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Pero, ¿de qué pasta estamos hechos? Rebrotes, miedo y responsabilidad

Jesús Izquierdo Martín
Publicada el 26/09/2020 a las 06:00

Durante las últimas décadas del siglo precedente tuvo lugar un intenso debate, alojado principalmente en la ciencia política y en el mundo angloparlante, entre liberales, republicanos y comunitaristas sobre las posibles soluciones a la crisis de los bienes públicos y, más concretamente, sobre la persistencia de los valores cívicos en las democracias liberales. La discusión se centró en el recurso social que podía evitar la omnipresencia del free-rider, esto es, del gorrón que aprovecha los bienes colectivos sin aportar nada en su producción y mantenimiento, un comportamiento que ahonda las dificultades para conservar el Estado de bienestar actual. Si los liberales defendían la posibilidad de modificar la conducta depredadora del individuo egoísta a partir de la aplicación de normas –incentivos selectivos positivos y negativos-, los republicanos y comunitaristas defendían la existencia de una comunidad finalista o una comunidad constitutiva, respectivamente, que podía generar, con las condiciones precisas, subjetividades inherentemente comprometidas con lo colectivo.

Años de hegemonía del pensamiento y prácticas neoliberales, sin embargo, parecen haber relegado el debate, afianzando una noción de sociedad que se piensa como agregado de individuos interesados, para la cual el éxito o el fracaso personal dependen de las decisiones de cada uno, nunca de sus condiciones socio-históricas. El rico es un individuo exitoso; el pobre un individuo fracasado. Pero aclaremos: no es que detrás de esta concepción neoliberal no haya comunidad, como sostiene la propia teoría liberal. Está presente. Lo que ocurre es que dicha comunidad conforma sujetos sin que estos la reconozcan y, a su vez, esta misma comunidad genera comportamientos poco solidarios con lo colectivo. A fin de cuentas, ir-por-libre es un valor que recibe reconocimiento dentro de un determinado grupo. Que se lo digan a Margaret Thatcher o a Ronald Reagan. O si quieren material más específico a Friedrich von Hayek o Milton Friedman, entre otros muchos.

El pensamiento neoliberal se ha naturalizado en los últimos años hasta el punto de adquirir la pátina del sentido común: somos -nos creemos ser- individuos que se adicionan voluntariamente para formar sociedades. Sumarnos solo depende de nuestros intereses y deseos. No hay fundamentos macros, solo micro conductas, diría mi colega y amigo Leopoldo Moscoso. Nada de lenguajes comunes verbales o prácticos. Y España no escapa a esta noción “sumatoria” de lo social. Un ejemplo: nuestro comportamiento con respecto al covid-19 y los rebrotes de estos últimos meses se puede vincular al ideal individualista, pese a que no dejemos de apelar a una comunidad nacional o a una feligresía católica. En realidad, nos conducimos como si estuviéramos en una enorme comunidad de vecinos; ahora bien, somos vecinos, pero tenemos poco sentido de comunidad. Si no nos afecta un determinado asunto, pues que se fastidie el perjudicado. Es su problema. No hay demasiado sentido de responsabilidad colectiva por aquello que le ocurra a los demás.

Es una conducta que paradójicamente nos hermana y nos relaciona con el resto de lo humano tal y como lo concebimos en nuestros tiempos. En cierto sentido, esta jauría depredadora en la que nos hemos convertido procede de la moderna construcción de las clases medias, iniciada durante el desarrollismo franquista, cuando se abrió la posibilidad de reconocernos como consumistas de segunda vivienda y automóviles, mientras los españoles se apasionaban con aquellas suecas seductoras que dejaban ver sus anheladas carnes en playas multitudinarias. Los ochenta y noventa alimentaron el regusto por esa ciudadanía que pensaba más en El Corte Inglés y Galerías Preciados que en los movimientos sociales, progresivamente sofocados bajo la húmeda mancha del consumo y el disfrute. Y finalmente el siglo XXI certificó la creencia de que tener era mucho más relevante que ser; que a los españoles les unía no solo la tortilla de patata y el gazpacho, sino también la idea europeísta de una ciudadanía centrada en comprar y vender.

Lamentablemente somos más esto que otra cosa. Y disfrutamos con ello porque, para nosotros, como para otros ciudadanos modernos, el consumo individual es el orgasmo del ego. El acto de consumir sublima nuestro individualismo mientras dura la “elección” de la compraventa para luego decaer en espera de otra oportunidad de volver a elegir y saciar nuestra obsesiva necesidad de objetos y servicios. Nos encanta ese bullicio de mercancías que, a menudo, despreciamos segundos después de haberlas adquirido. Es más, a ese contento espasmódico hay que sumar la formidable ventaja de que este no exige responsabilidad alguna. Es una irresponsabilidad que se extiende también en nuestra relación con los conciudadanos. La hemos transformado en parte de nuestra convivencia cotidiana, salvo unos pocos altruistas en retirada. Por ello la acción frente al covid-19 está marcada más por el miedo a la autoridad y a la norma (y al virus) que por la responsabilidad cívica hacia el otro. La acción solidaria es secundaria. Los rebrotes pueden tener muchas explicaciones, pero una de ellas es la forma de coexistir con –no en- lo colectivo. Hay numerosos amplificadores de esta conducta. Y no son solo jóvenes haciendo botellón, en fiestas o en conciertos.

