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Persona non grata. El odio a la diversidad

Publicada el 01/08/2021 a las 06:00

Ahora resulta que el lío lo tiene la derecha, y además, no solo en la ciudad autónoma de Ceuta en que se ha originado el último conflicto, sino en las CCAA donde gobierna gracias al apoyo de la extrema derecha, a diferencia de buena parte del centro derecha europeo en que funcionan los tan denostados cordones sanitarios.

El conflicto ha estallado sin embargo en donde menos se esperaba, en la cuidad autónoma de Ceuta, entre una derecha con responsabilidades de gobierno y que por la naturaleza de la ciudad, a la vez urbe fronteriza y lugar de encuentro de culturas y confesiones religiosas, asume responsabilidades incluso de Estado y frente a ella la ultraderecha que ha visto en el discurso de odio racista, xenófobo, machista e islamófobo, precisamente en la frontera con Marruecos y con África, el caldo de cultivo ideal para la provocación racista, incluso con el riesgo de incendiar la convivencia en Ceuta, con el objetivo de acentuar su oposición de confrontación y desestabilización contra el gobierno socialcomunista y al tiempo para diferenciarse de la política de su hermano mayor del PP y así recuperar una presencia y un relato que se había ido diluyendo en los medios de comunicación, ya desde antes de las recientes elecciones autonómicas del cuatro de mayo en Madrid.

El desencadenante ha sido la resolución de la Asamblea de la ciudad que declaró persona non grata a Santiago Abascal, motivada por las reiteradas provocaciones de Vox en la calle y en la Asamblea, pero más en particular por la desestabilizadora presencia de Abascal en el contexto de la última grave crisis con Marruecos. Una resolución en la que el PP se ha abstenido.

La visita del urgente ultraderechista se produjo en el momento más delicado vivido por Ceuta en los últimos años, como consecuencia de la avalancha de miles de jóvenes marroquíes a la ciudad empujados por el enfado de su gobierno que utilizó como excusa la acogida al secretario general del Frente Polisario Brahin Ghali en un hospital español, pero que trae causa en el mantenimiento de la posición tradicional de los gobiernos españoles en la defensa del derecho internacional en el Sáhara occidental, después de las expectativas abiertas en la casa real marroquí por el reconocimiento unilateral de la Administración Trump de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, como parte de su operación a cambio de la normalización de relaciones del Estado de Marruecos y el Estado de Israel, todo ello frente a los derechos del pueblo palestino y saharaui, al margen de las resoluciones de la ONU.

La urgencia de una mayor diferenciación se ha radicalizado hasta el límite en el partido de la extrema derecha con el progresivo giro ultraconservador del PP, primero con la deslegitimación de la moción de censura que tumbó a Rajoy y más tarde del resultado electoral, de la coalición de gobierno y de los apoyos parlamentarios de la izquierda que confirmó su derrota, para a continuación sumarse de forma vergonzante a la estrategia de negacionismo de la pandemia, agitada por parte de Vox y muy en espacial por la presidenta Ayuso del gobierno de la Comunidad de Madrid y la más reciente posición del líder del PP en el conflicto con Marruecos en que desde su inicio ha negado su apoyo al gobierno español y ha terminado coincidiendo con los argumentos del gobierno marroquí sobre la acogida del actual secretario general del Frente Polisario como desencadenante, materias todas ellas en las que ha dejado a la ultraderecha prácticamente sin su espacio político natural.

Un conflicto entre hermanos separados que tampoco es la primera vez que ocurre. Al contrario, se da casi desde el inicio de la década populista y está en el origen del nuevo partido Vox, nacido del propio seno del PP, a partir de entonces la relación ha sido siempre difícil, aunque de baja intensidad, como lo ha sido con el partido Ciudadanos hasta la opa hostil y su reciente práctica desaparición, también en Madrid. Primero con la acusación al PP de derechita cobarde, aprovechando las contradicciones del gobierno de Mariano Rajoy, explotadas por la extrema derecha de Vox como debilidades en la defensa de la unidad de España y de sus valores y cultura tradicionales en el conflicto de Cataluña. Más adelante con la moción de censura de Sánchez, acentuada posteriormente por el mal resultado del PP en las elecciones generales, compartiendo la misma lógica del sorpasso inminente, utilizada por Podemos y Ciudadanos, las dos con idéntico resultado.

