Cuando una llamada lo es todo...

6.467 niños llamaron el año pasado angustiados, pidiendo ayuda porque no querían seguir viviendo. Niños o adolescentes que tenían ya todo preparado, sabían cómo iban a hacerlo y estaban en una situación límite. Pero algo, en esos últimos instantes, les hizo marcar un número, el de ANAR, para pedir ayuda o para ser escuchados.

La cifra es terrible: detrás de ese número hay vidas, historias de niños o adolescentes que tienen toda la vida por delante pero que se sienten perdidos, sin horizonte, angustiados por un abuso, por un acoso escolar, por no sentirse protegidos o admitidos en un entorno.

La conducta suicida de menores de edad se ha convertido, por cuarto año consecutivo, en el principal problema atendido por las Líneas de Ayuda ANAR. Cuentan que de esos 6.467, 1.405 ya habían iniciado el intento de suicidio. Es ahí cuando los psicólogos activan todos los protocolos, con avisos a emergencias para que acudan a ese lugar, a ese domicilio o a donde estén, para evitarlo, mientras esa persona intenta mantenerlo al teléfono, hablando con él o con ella, escuchándole y buscando tiempo, un tiempo valiosísimo.

No somos conscientes de todo lo que eso supone y hoy quiero ponerlo en valor aquí. Profesionales que cada día escuchan historias terribles y que brindan su ayuda, de la mejor forma posible, salvando vidas.

La conducta suicida de menores de edad tiene patrones que se repiten (...), que empiezan a suponer un repunte en este tipo de conductas y que tienen que ver con las redes sociales

Ellos, los trabajadores de ANAR, piden ayuda. Porque esos 6.467 niños o adolescentes sufrían algún tipo de violencia. Y eso sólo se soluciona trabajando no sólo con ellos, sino con el entorno. Con sus familias, con los centros escolares, con los amigos…

Pero nos hemos quedado con la punta del iceberg. Esa cifra representa los casos más graves que atendieron sólo el año pasado. La fundación ANAR recibió casi 20 mil llamadas. 20 mil llamadas de niños o adolescentes que no tenían con quién desahogarse, que habían sufrido algún tipo de violencia, que tenían ansiedad, que estaban tristes…

Hay muchos motivos detrás de ese aumento, detrás de esas llamadas. Y seguramente, en cada historia, los matices son fundamentales. Pero hay patrones que se repiten, que empiezan a suponer un repunte en este tipo de conductas y que tienen mucho que ver con las redes sociales. Se han convertido en un espejo en el que es imposible reconocerse. Hay vidas perfectas, viajes perfectos, cuerpos perfectos que son irreales e inalcanzables. Que generan frustración y muchísima ansiedad. Necesidad de ser algo que jamás será posible. Y que sería, incluso, perjudicial. Necesitamos gente diferente, cuerpos diferentes, vidas diferentes porque, en la diversidad, podremos crecer, aceptarnos. Y esto sí que tiene una fácil solución. Sabemos cuál es.

6.467 niños llamaron el año pasado angustiados, pidiendo ayuda porque no querían seguir viviendo. Niños o adolescentes que tenían ya todo preparado, sabían cómo iban a hacerlo y estaban en una situación límite. Pero algo, en esos últimos instantes, les hizo marcar un número, el de ANAR, para pedir ayuda o para ser escuchados.

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