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Bucha: la barbarie en una imagen inverosímil

Se podría definir esta época nuestra como la era de la ingente cantidad de imágenes que circulan por la web, redes y medios de comunicación de modo torrencial y como la era de la desinformación, marcada por tantas mentiras, rumores y bulos. Un claro y trágico ejemplo de ello es la masacre cometida en Bucha por parte de los soldados rusos.

Tras varias semanas de completo apagón informativo —acontecimiento ya de por sí difícil de concebir en la también era de la vigilancia—, la semana pasada salieron a luz, se revelaron, y proliferaron de forma totalmente obscena las imágenes del horror, la masacre y las injusticias que las tropas rusas habían llevado a cabo contra la población civil residente en Bucha, pequeña ciudad residencial cercana a Kiev, como ya todos sabemos.

Estas imágenes se mostraron a modo de prueba y testimonio de lo sucedido, pero muy rápidamente desde el Kremlin y medios afines se apresuraron a desmentirlas y aseguraron que se trataba de una orquestación organizada por el “régimen de Kiev”. Sorprendentemente este contradiscurso que negaba incluso la evidencia de la prueba vista fue respaldado o, por lo menos, hizo dudar a parte de la opinión pública española. Sin querer enmendar la plana a Jesucristo en fechas señaladas, esto pone de manifiesto que Tomás el Apóstol no creyó porque vio ("Porque me has visto, Tomás, creíste”, Juan 20:29), sino porque consideró verdadero aquello que veía; en su caso, por ejemplo, le hizo falta tocar. En el de tanta gente que parece poner en duda lo que ve cuando se le muestran las imágenes de las atrocidades de Bucha, los relatos de las víctimas y los testimonios de los periodistas, es evidente que tienen motivos que les impiden considerar tales demostraciones como verosímiles. 

Si bien esta corriente de opinión ha sido generada por un burdo bulo enseguida desmentido, limitarnos a tildar a las personas que a ella se adhieren con tanta facilidad de estúpidas y conspiranoicas es sin duda soberbio y contraproducente. Mientras que, con el objetivo de intentar comprender este fenómeno, creo que se pueden encontrar algunas sugerencias muy interesantes en las reflexiones realizadas por Miguel Martín sobre el tratamiento y la recepción de las imágenes.

El estudio parte de la premisa de que las imágenes generan sentido. Y su forma de comunicar y de significar está pautada por el modo en que son expresadas y por la decodificación que se realiza en la percepción de las mismas, que está regulada por la convención. Es decir, ni las imágenes emitidas por los medios de comunicación son un mero reflejo de la realidad, ni la mirada de quien las recibe es neutra y pura

Por tanto, para afrontar la primera cuestión referida a la emisión con rigor y honestidad, se debe reconocer algo tan obvio —y también lógico— como que los medios de comunicación son dispositivos capaces de establecer regímenes de visibilidad (Lozano, 1998). Esto es que su función no se limita a hacer saber unos determinados hechos, sino que al decidir mostrar algo están automáticamente posicionando al espectador. Del mismo modo, el tratamiento y la posproducción de las imágenes, técnicas que son necesarias para dotarlas de verosimilitud aun siendo verdaderas, está a la vez suministrando al receptor un manual de instrucciones que le sugiere cómo y qué ha de mirar.  

Imágenes de acontecimientos reales en las que el destinatario adopta la postura de un espectador de ficción porque la naturaleza extraordinaria de lo que está viendo se asocia con efectos especiales de películas de catástrofes o de videojuegos de guerra

Por otra parte, para analizar la recepción, Martín señala la distinción realizada por Serge Tisseron entre “imágenes de la realidad” e “imágenes de la ficción”, que, afirma, no sería cognitiva, sino emocional. Pensemos en las películas que nos hacen llorar, aun siendo perfectamente conscientes de que son un producto cinematográfico nos generan toda una serie de pasiones. O, en el sentido inverso, en los acontecimientos reales que en primera instancia catalogamos como ficticios: los atentados del 11S, que aun siendo retransmitidos en directo no fueron inmediatamente percibidos como reales; el asesinato a tiros del embajador ruso Andrei Karlov en una galería de arte en Ankara; la más reciente, y afortunadamente menos trágica, bofetada de Will Smith a Chris Rock en la gala de los Oscar, que creíamos parte del guion hasta que fue un insulto en pleno directo (algo inconcebible en EEUU) lo que rompió el hechizo y la suspensión de la incredulidad; o, incluso, la barbarie cometida en Bucha. Imágenes de acontecimientos reales frente a las cuales el destinatario adopta la postura de un espectador de ficción porque la naturaleza extraordinaria de lo que está viendo se asocia, por enciclopedia, con los efectos especiales de películas de catástrofes o de videojuegos de guerra. De hecho, al principio de la guerra se tuvo que desmentir un bulo que hacía pasar unos fragmentos del videojuego War Thunder por un bombardeo a Ucrania por parte de Rusia.

Tal vez el horror que supone ver y creer que unos individuos puedan cometer acciones tan atroces infringiendo tanto mal a otros seres humanos —ya sea por una total abdicación de su juicio moral y crítico y de su facultad de pensamiento, como planteó Hannah Arendt, o en una revelación de su lado más monstruoso, que aparece con la permisividad de las situaciones caóticas— es lo que en un primer momento ha llevado a tantas personas a descartar el hecho y la evidencia de la veracidad de estas imágenes. Pero esto, por supuesto, no justifica la cobertura mediática del bulo, ni tampoco la perseverancia en esa primera impresión ocasionada por una suspensión, en este caso involuntaria, de la incredulidad, es decir, del sentido crítico que lleva a obviar hechos fácticos.

Algunas lecturas sugeridas: 

  • Arendt, H. (2019): Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona, Lumen.
  • Martín, M., Pascual, O. y Lozano, J. (2020): “El destinatario de rumores, mentiras y bulos en tiempos de Pandemia”, en J. Sotelo y S. Martínez Aria (coords.), Periodismo y nuevos medios.Perspectivas y retos. Barcelona, Gedisa, pp. 89-107. 
  • Martín, M. (2021): “Modas, modos y maneras de la violencia visual de ISIS”, Actes Sémiotiques, n° 125. Disponible en: https://doi.org/10.25965/as.7204

Se podría definir esta época nuestra como la era de la ingente cantidad de imágenes que circulan por la web, redes y medios de comunicación de modo torrencial y como la era de la desinformación, marcada por tantas mentiras, rumores y bulos. Un claro y trágico ejemplo de ello es la masacre cometida en Bucha por parte de los soldados rusos.

Tras varias semanas de completo apagón informativo —acontecimiento ya de por sí difícil de concebir en la también era de la vigilancia—, la semana pasada salieron a luz, se revelaron, y proliferaron de forma totalmente obscena las imágenes del horror, la masacre y las injusticias que las tropas rusas habían llevado a cabo contra la población civil residente en Bucha, pequeña ciudad residencial cercana a Kiev, como ya todos sabemos.

Publicado el
11 de abril de 2022 - 21:18 h
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