Plaza Pública

Ellos o nosotros

Houda Louassini

Me he otorgado el derecho de opinar con honestidad sobre una cuestión en la que he evitado profundizar por pereza y sobre todo por hartazgo. Advierto que este artículo no tiene pretensiones intelectuales ni pretende resolver ningún dilema, solo es un ejercicio terapéutico y quizás hasta un poco egocéntrico.

Las últimas semanas hemos vivido en Francia unas turbulencias burkinianas provocadas por unas decisiones torpes y mal avenidas de unos alcaldes de la Costa Azul, acrecentando más el malestar en un contexto que ya de por sí está electrizado y tenso a causa de los últimos atentados en el país. Afortunadamente, el Consejo de Estado de Francia ha rectificado el error al considerar que la prohibición del burkini atenta contra las libertades fundamentales.

La libertad es un concepto relativo y hasta cierto punto ambiguo. No voy a entrar en un debate sobre su definición, ni a polemizar sobre sus límites, ni a pretender negar su ejercicio a quien se halla bajo una presión social o alienación doctrinal, ni a llamar la atención sobre el hecho de que nunca podremos distinguir entre la libertad y la ilusión de la libertad.

Estaba de vacaciones en Tánger cuando me pilló el escándalo del burkini. La primera reacción que tuve al enterarme de la prohibición fue: “¡Toma ya! ¡Qué bien! ¡Vive la France!”. Desde que llegué a Tánger, iba a la playa con mis amigas por la mañana, muy temprano para evitar las horas de gran afluencia, porque cuando llegan ellos, los barbudos con sus mujeres y prole, se acaba la tranquilidad y la relajación. Al día siguiente, sentadas en la playa les pregunté a mis amigas su opinión sobre la prohibición del burkini. Todas sin excepción aplaudieron la osadía de Francia. Por fin alguien les para los pies a estos iluminados, pensamos todas, satisfechas disfrutando un momento del regodeo de la revancha.

Se preguntarán ustedes cómo es posible que me esté contradiciendo con la introducción de mi artículo. Pues allá va, les voy a explicar qué es lo que estamos viviendo las mujeres marroquíes que vamos a la playa con bañadores. Ellos, "los religiosos ultra practicantes", son muy cansinos, tremendamente agobiantes. Hoy en día las mujeres en Tánger nos organizamos para evitar los lugares que frecuentan ellos por miedo a su acosoellos.

Durante mi infancia no existía ni la abaya ni el burka ni el burkini. Estas prendas sencillamente no existían. Nuestras madres nadaban con bañadores y nuestras abuelas nos acompañaban para disfrutar de un día en el mar pero no se metían en el agua por pudor. Se quedaban vestidas bajo la sombrilla vigilando a los nietos. No olvidemos que la moda de bañarse es relativamente reciente en Marruecos. Llegó con los europeos a principios del siglo XX, y nuestras abuelas, que salían tapadas con hayek o yellaba, no se iban a desnudar como si nada. Sin embargo, no les parecía nada condenable que sus hijas y nietas lo hiciesen. Eran unos tiempos sosegados, en los que la religión se vivía en la intimidad del hogar. Antes la gente era practicante sin ostentación, discreta y pudorosa en su religiosidad. Hay que llamar la atención sobre esta nueva moda de practicar su fe cara al exterior en una carrera de “quién es mejor musulmán” con pruebas vinculadas a la apariencia externa como medidor del grado de devoción.

Rodeados del mar Mediterráneo y del océano Atlántico, los tangerinos pasábamos nuestras vacaciones en la playa. Nuestros atuendos eran diversificados, cuidados y coquetos, no íbamos a ponernos lo mismo todos los días. Así que ir a la playa requería todo un ceremonial y preparación: vestidos combinados con nuestros bañadores y toallas coloreadas que íbamos cambiando a lo largo del verano. Nos dábamos cita familiares y amigos para disfrutar juntos del día en la playa del centro de Tánger, donde había unas cabañas que se alquilaban para cambiarse y donde estaba prohibido entrar vestido con otra prenda que no fuese un bañador. Y nadie se quejaba, había que respetar las reglas. La gente que no quería bañarse se quedaba tomando un refresco en alguno de los numerosos chiringuitos o en los miradores y terrazas disfrutando de la vista. En las playas de las afueras de la ciudad, el acceso era libre y hasta podíamos acampar durante días, lo que hacíamos a menudo en familia o con amigos. Para los tangerinos, el mar y el disfrute del mar forma parte de nuestra cultura y de nuestros más preciados recuerdos.

Después de este nostálgico salto hacia atrás, voy a volver al presente para describir el estado de las playas tangerinas hoy en día. A pesar de todo el empeño público en cuidar los litorales, la dejadez y la sinvergonzonería han expoliado las buenas maneras de antaño. Algunas mujeres se meten vestidas en el agua, y les aseguro que parecen sábanas flotantes. Y yo les digo que si quieren seguir los preceptos del profeta que sepan que la gente no se bañaba por aquel entonces y que simplemente deberían quedarse en sus casas. Si quieren acompañar a sus hijos, pues les recomiendo que permanezcan sentadas bajo la sombrilla, con pudor y sobre todo con dignidad como lo hacían nuestras abuelas. Porque si la intención es no provocar, el resultado es contraproducente, están completamente erradas, no hay nada más sugerente que una ropa mojada que se pega al cuerpo. Llaman la atención más que nadie cuando entran y salen del mar, cuando el Islam lo que recomienda es una vestimenta discreta que pase desapercibida, el resultado es el inverso.

