El vídeo de la semana

Como siempre

Van a tener que acostumbrarse a hacer política. Y los demás, nosotros ciudadanos, testigos más o menos atentos, a descubrir hasta dónde son capaces de exhibir su indisimulada cojera profesional.

Porque, veamos, gestionar es decidir y decidir es renunciar. No hace falta tener éxito en la gestión, ni siquiera experiencia, para considerar esa afirmación como verdad irrefutable. Es de las pocas cosas en la vida que no admite contestación: para andar hay que dar pasos y siempre dejar algo atrás. Sí, es topicazo de libro de autoayuda, pero no por eso menos cierto. De hecho esa es la razón de que esté tan presente en la literatura de lo obvio.

La sensación de bloqueo institucional que hay en Cataluña y en el resto de la España postelectoral tiene mucho que ver con esta anemia política. Absolutamente nadie parece dispuesto a moverse de su sitio y al mismo tiempo se ponen ante el adversario “líneas rojas” que marcan territorios intocables. Líneas con nombre propio, como Artur Mas, o líneas de interés localizado como el referéndum –también catalán–, parecen erigirse en muros infranqueables a la hora de alcanzar acuerdos puntuales o de largo plazo.

La razón es esa falta de musculatura política, ese inexistente hábito de dialogar y renunciar en un país cuyo único periodo verdaderamente democrático ha transcurrido entre mayorías absolutas o minorías apoyadas por partidos nacionalistas de interés limitado a sus propias fronteras territoriales. Pero política de Estado, aquí, en rigor, no ha habido nunca o casi. Para eso había que trabajar e imaginar, y parece que debió agotarse toda esa energía en el diseño de la primera transición.

En España se habla alto y se desafía mucho. Somos más marrulleros que valientes y si hemos dirimido diferencias a porrazo o tiro limpio es porque estábamos convencidos de que al otro nos lo comíamos con patatas.

Hoy veo mucho de eso en casi todos los actores del drama de nuestra política. Hay mucha ínfula y poca crítica, mucho ruido y poca nuez, demasiada chulería y escasa humildad. Ningún sentido de la Historia o del Estado. Como siempre.

Parece como si se midiera con los instrumentos de la propia necesidad más que sobre los deseos de los votantes españoles o catalanes. Y no lo digo sólo por los “zombies” que encabezan todavía los dos grandes partidos, sino sobre todo por los otros, los que venían a cambiar las cosas. Ciudadanos, Podemos y demás “emergentes” necesitan también unas cuantas dosis de humildad. Sobre todo estos últimos –loable, por cierto, la autocrítica del partido de Rivera–. Humildad que suele ser muy útil para aspirar a esa otra virtud del realismo, tan escasa en política.

No puede ni debe haber líneas rojas para sentarse a hacer política que sea nueva, que se olvide de mayorías y apoyos parciales e interesados, que sea de verdad de Estado en presente y en futuro.

Primero, porque eso paraliza la acción decidida y valiente que necesita ahora este país. Pero también porque puede quemar a quienes las trazan. Un ejemplo: hay gente de Podemos que expresa ya en privado cierta preocupación por el empecinamiento de su dirección en el referéndum catalán. Una deuda muy rentable en Cataluña o el País Vasco, pero probablemente lastrante en el resto de España.

Es sólo un apunte. Y hasta –si me apuran– demasiado especulativo. Pero la realidad es que seguimos sin ver en escena una política de verdad. Quizá se esté haciendo en salones u hoteles donde se hable discretamente, pero no creo. Hablan y se mueven los actores en escena con una declamación y un gesto que no permiten hacerse ilusiones.

Los votantes hemos abierto una puerta a un tiempo político que pueda quizá apoyarse en el viejo hábito de la izquierda y la derecha, pero que introduce elementos nuevos para que las cosas empiecen a hacerse de otra manera. Ese es el mensaje de las urnas. Pero hasta ahora incluso los que se dicen abanderados del cambio siguen mostrando los mismos hábitos y los mismos tics que aquellos a los que se pretende sustituir.

Como siempre.

La política, que todo lo mancha

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