¿Se acuerdan de cuando Colin Powell se presentó ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para defender con informes, imágenes de satélite, que Hussein tenía armas de destrucción masiva y por eso habían atacado Irak? Tiempo después se descubrió que aquellos informes de la inteligencia estadounidense eran falsos. Las armas nunca se encontraron y aquello quedó como una de las grandes mentiras de la Administración Bush y de aquella invasión que terminó mal, como acaban todas. A Powell aquella mentira le persiguió el resto de su vida; para muchos, una “mancha” en su carrera política que siempre le pesó.
Hoy recuerdo aquello mientras escucho a Trump contarnos mil versiones, todas contradictorias entre sí, de por qué ha comenzado esta guerra contra Irán. Mentiras que no se molesta en rectificar. De todas las versiones, la más inquietante, la que mejor define cómo nos estamos moviendo, en manos de quién estamos, es la que ha dado sobre la “corazonada” que tuvo su yerno de que Irán iba a atacar primero y que había que acelerarlo todo. Y lo hizo. Sin medir las consecuencias. Algunos analistas comparan a Trump con un niño de 5 años jugando a los marcianitos, divirtiéndose desde su despacho con todo lo que está pasando. Él mismo admitía el otro día que ordenó hundir un barco porque le pareció más “divertido” que interceptarlo. Es todo tan sumamente delirante que da miedo.
Vamos a pagar más por el capricho de un hombre de entrar en guerra y reventar el orden mundial
La cuestión es que esto hace ya mucho tiempo que ha dejado de ser una cuestión ajena. Lo que hace y dice Trump nos afecta. Todo se va a encarecer. Da igual que esté relacionado o no. Da igual que lo que compremos en el supermercado pase o no por el Estrecho de Ormuz. La crisis energética impacta en todo. En llenar el depósito del coche, en las hipotecas, en la cesta de la compra, en el gas, en lo que nos cuesta la luz… En todo. Vamos a pagar más por el capricho de un hombre de entrar en guerra y reventar el orden mundial. Hay miles de circunstancias individuales que se van a ver alteradas, personas que tenían un contrato de trabajo para mudarse en las próximas semanas a alguno de los países afectados que ahora mismo no saben qué hacer, vacaciones suspendidas porque el lugar de destino ha dejado de ser seguro, planes para empezar a construirse una casa que se ven trastocados porque también los materiales de construcción se van a encarecer…
A todo esto, Trump el miércoles decidió por su cuenta y riesgo que la guerra había terminado. Él la empezó y él la termina, para eso es Trump. Pero no hay nada que haya cambiado. Los ataques siguen, en un lado y en otro. La gente sigue muriendo y el Estrecho de Ormuz sigue bloqueado provocando que el barril de petróleo se encarezca día a día.
Hace un año nos temíamos que Trump iba a provocar más de un tsunami político. Nunca imaginamos que iba a ser de tal calibre. Y mucho me temo que aún es posible que lo empeore más.
¿Se acuerdan de cuando Colin Powell se presentó ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para defender con informes, imágenes de satélite, que Hussein tenía armas de destrucción masiva y por eso habían atacado Irak? Tiempo después se descubrió que aquellos informes de la inteligencia estadounidense eran falsos. Las armas nunca se encontraron y aquello quedó como una de las grandes mentiras de la Administración Bush y de aquella invasión que terminó mal, como acaban todas. A Powell aquella mentira le persiguió el resto de su vida; para muchos, una “mancha” en su carrera política que siempre le pesó.