Tampoco fueron una balsa de aceite las negociaciones para la investidura de los gobiernos con mayoría de la derecha ni sus posteriores debates políticos y presupuestarios, primero con las accidentadas negociaciones a dos bandas del PP impuestas por Ciudadanos y luego con la utilización como señuelos de propuestas identitarias como el pin parental o el cierre de los que denominaban con desprecio 'chiringuitos feministas y gays' o la obsesión contra los inmigrantes menores no acompañados (Menas), alentados por la alarmante pasividad de la justicia.

Este conflicto latente se acentuó más tarde con la moción de censura, cosa que le facilitó a la dirección del PP la escenificación de su rechazo a cualquier subordinación a la estrategia parlamentaria de la ultraderecha. A partir de entonces, la actitud de Vox ha sido la explotación del agravio percibido y la amenaza de ruptura, reiteradamente incumplida, ya que Vox sabe que dejar en minoría a cualquier gobierno del PP supondría la vuelta a la casa madre de buena parte del electorado, como le ha ocurrido con el fiasco de la moción de Murcia al partido Ciudadanos. Porque hace ya tiempo que se confirma que sus votos son prestados, sobre todo ante la posibilidad de una mayoría de gobierno en torno al PP que perdona todo, incluso la corrupción sistémica del Partido Popular.

El problema es que el giro al centro proclamado, desde entonces no ha tenido continuidad, sino que muy al contrario ha acentuado la derechización de la dirección de Casado, con la incorporación en el PP de parte de la estrategia, el modelo y el relato populista de Vox, como por otro lado también ha ocurrido en el conjunto de los partidos tradicionales a ambos lados del espectro político.

En este clima populista, el conjunto de la derecha ha convertido al adversario de la izquierda en enemigo, así la oposición ha oscilado entre la deslegitimación y la desestabilización y hemos asistido también a la simplificación de los problemas complejos, junto a la descalificación y el insulto en el debate político y parlamentario, así como a la instrumentalización del dolor y el miedo provocados por la pandemia e incluso a una labor sin precedentes para un partido de gobierno de intoxicación y obstrucción ante la UE para bloquear la aprobación y la gestión de los fondos europeos de recuperación.

Con ello, a la extrema derecha solo le ha quedado la nostalgia de la dictadura y la referencia de Trump y su distopía mientras duró, junto al cuestionamiento de los resultados electorales, la criminalización del gobierno y de los partidos de izquierdas e independentistas, y las políticas de odio a las minorías de inmigrantes, musulmanes y LGTBI, y a las feministas, además del nativismo y la búsqueda de referencias en la otra Europa de Orban, cuando recientemente hemos asistido a la caída vergonzosa de la referencia de Trump en el primer plano de la extrema derecha internacional.

Porque si las elecciones madrileñas acabaron con la coalición de gobierno y con Ciudadanos, ha sido a costa de la asunción por el PP del relato trumpista y anticomunista de Vox y de la normalización de la relación preferente con la ultraderecha. Todo ello ha conllevado la ocupación de buena parte del espacio de Vox que se ha visto obligado a endurecer los perfiles propios de la ultraderecha, en particular los nativistas, identitarios e incluso de odio, que han contado con la benevolencia de algunos jueces.

La respuesta de Vox a la declaración de persona non grata ha sido la amenaza con desestabilizar las alianzas y los gobiernos en los que apoya al PP, dando por rotas las relaciones si no se satisface su exigencia de rectificación y de reparación a su presidente Abascal.

Quizá lo que no esperaba la extrema derecha y probablemente tampoco la dirección del PP es la gran dignidad demostrada por el presidente Vivas frente a la instrumentalización de su ciudad, con la posibilidad de poner en peligro el delicado patrimonio de la convivencia ciudadana, amenazando incluso con su dimisión si su partido le obliga a rectificar, tal y como exige Vox. Una lección y un camino de los que por ahora está muy alejada la dirección del Partido Popular. Con ello, la deriva ultra de Vox está servida, seguirá ejerciendo de duro con las minorías y débil con el PP, sin poner en peligro sus gobiernos. Todo ello, mientras la reacción de la derecha nostálgica al independentismo y la indignación antipolítica frente a lo que también denominan casta, aguanten. El malestar de las clases medias y la desconfianza en lo público los alimentan, por ahora.

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Gaspar Llamazares es fundador de Actúa.

 

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1 Comentarios
  • mrosa mrosa 01/08/21 20:08

    La izquierda tiene que desmarcarse claramente y dejar sin argumentos ese discurso de desconfianza en lo público pero parece que muchas veces lo alimentan y es una actitud muy irresponsable. Dejémosle el patrimonio de la irresponsabilidad a Casado y compañía

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