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Quien engaña lo más, engaña lo menos. (Acerca del victimismo preventivo)

Publicada el 13/02/2021 a las 06:00

Como se trata de ir al grano cuanto antes y no entretenernos en los preámbulos con el objeto de no hacer este papel desmesuradamente largo, se me disculpará la verticalidad –un tanto brutal, lo reconozco– a la hora de plantear el asunto del que quisiera hablarles. El independentismo lleva ya un tiempo, en concreto los años que ha durado el procés desde su pistoletazo de salida en 2012, presentando un planteamiento político que orilla a la inteligencia. No es, pues, cosa de sus dirigentes –muchos de los cuales no son Bismarck precisamente, eso parece claro–, sino del diseño de futuro que han presentado durante este tiempo a los ciudadanos catalanes, y que se podría describir diciendo que es un diseño que proponía como objetivo inmediato su programa de máximos. Dicho lo mismo con los términos clásicos, utilizaba la estrategia como munición táctica.

La confusión entre estrategia y táctica sin duda ha rendido, hay que reconocérselo, notables dividendos a los independentistas. Cuando se colocan como objetivos por alcanzar de manera inmediata grandes metas históricas, cualquier cuestión concreta que se les pueda reprochar a los defensores de tan magnas causas carece de la menor importancia, resulta irrelevante (¿a quién se le ocurre debatir sobre asuntos menores como la sanidad cuando lo que está en juego es la independencia?, se quejaba amargamente en 2018 el entonces portavoz adjunto de JxCat, Eduard Pujol). O, peor aún, hace que quienes presentan semejantes críticas con ánimo de desgastar a un govern independentista aparezcan, por defecto, como personajes sin la más mínima estatura política, incapaces de percibir la enorme trascendencia del momento (“tenim presa”, ¿recuerdan?) para el futuro del pueblo catalán. Con otras palabras: la confusión entre estrategia y táctica cumple la función de poner a los ejecutivos que incurren en ella a salvo de la crítica a la gestión concreta, al día a día de la acción de gobierno, devenida irrelevante por definición (y por comparación).

Pero no todo son ventajas en la confusión, que también presenta algún severo inconveniente. El más relevante es el de exponer lo que tradicionalmente ha sido utilizado por las formaciones políticas como horizonte último al que tender, cuya misión primordial es la de señalar el rumbo hacia el que deben apuntar sus políticas, en objetivo inmediato, susceptible, por tanto, de ser refutado por los hechos. No hace falta subrayar que, planteando las cosas desde un punto de vista estrictamente lógico, una tal refutación implica, a renglón seguido, la ruina del conjunto del proyecto político, desautorizado por la propia realidad. De tal manera que quien se empecinara, a pesar de ello y contra viento y marea, en seguir manteniendo inalterada la misma propuesta (en este caso, una independencia a fecha fija ante la que se resignaría el Estado español y que contaría tanto con el beneplácito de Europa como con el entusiasmo de los poderes económicos) se haría justo merecedor del reproche de fanático.

Pues bien, es en este punto en el que interviene el recurso victimista, que constituye el mecanismo discursivo que cumple la función de evitar el tener que poner a prueba las propias tesis o, si se prefiere, el procedimiento para sortear la falsación. Porque la víctima es, por definición, esa figura que queda a salvo de cualquier reproche, fundamentalmente porque ninguno que se le pueda plantear posee la suficiente entidad como para hacer olvidar su condición de objeto de un daño que él se encarga de recordar todo el tiempo. Cuando se ha conseguido fijar en el imaginario colectivo de un grupo la premisa de que es la víctima, nada más fácil que retorcer cualquier razonamiento crítico cuantas veces haga falta hasta que termine destilando el resultado de reafirmar dicha premisa.

Para ello, el mecanismo más fácil y efectivo es la teoría de la conspiración, siempre tan reconfortante como de imposible verificación. A cualquiera que siga la política catalana no le costará el más mínimo esfuerzo constatar la extenuante reiteración del planteamiento. Supongamos, por poner un caso frecuente, una medida adoptada por el poder judicial que contraríe al independentismo y desmienta su anuncio de una feliz y plácida transición hacia la secesión. Tanto dará que no haya sido un tribunal radicado en Madrid el que haya adoptado dicha medida, ni importará que la misma se haya tomado a instancias de un particular, o de una entidad fuera de toda sospecha de connivencia con el gobierno central, o cualquier otro dato real que convierta en absurda la idea de la conspiración. Da igual. La respuesta del argumentario independentista es que se trata de un 155 judicial (como se sabe, hay 155´s para todos los gustos: políticos, judiciales, fiscales, sanitarios…), de la venganza de unos jueces resentidos, de una turbia maniobra del gobierno de España, de una operación de las cloacas del Estado, etc. En todo caso, oscuras (y, por tanto, indemostrables) conspiraciones que permiten ratificar la auto atribuida condición de víctima de la que se partía.

