Plaza Pública

6.000 años de prostitución

Nicole Muchnik

En el Gilgamesh, maravillosa epopeya sumeria (3.500 a.C), a la prostituta llamada La Jocosa –traducción “libre” española– le encargan la misión civilizadora de transformar un animal en ser humano. El Dios de Israel, 2.500 años más tarde, se mostrará menos tolerante: No habrá prostituta sagrada entre las hijas de Israel, ni prostituto sagrado entre los hijos de Israel (Deuteronomio 23, 18.)  En todo caso, es un modo de reconocer en pleno la igualdad sexual.

En realidad no se sabe de época ni lugar en los que la prostitución haya estado totalmente ausente. Voluntaria o impuesta, pagada o sagrada, por placer o necesidad, la practicaron muchachas y muchachos, y ninguna ley del mundo consiguió cambiar nada. Hoy, Europa ocupa un lugar notable en la lista de países implicados en la trata, con un 69% de prostitutas transportadas de un país a otro, a partir de Bulgaria, Rumania, Bélgica, Alemania y España. El resto son extracomunitarias oriundas de Nigeria, Turquía, Albania, Brasil y Marruecos. Todas las disposiciones Europeas, Leyes Orgánicas, la ley integral contra la trata y muchas otras han logrado poco o nada.

¿Habrá que resignarse? En todo caso los postulados del debate lejos están de carecer de interés y están de actualidad. En Francia, Najat Vallaud Belkacem, la joven ministra de Educación, propone imponer por ley una multa a los clientes, como en Irlanda, mientras que Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, propone, después de haberse entrevistado con el papa Francisco, una reflexión global sobre las causas de la prostitución y la necesidad de ciertos hombres de practicar el sexo de pago.

Obviamente las mujeres, y en particular las feministas, están en primera fila del debate. En  general han asimilado la prostitución a la violencia de los hombres hacia las mujeres. Pero hoy, tanto como a lo largo de la historia, no pocas mujeres invocan el principio de la libre disposición de sus cuerpos para reivindicar abiertamente el derecho a optar por prostituirse. ¿Es posible hablar a la vez de violencia y de libre albedrío? Las dos corrientes, la abolicionista y la reglamentarista, se enfrentan, y sus argumentos se apoyan tanto en la moral laica como en la filosofía o los derechos humanos.

Es precisamente en nombre de los derechos humanos que las abolicionistas subrayan la explotación dentro de una auténtica industria capitalista del sexo, fundada en una relación de violencias y de explotación, en la negación de la igualdad del prójimo, de sus derechos, de sus deseos, en la coacción de los más vulnerables por el dinero. Para la antropóloga Nicole Claude Mathieu, “la prostitución constituye una apropiación del cuerpo y el trabajo de las mujeres por los hombres”. Vender la propia fuerza de trabajo por el trabajo sexual es asimilable a la esclavitud.

Ellas recuerdan también que, en tanto que el consejo de Amnistía International (Dublín 7/8/2015) propone despenalizar a las personas prostituidas y el proxenetismo "no coercitivo", como así una amplia permisividad para los consumidores, según la policía holandesa esta política, ya instaurada en 2000 en Alemania y en 2010 en los Países Bajos, sólo fue de provecho para los proxenetas, mientras que las personas prostituidas están siempre reclutadas entre los grupos más discriminados y se las fuerza a la prostitución. No es más alentador el resultado en Alemania. En mayo de 2013, Der Spiegel consagraba un entero dossier a la Alemania-burdel, subtitulado De cómo el Estado promovió la trata de mujeres.

Según el primer informe mundial sobre la explotación sexual, publicado recientemente, el 80% de las prostitutas son mujeres o niñitas, y unos tres cuartos tienen entre 13 y 25 años de edad. Según el recién estudioProstCostrealizado en Francia a partir de dos importantes portales de anuncios, la prostitución se ejerce a 62% por Internet, a 30% en la calle, a 8% en los bares y salas de masajes. Los gastos por clientes serían de 3,2 mil millones de euros por año. El abolicionismo de hoy nada tiene que ver, entonces, con un rancio puritanismo ni la vieja moral cristiana, sino que reivindica directamente la liberación del cuerpo y su derecho al libre disfrute.

Otra corriente feminista, llamada “reglamentarista”, preferiría el reconocimiento efectivo del trabajo sexual y la protección en todos sus aspectos. Constatando la permanencia contra viento y marea de la prostitución en los siglos y en el mundo, y mofándose de la mirada moralista y estigmatizando que la sociedad dirige a las trabajadoras del sexo, esta corriente defiende los derechos de dichas trabajadoras a la imagen de todas las otras. Y más, tratándose de la moral, ¿qué decir de las sociedades en las que se admite que las jovencitas –¿y hasta las niñitas?– sean entregadas al matrimonio contra su voluntad, mientras se condena la prostitución? La liberación de la sexualidad femenina estaría a la base del abolicionismo, liberación que aterroriza la sociedad de manera primaria y arcaica puesto que plantea el problema fundamental de la filiación. Negar la posibilidad de una prostitución voluntaria es negar la realidad del fenómeno. Para Michel Foucault “nada, en la sexualidad, debería penalizarse”.

Se trataría simplemente de normalizar una situación altamente irregular, fuera de toda norma legal, y aplicar los derechos en vigor: la protección de la persona física, la salud, la seguridad social, la jubilación y las ayudas a la maternidad. Dado que en el mundo del trabajo no es posible escapar de la explotación, es perfectamente concebible preferir el sexo a la fábrica. Para Judith Butler –filósofa norteamericana– “es preferible ser una trabajadora del sexo que una simple trabajadora”. Nuestra libertad no es libre de condiciones sociales. En todas partes, en el trabajo, hay también sumisión y obligaciones del cuerpo –y del espíritu– por los horarios, las cadencias, jerarquías abusivas y, a menudo, salarios inferiores y no mucha satisfacción mayor. En la prostitución, ni el deseo ni el consentimiento son totalmente ausentes. En un caso como en otro, se trata en primer lugar del respeto de la persona, de su libre albedrío, de su libertad y, en este caso en especial, de su protección contra los abusos inherentes a un capitalismo mafioso que asola en este campo más que en otros, pero no sólo.

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