El acrónimo TACO –Trump Always Chickens Out, algo así como “Trump siempre se acobarda”– se está popularizando. Describe la pauta de comportamiento del siniestro personaje que Estados Unidos tiene como presidente y que sufre la humanidad entera. Anuncia altísimos aranceles para medio mundo y luego aplaza su imposición o directamente ni los aplica. Proclama su intención de hacerse con Groenlandia y se limita a enviar de visita a su vicepresidente. Anuncia literalmente la destrucción de la civilización persa pero luego se da dos semanas de supuesta negociación, como sucedió en la noche de este miércoles.
Según el propio Trump, se trata de una estrategia. Sería “el arte de la negociación” que dio título a su superventas de los años 80, del que el magnate no escribió en realidad ni una línea, según su editor y el escritor que lo redactó. De modo que cuando alguien le preguntó recientemente por qué amenazaba para luego retractarse, el inquirido soltó su típica bravata: “Se llama negociación. Fijas una cifra y, si bajas... Ya sabes, fijo una cifra ridículamente alta y bajo un poco”.
El penúltimo disparate de Trump es poner a Estados Unidos al servicio del sionismo sin la más mínima contrapartida
Trump se pone de los nervios cuando le llaman gallina, tanto como cuando le dicen que pierde pelo, que sufre sobrepeso o que tiene las extremidades cortas (recuérdese la broma de Obama sobre la obsesión de Trump con el tamaño…). La cosa sería para reírse si no fuera trágica. Trump ha ordenado matar a cientos –o miles– de personas. Ha puesto patas arriba lo poco que había de institucionalidad en el orden internacional. Ha liquidado la credibilidad de su país y ha roto con sus propios aliados para alinearse con los sátrapas y los asesinos. Está perjudicando la economía del mundo entero subiendo precios y contrayendo el crecimiento no solo de sus propios compatriotas sino de todo el planeta. Es, por lo demás, un delincuente convicto, con mucha probabilidad pedófilo, y con total seguridad putero, machista, racista y mentiroso compulsivo. También un hortera engreído que está poniendo su nombre en el Centro Kennedy de las Artes Escénicas (que el otro día le abucheó en un estreno), su firma en los billetes de dólar por primera vez en la historia y sus obsesivos dorados en una estatua de estilo norcoreano o en un salón de baile grimoso en el ala Este de la Casa Blanca. De lo del Nobel de la paz recibido de manos de María Corina Machado ya ni hablamos.
¿Para qué? ¿Por qué? La hipótesis predominante es que Donald Trump sufre problemas mentales. Se le atribuye demencia, Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en niveles graves y Personalidad Narcisista. Con ese supuesto diagnóstico –porque Donald Trump no ha entregado sus informes médicos desde hace una década–, este señor no podría presidir el país según sus propias normas. Entre sus seguidores hay ya preocupación por el comportamiento de su líder. Por unos motivos o por otros, el nivel de aprobación de Trump está en caída libre, en las peores cotas de la historia para un presidente en su segundo año del segundo mandato.
En eso se distingue de otros autócratas del mundo. Por increíble que nos parezca, muchos israelíes y muchos rusos aprueban la gestión de sus respectivos jefes de gobierno en sus macabras aventuras expansionistas. En esos casos las decisiones, por muy criminales que sean, al menos obedecen a una estrategia: robarle las tierras al vecino. En el caso de Trump nadie entiende qué pretende hacer con Irán. Una investigación exclusiva del New York Times de esta misma semana constata que lo único que hizo el magnate naranja al decidir invadir Irán fue seguir las instrucciones de Netanyahu. El penúltimo disparate de Trump es poner a Estados Unidos al servicio del sionismo sin la más mínima contrapartida. Las elecciones intermedias de noviembre podrían cambiar la mayoría en el Congreso y en el Senado y quizá provocar un proceso de censura que le sacara de la Casa Blanca; pero la alternativa –el lunático converso ultracatólico J.D. Vance– también sería una tragedia.
Sólo hay una lógica posible en el comportamiento de Trump, y es la económica. Podría suceder que su codicia fuera de tal tamaño que, estando bien de la cabeza, siendo en realidad un habilidosísimo empresario, un extraordinario negociador y un actor portentoso, estuviera dispuesto a hacerse pasar por un chalado para obtener ganancias económicas. No en vano se calcula que gracias a sus acuerdos con las dictaduras del Golfo Pérsico, al avión que le regaló Catar, los tejemanejes con las criptomonedas, las ventas de baratijas MAGA y otros chanchullos varios, los ingresos personales y familiares netos desde que Trump volvió a la presidencia, han sido de varios millones de dólares: unos mil cuatrocientos según la revista Forbes y tres mil cuatrocientos según The New Yorker. Cada día parece más probable que Trump morirá asesinado, encarcelado o como poco denostado como un borrón humillante en la historia de América. Pero mientras tanto se está haciendo aún más rico. Podría no ser tan idiota como parece.
El acrónimo TACO –Trump Always Chickens Out, algo así como “Trump siempre se acobarda”– se está popularizando. Describe la pauta de comportamiento del siniestro personaje que Estados Unidos tiene como presidente y que sufre la humanidad entera. Anuncia altísimos aranceles para medio mundo y luego aplaza su imposición o directamente ni los aplica. Proclama su intención de hacerse con Groenlandia y se limita a enviar de visita a su vicepresidente. Anuncia literalmente la destrucción de la civilización persa pero luego se da dos semanas de supuesta negociación, como sucedió en la noche de este miércoles.