La eficacia del mecanismo discursivo es tal, que se recurre al mismo para evitar la menor crítica incluso en el caso de que no haya de qué declararse víctima. No se trata de una afirmación exagerada, aunque a primera vista entiendo que lo pueda parecer. Es precisamente lo que ocurrió, por poner un ejemplo, a finales del pasado mes de julio cuando Torra decidió no acudir a la conferencia de presidentes autonómicos en La Rioja en la que se tenía que debatir el reparto de los fondos europeos ante la pandemia. La ausencia intentó justificarla el entonces president apelando a diversos argumentos, a cual más peregrino (por ejemplo, no legitimar la monarquía haciéndose una foto con el Rey), pero todos se diluían ante la rotunda evidencia representada por el hecho de que el resto de presidentes, sin excepción, decidieran acudir. Incapaz de asumir el patinazo político, Torra optó por perseverar en el mismo tipo de discurso y manifestó a través de su portavoz que confiaba en que la Moncloa no aprovechara su ausencia para perjudicar al govern, acuñando de esta manera una nueva modalidad de victimismo, el que bien podría denominarse victimismo preventivo o, tal vez incluso mejor, victimismo por si acaso.

Sin duda, los habrá que entiendan que semejantes planteamientos representan una auténtica prueba de estrés que debería terminar afectando a quienes posean determinadas convicciones. Porque, continuarán argumentando aquellos, si a algo contribuyen con sus palabras y con sus hechos dirigentes como el mencionado Torra y similares es a dañar severamente la autoestima de ese sector de la ciudadanía catalana que en algún momento creyó en tales políticos. Sin embargo, constituye una realidad incontrovertible que también los hay, no son pocos y no parecen dispuestos a desfallecer, que consideran dichos planteamientos, si no como una aportación teórica en toda regla, sí como unos elementos discursivos que ayudarán a que su proyecto político salga más fuerte de todo esto.

Son los que entienden que la derrota cumple la función de convertir lo perdido en ella en el objetivo que hay que recuperar, cuando no en la Arcadia añorada. A tales efectos, tanto da ubicar ese momento en 1714, en el 1 de octubre de 2017 o en cualquier otro punto del pasado, porque de lo que se trata de manera preceptiva es de metabolizar como agravio la posible frustración por la derrota. Nos encontramos ante un planteamiento que se diría hecho a la medida de políticos sin escrúpulos: todo alimenta la causa que ellos representan, nada los lleva a reconsiderar sus falaces ensoñaciones. La frustración es aquí siempre y por definición un lugar de paso. A diferencia de lo que les ocurre a los ciudadanos que tienen otras convicciones políticas, a saber, que un elemental principio de realidad hace que, cuando constatan la inviabilidad de sus propuestas, asuman su frustración y, si acaso, se planteen reconsiderar algunos de sus convencimientos, el nacionalismo independentista convierte por sistema las derrotas en combustible para proseguir su travesía de la nada.

Obviamente para que semejante diseño consiga funcionar de manera permanente durante largo tiempo se requiere una base social dispuesta a aceptar que sus autoridades sustituyan la gestión por la queja constante o, si se prefiere, que su día a día venga regido por el tacticismo del agravio. Parece evidente que este es el caso, y que el grueso del electorado independentista ha estado dispuesto a pasar por carros y carretas sin formular el menor reproche a unos responsables políticos que han abdicado por completo de su obligación de gobernar, sustituyéndola por una agitación política permanente completamente inane. En este sentido, sin esfuerzo se podría afirmar que si estos políticos han podido perseverar en su actitud es porque le tenían bien tomada la medida a sus votantes. Lo cual, desplazando mínimamente la perspectiva, podría hacerse equivaler a lo siguiente. Si, de acuerdo con el aforismo de los antiguos juristas romanos, el que puede lo más, puede lo menos, se deduce sin dificultad alguna que al que ha conseguido engañar en lo más, no le ha de suponer el menor esfuerzo engañar en lo menos, como por lo demás tenemos ocasión de certificar a diario en los medios de comunicación públicos catalanes.

