La vida cambia en un instante

“La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Así comienza El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Lo escribió cuando su marido John cayó desplomado durante una cena en su casa de Manhattan en el año 2003. Empezó el libro al año siguiente; lo terminó la noche de fin de año. Contaba la escritora que el pensamiento mágico es aquel que le impedía tirar los zapatos de su marido después de su muerte. Pensaba que, si lo hacía, nunca volvería. Explica en las primeras páginas que cuando tenemos delante un desastre repentino, nos fijamos en la normalidad de las circunstancias en las que tiene lugar lo impensable.

Recuerda también el libro de Didion Marta Jiménez Serrano en su última novela, Oxígeno. Marta, en esta memoria autobiográfica de aquel episodio, disecciona cómo un día de noviembre de 2020 comenzó a sentirse mal hasta caer en el baño de su casa. Sobre la mesa, quedaron los dos platos con las alcachofas que iban a comer ella y su pareja. La caldera de la casa emitía monóxido de carbono y los dos se intoxicaron. Ella, estuvo a punto de irse. “Y si hubiéramos estado dormidos. Y si hubiera sido de noche. Y si hubiera estado sola”, escribe. 

Y si. 

Esa es la estructura de otro libro, Vivir deprisa, de Brigitte Giraud. En él hace recuento, capítulo a capítulo, de todos los condicionales que pudieron evitar la muerte de su marido en un accidente de moto en el año 1999. Claude tenía cuarenta y un años. Los dos tenían un hijo pequeño. Veinte años tardó Giraud en regresar a aquel suceso. Lo hizo cuando decidió, por fin, vender la casa que habitaron juntos, hacer balance y cerrar la herida. Acabar con el pensamiento mágico. “Si el tiempo hubiera estado lluvioso ese martes por la mañana”, titula uno de los capítulos. Si hubiera llovido, probablemente, Claude no habría cogido la Honda aquella mañana, y no habría chocado y no habría muerto. Pero quién sabe.

Un día, mi madre, que atravesó una enfermedad y hoy está limpia de ella, me dijo a mitad de aquella travesía: hay que asumir que la vida acaba cuando acaba. Unos tienen una vida larga; otros, corta. Y ya está. ¿Cómo que ya está, mamá? Sí, llegamos hasta donde llegamos. Desde entonces, despeja mis agobios bajo la experiencia de ese golpe incontestable. Para ella, sobre todo, nada tiene la suficiente relevancia para dedicarle una sola noche de insomnio. De las orejas del lobo una puede aprender mucho. Pero tienes que saber mirarlas. El tiempo vuela. 

De las orejas del lobo una puede aprender mucho. Pero tienes que saber mirarlas. El tiempo vuela

Porque, quizá, eso sea lo único que deberíamos sacar de nuestro paso por aquí: la excepcionalidad de sobrevivir día tras día. Que “lo raro es vivir”. Una mañana soleada y clara recibes un diagnóstico que cambia tu destino y final, una noche de vuelta a casa cruzas una calle y pasa un coche demasiado rápido y no sabes reaccionar para esquivarlo, una tarde de enero te subes a un tren que descarrila. 

El accidente de Adamuz, que ha dejado cuarenta y cinco muertos y decenas de heridos, nos ha obligado a mirar hacia nuestra fragilidad. Cuántos no nos hemos visto detenidos, quizá el mismo día anterior, en uno de esos trenes en medio de los olivares sin saber por qué. Cuántos no cambiaron, por una razón que ayer fue intrascendente, la hora de salida de aquel viaje, salvando, quizá, su vida. Y si hubiera sido otra la fecha de aquel examen de las oposiciones. Y si no hubiéramos decidido que sería ese fin de semana tan frío el que pasaríamos en Madrid. 

Después de la catástrofe, por encima del ruido disparado que esperemos desemboque en claridad, queda la sabiduría de quienes han estado ahí. He vuelto a nacer, decía Rocío, una mujer que fue a las pruebas de Instituciones Penitenciarias y que decidió que, esa vez, la última en que se presentaba, no haría el mismo trayecto que sus compañeros y regresaría el lunes. Es lo que nos enseña la historia de Agustín, camarero del Alvia, que esquivó a la muerte en Angrois, en aquella curva camino de Santiago, porque cambió el turno con un compañero, pero falleció en Adamuz cuando salió de la cafetería para ir al baño. Es la existencia del dolor de la madre de Mario, que puso una tarta en la mesa de su casa de Huelva para el cuarenta y dos cumpleaños de su hijo, que nunca llegó. 

Volver a nacer cada día: una cuenta en blanco para reordenar las prioridades. La afirmación de volver a abrir los ojos un amanecer tras otro. O la extraña camaradería y vulnerabilidad de los que esperan en una puerta de embarque de una estación cualquiera, miradas laterales y desconocidas que seguirán adelante casi siempre. Recordemos eso: hacer que estar aquí valga la pena por el tiempo que sea. Tan obvio, tan descuidado.

“La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”. Así comienza El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Lo escribió cuando su marido John cayó desplomado durante una cena en su casa de Manhattan en el año 2003. Empezó el libro al año siguiente; lo terminó la noche de fin de año. Contaba la escritora que el pensamiento mágico es aquel que le impedía tirar los zapatos de su marido después de su muerte. Pensaba que, si lo hacía, nunca volvería. Explica en las primeras páginas que cuando tenemos delante un desastre repentino, nos fijamos en la normalidad de las circunstancias en las que tiene lugar lo impensable.

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