de la cuestión social, coloca al Frente de Todos como fuerza que encarna la aspiración a una democracia social. Resulta llamativo que un gobierno tan impopular tenga todavía posibilidades de ser reelegido. En lo inmediato, cabe pensar que se debe al rechazo que Cristina Fernández de Kirchner y su movimiento produce todavía en muchos sectores, tal como reconoció el propio Alberto Fernández. Pero en lo profundo responde a otras tendencias.

La Argentina es por una parte un país políticamente muy vital, movido por una pasión igualitaria, en el que todos los actores se sienten legitimados y luchan para hacer valer su voluntad: los dioses de la política podrían morar allí. Pero, por otra –paradójicamente, o no tanto— es un país con un poder todavía oligarquizado. Esto se expresa en que la democracia social no ha logrado volverse indiscutible, sino que su débil vigencia ha dependido históricamente de ciclos nacional-populares como los del radicalismo yrigoyenista, el peronismo clásico y el kirchnerismo. Estos movimientos, en su necesidad de afirmación antioligárquica del pueblo como encarnación de la Nación, han tendido a debilitar por momentos la diversidad prometida por la democracia liberal. Los sectores conservadores y reaccionarios, no pocas veces también apoyados por los partidos nacional-populares o fracciones de ellos, no vivieron esa tensión dramática entre democracia liberal y afirmación popular, sino más bien tendieron a debilitar, cuando no directamente a liquidar, a ambas.

Desde 1983 la Argentina vive el período más prolongado de democracia política, logro histórico que constituye un nuevo suelo. En 2019 se verá si la democracia “política” puede convivir —como en Brasil o Paraguay— con la fáctica anulación de aspectos decisivos del Estado de Derecho, tendencia a la que podrían conducir cuatro años más de macrismo, y por otra, si continúa coexistiendo con la enorme desigualdad social que el país comenzó a generar a pasos agigantados en 1975 con el Rodrigazo (por Celestino Rodrigo, ministro de Economía de María Estela Martínez de Perón, “Isabelita”), continuada y profundizada por la dictadura (1976-1983), y consagrada por el peronista Carlos Menem en los noventa con su política neoliberal.

El triunfo del Frente de Todos no asegura per se la democracia social. Sí una voluntad ciudadana de construirla. En efecto, los sectores nacional-populares tendrán que ensayar vías de construcción institucionales de la igualdad, por ejemplo a través de un sistema impositivo progresivo, de una Seguridad Social igualitaria y de una administración burocrática profesional del Estado, temas ausentes en la campaña electoral y, en general, en esa tradición política, más volcada al poder corporativo sindical, al liderazgo personalista y/o condenada –en un contexto como el latinoamericano—a políticas públicas coyunturales.

El triunfo del Frente de Todos podría significar la afirmación de una noción profunda de la democracia como modo de vida igualitario, en lo político y en lo social, que pasa hoy por la reconstrucción de lo público y del sentido de comunidad, contra la superficial pero letal noción macrista de cuño neoliberal, según la cual las clases populares han vivido de fiesta en “los últimos setenta años” y deben seguir purgando esas culpas con un esfuerzo infinito que tiene su horizonte en el retrovisor: evitar el retorno “del populismo” que, en verdad, es para el macrismo y su alma aspiracional, el retorno de lo colectivo y popular.
_________________

Javier Franzé es profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid.
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4 Comentarios
  • Orlinda Orlinda 11/08/19 15:12

    Es llamativo que en todo el artículo el autor no haga ninguna alusión a la ingente deuda que acogota a Argentina, el mayor deudor del FMI. Supone la posibilidad de que pueda conseguir el Frente de Todos una “democracia social “, que su triunfo podría significar “la afirmación de una noción profunda de la democracia como modo de vida igualitario,..” Quedaría que nos contase someramente al menos cómo va a hacer, no ya eso, al menos aplicar algunos parches un partido que también es neoliberal y que tiene que afrontar la herencia Macri-Lagarde.

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  • ESTELLA ESTELLA 11/08/19 11:08

    Como no incluyan la lucha contra la corrupción el Frente de Todos no tendrá el apoyo suficiente para conseguir esa democracia social, la desaparición de los elementos negativos del nacional populismo es importante para no acabar como Venezuela y parecerse más a Uruguay.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 10/08/19 22:58

    Esas Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) me parecen un muy buen invento.
    Muy interesante columna.

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    • Orlinda Orlinda 11/08/19 14:47

      Te parece un buen invento. ¿Y por qué?
      A mí me parece una injerencia inadmisible del Estado en el interior de los partidos que sea obligado, que cualquiera incluso afiliado a un partido pueda votar a los candidatos de otro partido. Y un despilfarro de dinero y energías, una campaña más para la propaganda y mensajes vacíos que generará confusión donde lo que hay que elegir es bien limitado por no decir nada.

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