Desde la tramoya

¿Por qué tendría el rey emérito que corromperse?

Luis Arroyo

Cualquier ciudadano común se preguntará qué motivos tenía Don Juan Carlos para meterse en líos, disponiendo de un palacio donde vivir, amigos cuyos barcos tripular, avión y coches oficiales, fiestas a las que acudir, buen salario garantizado de por vida, e incluso un trabajo estupendo que desempeñar: el de mito de la transición, embajador campechano y divertido y consuelo del país en momentos de dificultad. ¿Por qué habría el rey de abrir cuentas en paraísos fiscales, hacer operaciones con testaferros, ocultar patrimonio y defraudar a la hacienda pública? (Todo presuntamente, por supuesto, aunque si su hijo, nuestro rey, le ha retirado su asignación y ha decidido despreciarle en público, y el presidente del Gobierno ha afirmado que le perturban las informaciones sobre esos mismos extremos, quizá la cosa no sea tan presunta...).

Para comprender los motivos del rey emérito hay que recurrir a la psicología de la corrupción. Una buena compilación está en el libro de Dan Ariely Por qué mentimos... (Ariel, 2012).

Primero, Juan Carlos debió sentir que merecía alguna compensación por la situación precaria en la que le dejaron a él y a su familia la República primero y luego la Dictadura. Su abuelo, Alfonso XIII, era el propietario de bienes de incalculable valor hasta que fueron nacionalizados en 1931: entre otras muchas propiedades, los palacios reales de Madrid, de la Granja y Riofrío, de la Magdalena en Santander, el pabellón de caza de La Zarzuela... Cuando Juan Carlos es nombrado príncipe, en tiempo de Franco, y luego cuando asume el trono, apenas tiene un chalet en Puerta de Hierro y la casa del exilio en Estoril. No mucho más, al menos que se sepa.

Quizá por eso debió pensar que no estaba mal llevarse, como parece que ocurría, un porcentaje de toda la gasolina comprada a los árabes, cesión graciosa del caudillo, recibir una cuantiosa donación de esos mismos árabes a la democracia española, o similares. El grado en que uno justifica su corrupción es proporcional a la racionalización que es capaz de hacer sobre los motivos que tiene para corromperse. Así, quizá pensaba Juan Carlos que si otras coronas europeas, como la inglesa, mantenían en sus manos miles de propiedades históricas, él tendría “derecho”, por un lado, a algunas compensaciones por la nacionalización de los bienes de su familia. Y que si él estaba ofreciendo su sacrificio personal a la causa de la democracia española, de algún modo debía pagársele por ello, más allá de la paga mensual, a todas luces ridícula para la magna labor de traer la democracia a España. Ese tipo de racionalizaciones, por pintorescas que nos parezcan, es habitual en quienes se dejan corromper.

En segundo lugar, es posible que el rey fuera “víctima” del proceso llamado de la “pendiente resbaladiza”. Con esa metáfora se explica que la corrupción puede ser un fenómeno gradual. Uno no se convierte de la noche a la mañana en un estafador millonario. El camino habitual es progresivo, como subir una pendiente resbaladiza. Empiezas llevándote paquetes de folios de la oficina y terminas llevándote el ordenador. Imaginemos eso a escala real: puede que empiecen regalándote un barco (curiosamente llamado Bribón) y a los pocos años estás recibiendo decenas de millones de un rey amigo (suponiendo que las "perturbadoras informaciones" se confirmen). Hay un estudio que cuestiona la hipótesis de la pendiente resbaladiza, y que constata con interesantes experimentos con estudiantes que es más habitual aceptar un gran y único acto de corrupción si este es muy lucrativo (un pelotazo, diríamos aquí) que decenas de progresivos actos de corrupción. Pero sabiendo que el rey nació y vivió en el exilio la primera parte de su vida, es verosímil pensar que su vida haya sido una lucha constante por justificar su subsistencia (en el nivel real, claro, que es más caro que el plebeyo), y que fuera poco a poco aceptando “ayudas” de aquí y de allá.

He ahí, tercero, otro motivo para "justificar" los presuntos desmanes de Juan Carlos: el contexto. Vivir en un contexto en el que la corrupción es normal alivia el sentimiento de culpa. Si en los bancos suizos o panameños entraban y salían constantemente elegantes abogados y testaferros de los monarcas y las grandes fortunas del mundo que se encontraban en las pistas de esquí alpinas o los puertos mediterráneos, pues la cosa no les parecería tan grave. Es posible que el que no tuviera una cuenta en Ginebra o renegara del comportamiento de sus colegas pasara por imbécil o por aguafiestas. Y si, como parece, las autoridades españolas, Gobierno y fuerzas políticas mayoritarias incluidas, fueron condescendientes e incluso cómplices de las maniobras reales, entonces ¿quién podría exigir a Juan Carlos que se comportara como San Francisco de Asís?

Es así como un ser humano que lo tiene todo, incluso un lugar privilegiado reservado en la Historia, puede echarlo todo por tierra y hundir su reputación, sin apenas darse cuenta.

Juan Carlos I sacó más de 100.000 euros al mes en metálico de su cuenta en suiza entre 2008 y 2012

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