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Los autobuses de Carmena

Durante el mandato de José María Álvarez del Manzano como alcalde de Madrid se tomaron algunas decisiones sorprendentes, como por ejemplo meter los autobuses municipales en doble dirección por las estrechas calles del centro histórico. Los autobuses no tardaron en provocar desperfectos en la calzada y al impactar las ruedas a gran velocidad en los socavones hacían temblar a los edificios del siglo XIX del Madrid de los Austrias, incluido el Monasterio de la Encarnación, de principios del XVII. Por aquellas fechas a los responsables municipales les preocupaba más enriquecerse con la venta de la Empresa de Servicios Funerarios que conservar el patrimonio arquitectónico de la ciudad e hicieron caso omiso de las protestas ciudadanas.

Los edificios del Madrid de los Austrias no han cesado de vibrar desde entonces, hasta que ha llegado al Distrito Centro el Concejal Jorge García Castaño que dando muestras de una sensibilidad de la que han carecido todos los antecesores en el cargo, ha decidido asfaltar las calles que conducen hasta la puerta del Teatro Real, convertida por Álvarez del Manzano en depósito de autobuses con los motores diésel siempre en marcha.

García Castaño, además de asfaltar las calles, ha ordenado dibujar unas grandes bicicletas en el suelo junto a un número 30 que sirve para indicar inútilmente a los autobuses municipales que están circulando por un carril bici y que además no pueden rebasar los 30 km/h.

Dado que los autobuses siguen sin respetar el límite de velocidad, no tardarán en aparecer socavones, con el consiguiente perjuicio para los cimientos de estos edificios históricos. El problema se va a agravar cuando Carmena cierre la Gran Vía al tráfico pues el Ayuntamiento tendrá que aumentar su flota de autobuses para dar servicio a los ciudadanos procedentes de la carretera de Extremadura que ya no podrán acceder al centro en su coche particular.

Si lo que pretende Carmena es humanizar el centro de la ciudad y disminuir la contaminación, no parece que esté adoptando todas las medidas necesarias para conseguir estos objetivos.

Como primera medida debería retirar los autobuses municipales del centro histórico. Si considera que los autobuses deben de seguir llegando hasta la misma puerta del Teatro Real, al menos los podría sustituir por microbuses eléctricos, como los que circulan por el Barrio de las Letras. Lo que no es admisible es que los autobuses del Ayuntamiento irrumpan a gran velocidad por el Madrid de los Austrias, soltando dióxido de nitrógeno por un tubo, el de escape.

Otra medida elemental que debería de adoptar Carmena es prohibir a los taxis circular vacíos en busca de clientes. Resultaba hiriente ver cómo el 29 de diciembre no podían circular por Madrid los vehículos con matrícula par mientras los taxis buscaban clientes de un lado a otro, en vez de permanecer estacionados en la parada. Las empresas que compiten con los taxistas, Cabify y Uber, no queman inútilmente gasóleo en busca de clientes, sólo circulan cuando trasportan pasajeros o les llaman para algún servicio, el resto del tiempo están parados, no contaminan.

Por otro lado la medida de impedir circular a los coches con matrícula par o impar es un castigo colectivo ineficaz, donde pagan justos por pecadores. Lo lógico sería que los días de alta contaminación se prohíba circular a los vehículos más contaminantes, porque el dióxido de nitrógeno no lo producen las matrículas, sino los motores; eso ya lo han descubierto en París hace tiempo.

Otra medida a tomar sería poner paradas en el centro para los pequeños coches eléctricos de Car2Go y Emov. En la actualidad cuando se abre la App de cualquiera de estas dos empresas se puede ver como en el centro de la ciudad no hay coches disponibles, están casi todos en la periferia, donde encuentran sitio para aparcar.

En cuanto a limitar la velocidad a 70 kms/h en las entradas y salidas de Madrid, hasta alcanzar la M40, es una medida contraproducente porque la mayoría de los coches actuales emiten más dióxido de nitrógeno a 70 km/h que a 90, sobre todo subiendo la Cuesta de las Perdices.

Todo parece indicar que Carmena ha declarado la guerra al vehículo privado y utiliza la contaminación como disculpa. Si de lo que se trata es de limitar la contaminación y hacer más habitable la ciudad, debería de empezar por sacar a los autobuses del centro histórico, porque a los miles de fallecidos prematuramente les da igual que el dióxido de nitrógeno inhalado sea de procedencia pública o privada.

Respecto al Teatro Real habría que preguntarle a Carmena por qué permite que cuando hay ópera, los coches oficiales invadan la zona peatonal de la Plaza de Oriente y permanezcan allí aparcados todo el tiempo que dura la función, dificultando el paso a los viandantes. Mientras los amos disfrutan de la obra, los chóferes forman animados corrillos en la Plaza de Oriente, a modo de sainete.

Si somos todos iguales ante la ley lo que tiene que hacer Carmena es enviar una docena de grúas a la Plaza de Oriente para que se lleven esos cochazos de titularidad pública, pero de disfrute privado, al depósito municipal para que la próxima vez que los numerosísimos usuarios de coches oficiales quieran ir a la ópera, cojan los autobuses municipales que a gran velocidad y soltando dióxido de nitrógeno a escape libre, los depositarán en la mismísima puerta del Teatro Real. También pueden optar por el Metro, que contamina menos.

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