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La democracia del clic y el valor de la palabra

Antes se llamaba hemeroteca, hoy es Internet. La red impide el olvido, algo inquietante y tremendamente peligroso desde el punto de vista psicológico –olvidar forma parte de nuestros recursos inconscientes para seguir adelante–, pero utilísimo para el ejercicio de la crítica social o simplemente la atención ciudadana.

Hasta hace muy poquito había que dejarse las pestañas en los archivos para enfrentar a los hombres públicos con sus propias contradicciones de palabra o actuación. Hoy basta un clic. Bien es cierto que esa inmediatez entraña el alto riesgo de recordar siempre a cualquiera lo que haya dicho o hecho y esté en la red, se haya arrepentido o no, o el tiempo le haya llevado a otros territorios: es esa imposibilidad de olvido a que nos aboca esta comunicación universal, y que tan incómoda y hasta injusta puede llegar a ser. Pero tiene la ventaja de permitir que de forma instantánea se nos pueda poner a todos ante el espejo. Y eso, bien mirado, aporta a mi juicio una herramienta que amplía las posibilidades de control y seguimiento ciudadano y con ello la capacidad de decisión e información: incrementa las posibilidades democráticas. Podemos debatir sobre donde poner el límite, en qué parte del campo colocamos las puertas y levantamos fronteras, pero es incuestionable que, como dice el bloguero Pablo Herreros, el entramado tecnológico que universaliza la participación en las redes concede gran parte del poder a las personas.

Esta semana tenemos una prueba más.

Cierto es que el video que acompaña este texto era fácil de localizar incluso en la época preinternet. Requería únicamente que alguien recordara que Rajoy lo había dicho, o que se encontrara con una nota de archivo, y se pusiera a buscarlo entre unas cuantas decenas de cintas de audio o video. Pero era necesario tiempo y algo de oficio. Hoy no: con un clic ya sabemos que hace poco más de un año el presidente del gobierno de España aseguraba que nunca haría lo que ahora va a hacer.

¿Cuánto tardarán en caerse del guindo?

No hará falta insistir aquí en la evidencia de que el PP quiere cambiar la ley electoral para no perder ayuntamientos; como tampoco que esa opción de la lista más votada no es intrínsecamente perversa, sino al contrario, democráticamente más saludable; ni recordar que un consenso general sobre ese y otros cambios electorales –qué bueno sería que se atrevieran a listas abiertas– sería altamente posible y positivo.

Lo que hoy importa es el hecho de que cualquier ciudadano pueda enfrentar a un líder político con responsabilidad de gobierno a su propia contradicción y al valor de su palabra, cada vez más escaso pero todavía exigible como derecho de sus administrados. Y evidenciar, si al final deciden por enésima vez cambiar reglas de juego esenciales con el apoyo de su mayoría absoluta –ojo, también democrático, pero sin la herramienta esencial del diálogo–, que ponen su propio interés temporal y partidario por encima de principios que en otro momento consideraron intocables.

Como su palabra, por ejemplo.

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