Y así hemos llegado hasta aquí. Un colectivo atrapado en el mito antropológico liberal que no logra ser desafiado por nuestras tradiciones comunitarias, ni siquiera la católica, tan vengativa ella, tan cercana al poder por muy cruel que este sea, en este país donde uno puede asistir a una ceremonia eclesiástica de prédicas compasivas para luego descerrajar los insultos –y las acciones- más infames contra el ausente. Un individualismo de batalla que también se resiste al trasfondo colectivo de la vieja noción de vecindad, tan arraigada en el mundo pre-moderno y para la cual ser vecino era algo más que un mero registro administrativo. Y del mismo modo, esta lógica individualista ha deglutido la idea colectivista de la crítica socialista al capitalismo. Tómese, por ejemplo, el espíritu y la práctica anarquistas, tanto en su vertiente andaluza como catalana, que algunos –sabemos quiénes- solo equiparan con el desorden sin atender al hecho de que también producían subjetividades solidarias y responsables con lo común. Violentos, sí, pero con una violencia que tiene explicación –e incluso justificación- si se considera la espantosa desigualdad de clases en esa España donde burguesía, nobleza y clero miraban siempre hacia otro lado. Pongámonos en aquel pellejo, nosotros, ciudadanos que solo imaginamos una vía legítima para solucionar problemas, el diálogo, mientras nuestras vidas familiares y públicas están repletas de una violencia no tan sibilina y nuestra convivencia se construye mayoritariamente con material de discriminación.

Aquella pasta anarquista fue arrasada, primero por los comunistas y su reacción anti-revolucionaria durante la guerra de 1936; y luego por ese franquismo genocida de memorias que dejó aquella ausencia ácrata sin prácticamente presencia, hasta tal punto de dificultar en extremo la refundación de la CNT durante la transición a la democracia. Y haciendo sombra a los viejos movimientos sociales, incluso a los surgidos a partir de la gran estafa de 2008, ha ido enraizándose ese ánimo tan nuestro de ir por libre y, si se da el caso, ahora que vienen duras, protegernos con eso que algunos denominan bozales –mascarillas- ya no solo del virus sino también del Estado normativo. No sé si tengo algo de razón. Quizá uno ya esté embobado tras escuchar noticias que insisten en la acusación de que los rebrotes son responsabilidad del gobierno central y/o de los gobiernos autonómicos. Es cierto, la tienen y no se puede negar. Y encima, como comprobamos en la Comunidad de Madrid, nos confunden. Pero de esta catástrofe, segunda parte, no pueden escaquearse los ciudadanos, aquellos pésimos ciudadanos que no son pocos. Esos que se llenan la boca de referentes nacionales y protegen la vida de los suyos, solo la de los suyos, sin atender al resto de quienes, supuestamente, formamos parte también de aquellos referentes. Hacia los demás, es el miedo a la autoridad lo que les conduce; como antaño. Responsabilidades, las menos.

La solidaridad no parece pues la pasta de la que estamos hechos. Es otro el material que nos une y con una argamasa que se volatiliza en cuanto se tocan nuestros intereses o emociones. Somos moldeables porque la publicidad del mercado nos hace así. Y el pegamento que une nuestras piezas es en realidad una normatividad que viene aplicada desde nuestro afuera constitutivo. Leyes, decretos, administración…; en fin, Estado y amenaza o coacción para que hagamos o dejemos de practicar alguna de las actividades que pueden transformar los brotes de hoy en un renovado confinamiento. Lo más sorprendente –según mi argumento- es que los manifestantes que se “agregaron” en agosto en la Plaza de Colón y que denunciaron la supuesta farsa del covid-19, exaltando su libertad individual por encima de cualquier compromiso colectivo, son los más congruentes con la identidad catastrófica que nos aglutina –y asola-. No ocultan en sí mismos lo que otros solo señalan en los demás. Así funcionamos en esta gran no-comunidad de vecinos, según la veleta de nuestros beneficios siempre que podamos eludir el castigo de la autoridad. Nos-otros, extrañamente, sin el otro. Sin responsabilidad. Yo mismo.

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Jesús Izquierdo Martín es profesor del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid y codirector del programa de radio Contratiempo.

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7 Comentarios
  • irreligionproletaria irreligionproletaria 26/09/20 19:03

    Un gran artículo, extraordinario.

    Comparto absolutamente la consideración de una 'comunidad de consumidores' tener, es 'el nexo' que convoca a los ciudadanos de sociedades capitalistas.

    Qué diferencia encuentran en que la casa sea suya 'propietarios' -un comentarista, refería la comunidad de propietarios como núcleo comunal primario, en el que TODOS, son reconocidos 'expertos'- en mi vida he sido propietaria de bienes muebles/inmuebles/vehículos, etc,nada...ni, por supuesto, de nadie-
    O, por el contrario, arrendar la vivienda por 5+3 años -hoy- y, cuando las circunstancias demanden, arrendar en otro lugar/país/continente?