Por si esto resultara poco, el tópico de "ensanchar la base social", tarea de futuro que tanto proclama un sector del independentismo, da por descontado que los captados para la causa en estos años ya no la abandonarán y que solo queda esperar nuevas incorporaciones a la misma. El supuesto en el que se basa tan firme convencimiento está claro: el acrítico sentiment identitario por el que se mueven sus votantes es irreversible, y quienes participan de él son como los aficionados de un equipo de fútbol, que por mucho que se disgusten con sus derrotas, bajo ningún concepto están dispuestos a ser hinchas de otro.

Pero para ninguna sociedad esto puede ser una buena noticia. Lo llegaba a reconocer, esforzándose por ser delicado con sus palabras, el que fuera conseller de Economía en el govern de Artur Mas, Andreu Mas-Colell, en un artículo periodístico de finales de agosto del pasado año publicado en el diario Ara: “Sería extraño que el sentimiento patriótico nos obligara a violentar nuestra inteligencia sobre lo que es posible y lo que no lo es”. He aquí, a fin de cuentas, la gran diferencia entre unos y otros en esta Cataluña fracturada. Mientras que unos esperan, impacientes, a ser la mitad más uno para imponer su proyecto a la mitad menos uno (Laura Borrás dixit), los otros piensan que de nada sirve obtener esa exigua mayoría si la minoría derrotada nunca va a estar dispuesta a atender a razones. Esa no es manera de vivir juntos.

___________________________

(*) Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Acaba de publicar el libro El virus del miedo (La Caja Books).

 

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16 Comentarios
  • Isa. Isa. 13/02/21 21:02

    Magnífica columna para toda la sociedad. Cataluña mañana, en especial. Toda España, pendiente.

    Leer a Manuel Cruz hoy, me sugiere un aforismo personal 14F - Quién sabe qué, de mañana. Se estima más, lo que menos se espera.

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  • Toba Toba 13/02/21 19:14

    Totalmente de acuerdo con la tesis del artículo.En Cataluña se ha producido un fenómeno de sectarismo de masas ya estudiado por los psicólogos sociales.Sobre la base de una cierta singularidad histórica se ha enhebrado un pensamiento reaccionario que intoxica a casi la mitad de su población.

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  • Serm Serm 13/02/21 16:02

    Estoy de acuerdo aunque no totalmente de acuerdo porque a mí me consta que M.Rajoy no adoptó una actitud ecuánime con los catalanes.Entre las ganas de victimismo de algunos y las ganas de zurrarles de otros se entabló una relación sadomasoquista muy del gusto de ambos.Y no hablo de las cargas policiales sino de cosas menos conocidas.Una funcionaria de la Agencia de Meteorología me contó el lio que se montó por una caseta perdida en Catalunya de esta Agencia que había que transferir...Y como por una puta caseta de mierda y por sacudir a los indepes el lío que le montaron...Cuando las relaciones se tuercen se llega extremos ridículos...Claro que la caseta no forma parte de las cosas épicas y los indepes están para las grandes cosas...En cuanto a la sanidad pública catalana mi hermana estuvo destinada en una oficina de la Agencia Tributaria en Vic(la estatal) y sus propios compañeros independentistas(de la CUP) le decían que no optara por la sanidad pública catalana que era un desastre sino por Adeslas(los funcionarios tienen esa opción).El desastre de la gestión de la sanidad pública en Madrid y Catalunya es similar...Es cierto que el punto de partida es distinto:en Catalunya la sanidad privada siempre tuvo presencia importante...En Madrid se optó por un modelo de gestión indirecta en favor de constructoras y grupos privados...En Catalunya la estructura administrativa del Servicio Catalán de la Salud y todo lo que implica la Xarxa es un completo desastre...La sanidad pública madrileña queda hipotecada por años(concesiones de 40 años);la catalana es un desastre similar...Las empresas privadas no entienden de fronteras y la presencia,por ejemplo,de Quirón Salud en ambos territios es notable... Quizá como la ciencia tampoco entiende de fronteras deberíamos pensar en hacer una alianza estratégica científica entre Madrid y Barcelona...Hubiera ayudado como dice Illa que la sede de la EMEA hubiera sido Barcelona...Los madrileños y los catalanes tenemos algunos problemas comunes y por cierto bastante difíciles de resolver...

