Gran parte de lo que estamos viviendo en los procesos electorales, los de aquí y los de fuera, con ese avance imparable de posturas ultras, que piden regresar a tiempos pasados, tiene mucho que ver con lo que estamos descubriendo estos días. Con esos casos de corrupción, de tramas intentando mover hilos para doblegar a poderes como el judicial o el policial a su antojo. Lo uno es consecuencia de lo otro. Y eso deberían de entenderlo quienes insisten en negar lo evidente, en empeñarse en hablar de conspiraciones o de tiempos judiciales pactados. Están alimentando eso que ellos mismos dicen querer frenar.
De todo lo que estamos sabiendo sobre el sumario del caso Leire Díez, que es mucho y muy grave, me llama mucho la atención la normalidad con la que asumen los que participan en la trama que pueden doblegar la voluntad de jueces, fiscales o testigos. Cómo dan por hecho que esto se puede hacer y se hará. Dando a entender que, quizás, esto ha pasado más veces y que no nos hemos enterado.
Casos como el de Leire Díez son el mejor torpedo en la línea de flotación de la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático. Son el mejor cheque en blanco para todos esos salvapatrias que se están frotando las manos con todo esto y que vendrán a decirnos que con ellos las instituciones no serán asaltadas ni doblegadas. Ni una Gürtel ni un Ábalos en su mejor momento hacen tanto daño como esto que estamos conociendo esta semana. Con un DAO supuestamente pidiendo ponerse de perfil a sus agentes en las investigaciones y a una directora de la Guardia Civil manteniendo supuestamente reuniones periódicas con una mujer que presumía de lo bien que se le daba la fontanería.
Ni una 'Gürtel' ni un Ábalos en su mejor momento hacen tanto daño como esto que estamos conociendo esta semana
Da pavor ver con qué naturalidad hablan de poder manipular informes para perjudicar a una jueza, cómo pueden comprar voluntades de algunos testigos, cómo manejan cifras de dinero para conseguir destruir pruebas. Sin preguntarse si eso será posible, si se aleja una galaxia entera de los valores que dicen defender. Al revés: se jactan de lo bien que se le está dando todo y de lo contento que se va a poner el number one cuando se entere.
Todo esto es grave. Mucho más que robar a espuertas cuando estás en el poder. Y es grave porque es trabajar contra el sistema para salvar tus intereses. Tratando a las instituciones como juguetes a tu antojo, y a los ciudadanos como pobres ingenuos que no se enteran de nada.
Faltan muchas explicaciones y muchas dimisiones. Faltan muchas decisiones políticas para salvar este barco que hace aguas. Y no me refiero al barco del PSOE o al barco del gobierno de Pedro Sánchez, me refiero al barco de nuestra democracia, ésa que ya está herida y que algunos están rematando de la forma más burda.
Gran parte de lo que estamos viviendo en los procesos electorales, los de aquí y los de fuera, con ese avance imparable de posturas ultras, que piden regresar a tiempos pasados, tiene mucho que ver con lo que estamos descubriendo estos días. Con esos casos de corrupción, de tramas intentando mover hilos para doblegar a poderes como el judicial o el policial a su antojo. Lo uno es consecuencia de lo otro. Y eso deberían de entenderlo quienes insisten en negar lo evidente, en empeñarse en hablar de conspiraciones o de tiempos judiciales pactados. Están alimentando eso que ellos mismos dicen querer frenar.