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La política no admite ERTEs

Cristina Monge

Dado que esta es una crisis sin precedentes en todos los aspectos –sanitarios, económicos, sociales…–, no es posible rebuscar en el pasado precedentes que lleven al éxito. Por eso es más importante que nunca ir observando, día a día, la evolución de los acontecimientos en países similares, para en la comparación ir encontrando pistas de buenas prácticas y poder valorar con rigor la gestión de la crisis, tanto en su vertiente sanitaria como política.

En la primera, hay quienes acusan al Gobierno de haber reaccionado tarde y mal. Es posible que algo de eso haya, pero, aunque no consuele, no se puede dejar de señalar que las medidas adoptadas han sido de las más rigurosas y anticipadas de las que se han adoptado en Europa. Conviene echar un ojo a estas comparativas entre las medidas de los países de la Unión Europea para relativizar la crítica. Lo cual, por cierto, no quiere decir que no se reaccionara tarde y quizá no de la mejor manera, pero probablemente, de forma parecida al resto, e incluso algo mejor.

En la esfera política, sin embargo, España es una excepción e los países de nuestro entorno. En su última comparecencia el presidente del Gobierno reclamó, con más ahínco que nunca, unidad de las fuerzas políticas y sociales para hacer frente a esa pandemia. Efectivamente, la unidad en estos casos puede ser un asunto de vida o muerte. Algo imprescindible para poder tomar medidas con el respaldo suficiente de forma que se apliquen por los gobiernos autonómicos y los ayuntamientos independientemente de quién gobierne, corresponsables como son en esta crisis como corresponde a un Estado descentralizado como es el español. Así ocurre en la mayoría de países europeos, como se muestra aquí, que han cerrado filas en torno al ejecutivo, en ese fenómeno que describió la ciencia política estadounidense como rally round the flag, es decir, el reagrupamiento en torno al Presidente y la bandera ante una amenaza externa, por ejemplo una guerra.

A la hora de explicar por qué España es en este punto la excepción, unos culparán a una oposición echada al monte y otros a un Gobierno que ha dejado en segundo plano la relación con el resto de fuerzas políticas. Las encuestan que se van conociendo indican que el nivel de apoyo al Gobierno ha ido descendiendo conforme la crisis ha avanzado, pero parte de la máxima de que cada cual respalda a los suyos. Quienes votaron por algunos de los grupos que en estos momentos forman el Gabinete se muestran más conformes que quienes optaron por los partidos que forman la oposición, que muestran mayores críticas.

Dado que queda mucha crisis por delante, y todo es susceptible de cambiar –para bien y para mal–, merece la pena preguntarse qué haría falta para conseguir esa ansiada unidad en torno al Ejecutivo.

En primer lugar, la constatación inequívoca de que se persigue el objetivo común de gestionar la pandemia, y las crisis sociales y económicas que lleva aparejadas, con el menor número de víctimas posible. Los líderes saben que en cuarenta años de democracia los cambios de Gobierno han sido debidos siempre a una crisis, de distintas naturalezas, pero crisis, y hay quien está esperando su turno. Con el mínimo disimulo para no ser percibido como tal –el 92% de los españoles se muestran a favor de un gran acuerdo, según Metroscopia–, pero sin desaprovechar una ocasión para acusar al Gobierno de haber provocado las siete plagas de Egipto. El primer paso, por tanto, es desechar cualquier tentación oportunista y dejar meridianamente claro que el objetivo es compartido.

Una vez centrado este aspecto, y dentro de ese marco del objetivo común, la discrepancia y la crítica deben formar parte de la normalidad. No hay democracia sin ellas. Es más, como dice Ignacio Sánchez-Cuenca en este artículo, "Un sistema político sin una esfera pública plural y vibrante no constituye una democracia plena. No sólo por motivos de libertad de expresión; la libertad de crítica es un instrumento de gran eficacia para evitar que los gobiernos cometan errores graves". La crítica, efectivamente, fortalece la gestión de la crisis porque aumenta el compromiso de los actores políticos y sociales, ayuda a avanzar en la búsqueda de la mejor solución, y con ello aumenta la eficacia del sistema en su conjunto. Esa labor de crítica, imprescindible en cualquier proceso de investigación y gestión del conocimiento, es, sin embargo, considerada un signo de deslealtad en la esfera política, lo que constituye un problema para la propia gestión de la crisis, además de ahondar en el descrédito y la desafección de la ciudadanía a la política. Unidad no es uniformidad. Es más, la lealtad en democracia exige crítica como muestra de compromiso. Crítica, por supuesto, inteligente y constructiva.

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El ejercicio de la crítica lleva aparejado dos elementos irrenunciables en democracia: la transparencia y el diálogo. Transparencia que debe tener como objetivo llegar al conjunto de la sociedad, a cada cual con el tipo y profundidad de discurso adecuado, y hacer uso de todas las tecnologías para incrementar su eficacia. El portal de transparencia, con las herramientas que ya existen, tienen aquí una estupenda oportunidad.

Diálogo crítico y debate constructivo que debería darse tanto en la esfera social como en la política. En la social, habilitando espacios de encuentro con la sociedad civil que respondan a ese anhelo de nueva gobernanza a que aspira la Agenda 2030, tan defendida por los partidos en el gobierno. Y en lo político, volviendo a hacer del Parlamento el templo de la palabra y el debate en el que se encuentra representada el conjunto de la ciudadanía. Probablemente el mayor error de este Gobierno haya sido suspender la actividad ordinaria del Parlamento precisamente cuando más falta hace. En un momento en el que apela a las empresas a implantar el teletrabajo y a mantener la normalidad hasta donde sea posible, el Parlamento apenas ha puesto en marcha medidas para mantener cierto nivel de actividad, precisamente cuando más importante es esa actividad. Las sesiones de control al Gobierno, fundamentales en este contexto de alarma, o el trabajo de algunas comisiones, podrían mantenerse mediante tecnologías y plataformas como las que ya usamos a diario miles de trabajadores en este confinamiento. Existen ya trabajos sobre Parlamento abierto cuyas propuestas ahora serían un balón de oxígeno al parlamentarismo y a la democracia en su conjunto, otra oportunidad para avanzar. Una buena relación y análisis de todas estas herramientas se puede encontrar en esta web de Rafael Rubio, profesor de Derecho Constitucional y experto en tecnología y comunicación para la democracia.

Quienes están gestionando la crisis desde responsabilidades políticas pensarán que bastante tienen con ir salvando el día a día, y no les falta razón. Quizá sea ahora la oportunidad de poner en valor a asesores, profesionales y equipos, tan denostados en otros momentos, como personas clave para la gestión de la crisis. Quienes gobiernan no pueden abandonar la gestión, pero menos aún pueden olvidar la política. De ahí que la propuesta de reducción de salarios de los políticos no deje de ser un guiño populista. No sólo porque lo recaudado resulte un chiste en una crisis de estas dimensiones, sino porque ahonda en la idea de la política y los políticos como algo no esencial y devalúa su sentido. Cosa distinta son las dietas, que no tienen razón de ser cuando sus perceptores permanecen en los respectivos domicilios, y a las que deberían renunciar como anunció hace unos días el diputado y colaborador de infoLibre Odón Elorza. La política es hoy, junto con la sanidad y la alimentación, el sector más esencial, y esos, como sabemos, no echan la persiana. Es hora de más y mejor crítica, más y mejor política, y más y mejores responsables políticos. La Política no admite ERTEs, y mucho menos ahora.

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