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  • MIglesias MIglesias 13/02/21 14:38

    De lo mejor que he leído ultimamente.

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  • Ayla* Ayla* 13/02/21 13:48

    Y todo empezó para no hablar de los recortes aplicados por Mas (nacionalismo catalán) y M.Rajoy (nacionalismo español).

    A ambos les interesó desviar la atención y en ese bucle se continúa.

    Cada vez más separados de la realidad.

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  • caurfe caurfe 13/02/21 12:02

    Fantástico articulo por su atinado análisis nos brinda una vez mas Manuel Cruz. Sin victimismo el "process" nunca existiría y todo las clientelas y mamandurrias que en torno al misma se han tejido desaparecerían. Pero alguno prefieren seguir con la venda en los ojos...

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  • Larrauri Larrauri 13/02/21 11:13

    Creo que el analisis que hace M. Cruz sobre la situación y el "discurso " del independentismo tiene como bien dice profundas raices sociologicas y psicologicas, no confundir esto con racionales. Es muy interesante este analisis porque desgraciadamente creo que es generalizable a otros ambitos de la vida política y publica de este pais y más alla. Utlizar la agitación politico y el victimismo estrategico es un fenomeno detectable en mayor o menor medida en todas partes. Creo que a M. Cruz es muy dificil reprocharle falta de perspectiva y neutralidad en este articulo que considero muy interesante.

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  • GRINGO GRINGO 13/02/21 11:05

    Se debería tener un poco de cuidado a la hora de enjuiciar a los que no piensan como uno mismo, y más cuando no se ha dedicado ni un renglón a analizar a su partido (PSC), o es que el rumbo del PSC ha sido siempre firme y sin bandazos ??.

    El Sr. Cruz, por su larga trayectoria, debería saber que en Campaña no se afrontan los problemas reales de cada lugar, si no que te utilizan fórmulas para desviar la atención y centrar el foco en lo que "a uno mismo le interesa".

    El PSOE-PSC ha explicado que hay detrás del "efecto Illa", ha explicado cual va a ser su propuesta para acercar posturas con los que ahora se denominan "independentistas", y se pretende que pasen a ser "federalistas".

    Que nos explique él, porque aunque fue Odón Elorza quién lo dijo, era la postura de su partido y él (Odón) nunca lo ha explicado, donde ha quedado el compromiso que arrancaron al PP para apoyar la aplicación del 155, no era "modificar la Constitución" ???..........se ha modificado, o intentado, modificar ???

    Son los "otros partidos" los que no tienen a ningún Bismarck entre sus filas ???.

    El PSOE y el PSC llevan más de 40 años engañando a los españoles, catalanes o de Ciudad Real, identificándose con el "Socialismo y la España Federal", mientras siguen sustentando a la Monarquía y las políticas neo-liberales, conformandose con la "República Coronada" que defiende el "Laminador de Estatut's", Arfonzo Guerra....

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  • José Luis53 José Luis53 13/02/21 09:22

    Brillante análisis, como siempre señor Cruz.

    Añado algo: la mala gestión no pasa factura porque también tiene su coartada; si las cosas se hacen mal es porque no son independientes, en la Arcadia feliz de la Cataluña independiente, todos esos problemas no existirían con lo cual las posibles críticas reviertan sobre aquellos que osan hacerlas.

    Lo digo siempre, para cohesionar una masa hay que ser la víctima de un enemigo designado. Ha sido así de siempre, Goebbels lo entendió bien.

    Lo único bueno que le reconozco al trumpismo es que ha puesto negro sobre blanco las maniobras manipuladoras de comunicación.En el fondo son idénticas: íctimas de los inmigrantes o de China, o de la carcundia elitista de Washington, no importa, no son capaces de discriminar de quienes son verdaderamente víctimas: es una radical transposición de enemigos.

    Y lo grave es que la época de la información, que teóricamente debería neutralizar la manipulación, se ha convertido justamente en lo contrario: un instrumento de manipulación y de desinformación,pero con la paradoja de que precisamente por la sobre abundancia de información, se produce una ignorancia de la ignorancia ya que se cree estar perfectamente informado.

    O sea, un desastre.

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  • @tierry_precioso @tierry_precioso 13/02/21 07:43

    Magnifica columna.
    Al final el tiempo pone un poco las cosas en su sitio, pero es tan lento a veces...

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