El burkini, este nuevo atuendo que empieza a invadir las playas, es una moda reciente, no forma parte de nuestra cultura ni de nuestra tradición vestimentaria. A quienes llaman al respeto de culturas ajenas, se les agradece la intención, pero les aseguro que no es el caso. Esas prácticas que nos vienen de los países del Golfo representan una nueva colonización cultural que estamos sufriendo y que tenemos que aguantar en nombre de una tolerancia que no es correspondida ni recíproca. Ellas, las cuervas, y sus maridos nos hacen sentir como bichos raros. Para evitar sus miradas condenatorias, y a veces hasta comentarios en voz alta, nos cubrimos con nuestros pareos una vez fuera del agua. Además, no se dan cuenta de lo absurdo de sus ropajes cuando sus maridos están al lado con sus bañadores, relajados, frescos y tan a gusto. Mucha rabia me ha provocado ver tal regresión en mi tierra. Es como una pesadilla o una película de ciencia ficción donde una ciudad ha sido invadida por unos extraños seres que se apoderan de los humanos, los habitan y controlan sus mentes. Son arrogantes y agresivos, se creen en su derecho y nos niegan el nuestro. Son una marea negra que se extiende y se propaga, se hallan en todas las clases sociales, presionan y acaparan a más seguidores. Muchas mujeres terminan por acceder a cubrirse por cansancio y no por convicción, para que las dejen en paz. Y lo reconocen: amigas y conocidas me lo confirmaron.

Así que perdonen ustedes la aversión que siento hacia los partidarios del burkini. Por respeto hacia la memoria de las feministas árabes que han luchado desde finales del siglo XIX, solo puedo lamentar este retroceso de nuestras libertades alimentado por la propaganda wahabista que nos llega desde Arabia Saudí. Hace décadas que empezaron su invasión y están ganando esta guerra de ideas gracias a su dinero e influencias. Nosotros corremos el riesgo de mudarnos en minoría en nuestras tierras, mirando impotentes como nuestra sociedad se está convirtiendo a una religión nueva. La deriva es patente y por mucho que en Marruecos se insista oficialmente sobre nuestra tradición de moderación, la verdad es que las corrientes de carácter salafista se están incrustando con fuerza, el adoctrinamiento sibilino ha dado sus frutos. Tenemos una generación joven (víctima de la política errada del sistema educativo en Marruecos y de sus reformas introducidas hace más de dos décadas) absorbida por majaderías, con sus páginas de Facebook plagadas de oraciones y recomendaciones religiosas. En sus conversaciones parecen saber más que nadie de teología islámica como si fuesen todos ulemas y doctos graduados de la Universidad de Alkarawiyin. Hablan de lícito e ilícito en el Islam a diestro y siniestro, amenazando con el infierno a cualquiera que discrepe con ellos. No escuchan al otro, no respetan al otro.

Nuestro silencio ante su estupidez les refuerza y les da alas. Porque en el fondo estamos convencidos de que cualquier intento de diálogo con ellos es inútil. Por ello solemos guardar silencio, quizá un mutismo despectivo, pero silencio al fin y al cabo. No en vano sentencia el dicho “quien calla, otorga”. Mientras nosotros nos apocamos, ellos se empoderan. No es la mejor manera de contrarrestar el radicalismo islámico, nuestra inercia nos convierte en cómplices involuntarios.

Después de los primeros instantes de euforia y después de digerir la noticia de la prohibición del burkini en algunas playas de Francia, empezamos a analizar la cuestión mis amigas y yo, y entonces nos quedó claro que lo que sentíamos era humano y comprensible, pero no aceptable. Nuestra impotencia nos cegó. La prepotencia y arrogancia de los islamistas nos ha hecho perder la objetividad. No podemos aplaudir tal iniciativa que parte de la misma intención viciada, controlar los cuerpos de las mujeres. Son las dos caras de la misma moneda.

La mayoría de las feministas nos oponemos a la prohibición de llevar un burkini. Nuestras convicciones como defensoras de los derechos humanos y de las libertades individuales nos impiden justificar tal intromisión. Ahora bien, que quede claro que si algún día ellos consiguen el poder, podemos decir adiós a nuestro modo de vida. Tenemos que tragar nuestra rabia y frustración ante su insolencia y jactancia porque creemos en valores que no son compartidos por ellos. Estamos condenados a ser mejores que ellos, porque nos rigen ideales más racionales, nos mueve la ética y no el miedo a un dios cualquiera.

Me siento mucho mejor ahora que lo he dicho.

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Houda Louassini

es escritora e hispanista marroquí.

Un enfoque jurídico al asunto del burka y el burkini

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