    ¿Han analizado la cuantía a que asciende la propiedad de un vehículo? Y, las vicisitudes en cuanto a aparcamiento/conducción/seguros/responsabilidades civiles/penales...etc.
    Tenemos un transporte público, muy aceptable... y, a mas a mas, podemos 'contratar SP taxi, vehículo/conductor' para larga, corta distancia, o dentro de la ciudad de residencia para desplazarnos, es más económico y...no requiere PRéSTAMOS, por consiguiente, los ingresos familiares, definirán los servicios necesarios/imprescindibles y punto.

    Cada persona 'somos' en tanto en cuanto podemos desarrollar/participar en beneficio de la calidad de vida de los nuestros (familia) amigos/vecinos cercanos, así como del resto de n/ conciudadanos del 'Ancho Mundo'.

    Ahora: divergimos respecto de la interpretación de cómo afrontar 'la pandemia' Dificil, pretender responsabilizar a los seres humanos, en el SER, y esperar que PENSANTES, acepten interprtaciones mayoritarias que se reciben 'erroneas' dadas las prácticas desarrolladas desde 14/3/2020 al 21/6/2020 y 'sus consecuencias'

    Recuerdo haber leído hoy, en este digital, respecto de la covid-19, que 'las muertes/ingresos hospitalarios, son 10 veces menos' pero...'como en mayo'???

    Estuvimos confinados 100 días y, comenzando a 'vivir en libertad' RESPIRANDO, acción imprescindible para la vida...de nuevo, quieren confinarnos... Si la fórmula no ha producido el resultado deseado y además ha sido a costa de 'renuncias fundamentales' ¿Qué justifica volver a confinar a las personas?

    Mayoría, no significa poseer la verdad. Duden.

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    • irreligionproletaria irreligionproletaria 26/09/20 21:09

      Error *Duden*

      Pretendía reclamar 'la duda' como imprescindible para encontrarnos mas cerca de la realidad que nos rodea. Pero, se acabaron los caracteres, sólo quedaban 5.

      Disculpas.

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  • PepMoreno PepMoreno 26/09/20 17:45

    La Derecha y la extrema Derecha en España representados por PP, Cs y VOX, son una amenaza cada vez más intensa y alarmante para la España Constitucional  y Democrática.
    Su deriva política contra El Gobierno Español, los Ciudadanos Y la Democracia,, demuestran su persistente e  infundadas y fraudulentas estrategias y al atacar al Gobierno Español, nuestro Gobierno, de Izquierdas, defensores de el Sistema Democrático, pero en el cual se deben modificar artículos de la Constitución del 1978, que han quedado obsoletos o fuera de una situación de convivencia adecuada en esta nuestra Constitución, por ello el Gobierno está articulando todos los posibles pactos para poder modificar y actualizar las incorrecciones de la Constitución de 1978, para lo que si obtiene una  mayoría parlamentaria, se podrán efectuar las mejoras que la Sociedad Española demanda y que este Gobierno de Izquierdas está dispuesto ha materializar, aún con la actitud descontrolada de la Derecha Española, PP, CS y VOX, así como los poderes fácticos De la Iglesia Católica y el Capitalismo más rancio, estos están dispuestos a llegar a la falta de respeto, mintiendo y manipulando hasta extremos inaceptables, ellos son una enfermedad que los Españoles debemos curar. 

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  • Isa. Isa. 26/09/20 10:44

    BRAVO.

    Un placer leerte porque me leo reflejada en tu texto, que reproduce parte de mi intimidad inconsciente, tan honesto por ello, conmigo misma.

    Gracias, Jesús. Un abrazo fuerte.

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    • susoizquierdo susoizquierdo 26/09/20 13:29

      Muchas gracias Isa por tu amabilidad. Creo que todos podríamos comenzar a reflexionar sobre lo que nos está pasando como sociedad antes de pensar en el malgobierno que nos rodea. Un abrazo

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    • susoizquierdo susoizquierdo 26/09/20 13:25

      Muchas gracias por tu comentario. Me consta que es un texto muy pesmimista pero no podemos seguir eludiendo nuestras responsabilidades y nuestra probre condición cívica. Y no reduco para nada la pésima acción del gobierno, ahora mismo, de la Comunidad de Madrid y su trágica -para todos- trayectoria de estos años

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  • paco arbillaga paco arbillaga 26/09/20 09:00


    Jesús, gracias por reflejar muchas de las cosas que yo también pienso, pero que no dispongo de tu capacidad para expresarlas. Desde luego que la solidaridad no es la pasta con la que estamos hechos. Cuando oigo decir a un político, YO haré esto, YO haré lo otro, casi tiemblo ante la soberbia o estupidez que reflejan esas frases en las que manifiestan su ego-ísmo, tan ignorante como estúpido.

    En este mundo o tenemos todos la oportunidad real de participar en su funcionamiento o más tarde o más temprano algún salvapatrias iluminado conectará «el botón» que mandará todo al carajo.

    Osasuna y República Libertaria.

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