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Desde la casa roja

Miedo a tener miedo

Aroa Moreno

Por las noches, le cuento a mi hijo la fábula de la cigarra y la hormiga en versión casa roja, con permiso de La Fontaine. Nuestro cuento está distorsionado, también el final: la cigarra aprende a guardar para el invierno, lección de economía y significación del trabajo, pero la hormiga consigue pararse y cantar. La salida del hormiguero después del invierno es un momento al que damos mucha emoción, la puerta se abre, la nieve se ha derretido y la primavera ha reventado. En estos días, me encuentro atrapada en mitad de esa fábula, sin saber qué insecto soy, guardando no sé cómo, ni para no sé cuándo. Deseando el regreso al paisaje sin saber cómo lo habrá transformado el invierno y con la lección muy presente, ¿seremos capaces de volver a cantar?

Me repito una imagen: los amigos vienen en agosto a comer por mi cumpleaños. ¿Querrán entrar adentro de la casa? ¿Haremos como si aquí no hubiera pasado nada? ¿Alguien hablará de los días más oscuros? ¿Habrá nuevas realidades entre nosotros: mudanzas, separaciones, desempleo, pérdidas? ¿Ya nunca más compartiremos el plato, cucharilla en mano? ¿Seguirán jugando los niños en esa libertad de suciedad y saliva? ¿Y si alguno empieza a toser?

Leo libros y veo películas de la Segunda Guerra Mundial para volver a la última gran levantada de los países. Algo así como: si salimos de aquello... Apuntan desde hace tiempo a los políticos que no deberían utilizar el lenguaje belicista. La pandemia no es una guerra, detrás no está la voluntad de nadie. Pero solo pensándolo como la guerra que nos ha tocado, en cuanto a que es un hecho social total, transformador, he conseguido empezar a encajarlo dentro de su escala. El nuevo arsenal a conquistar será sanitario. Pero una enfermedad no pretende suscitar miedo para apoderarse de ningún territorio. No tiene intención de advertirnos mediante la muerte. Provoca miedo, sin más. Lo que viene es cómo nos libramos de la amenaza que supondrá para algunos regresar a la calle, sabernos frágiles y expuestos y todo lo que esto pueda producir.

Una de las ventajas de la vida en grupo es que las respuestas al miedo evolucionan para convertirse en señales de alarma ante las cuales pueden reaccionar los otros miembros, lo explica José Antonio Marina en Anatomía del miedo (Anagrama, 2012). Pero, ¿qué pasa si el grupo no está unido y atento? Porque también da miedo no haber conseguido cohesión, ni política ni social, frente a un mal tan enorme. Es miedo la inmediatez, el ensayo, el error, las cifras que sí y las que no y la cantidad ingente de ruido generado entre una cosa y otra y de mano en mano. Lo es la velocidad que toman los bulos y cómo nos agarramos a ellos para cimentar de razón nuestras emociones. Miedo es que ahí afuera siga la derecha extrema gritándonos, diciéndonos que la unidad está sobrevalorada, hablando de la muerte para sostenerse viva. Es esa rabia que rápidamente se dirigió estos días sobre los niños y sobre los padres. Es lo que estaba pasando con los abuelos y que no lo quisimos y después ya fue tarde. Es ese pasaporte de inmunidad con el que nos podrían decir si seremos más o menos libres. Es la vulnerabilidad del mundo que conocíamos. Miedo también es la ira con la que hemos estado escribiendo para darnos constantes estocadas sin brillo.

Entiendo que muchos bloqueen la información sobre la pandemia. Pero acepto mal cuando me dicen que en estos días lo saludable es que no se piense, no se escriba, no se opine. Porque mientras, alguien va a seguir pensando, va a seguir escribiendo y opinando. Los que busquen silencio, que no abran las redes. Los que busquen información, deberían saber dónde, y eso sucede siempre cerca del pan y lejos del circo. Las fotografías de viejas vacaciones familiares, de antiguas presentaciones de libros, de las noches de fiesta sobre las aceras de la ciudad, de tu último cumpleaños, no son exactamente un contrario de esta realidad. Pero empiezan a mezclarse en los timelines con las salvas de despedida por los que se han marchado. La vida es también que la enfermedad vaya abandonando naturalmente el dominio de nuestras conversaciones aunque siga manejando nuestra vida más íntima. Y, de alguna manera, este cansancio de malas noticias, plantarse con la intención de comprender los datos y esa desescalada tomada de forma impetuosa también podría asustarme. ¿Y si no sabemos darle, de nuevo, a los que se han ido sin despedida, la memoria obligada? ¿Qué errores repetiríamos en el futuro si volviéramos a olvidarnos de todo con tal de salir adelante cuanto antes?

Pasará. El miedo esconde algo bueno, indica que sigue habiendo algo valioso que salvar. Después de casi cincuenta días en casa, es que no sé cómo voy a afrontar una alegre salida del hormiguero. Creo que viviré durante un tiempo en sus umbrales. La paciencia ha resultado ser una buena compañera de aislamiento.

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