La Iglesia, un edificio que amenaza ruina

Juan José Tamayo

Tras casi ocho años al frente del Estado de la Ciudad del Vaticano, minúsculo en territorio, pero el segundo o tercero más numeroso en personas que se declaran miembros del mismo –más de 1.100 millones- y tras 23 años como presidente de la congregación encargada de la ortodoxia, Benedicto XVI ha dejado a la Iglesia católica en un estado calamitoso, comatoso, sin otra manifestación de vida que la pomposidad de sus ceremonias. Hoy la Iglesia vaticana está afectada por un cáncer que hace metástasis en todos sus órganos, desde la cabeza hasta los pies.

El propio Benedicto XVI, recurriendo a una imagen bíblica muy expresiva, la comparó con una viña devastada por jabalíes. Pero los animales devastadores no la atacan desde fuera, sino que están dentro, son los mismos eclesiásticos que deberían cuidar la viña, mimarla para que diera el mejor y más espumoso vino. Pero no, lejos de cultivarla, la han dejado hecha un erial, y sus cepas dan frutos agraces, la cosecha es de un vinagre que no sirve ni para curar las heridas ni para condimentar la comida.

La Iglesia católica como institución es hoy un edificio que amenaza ruina por todas partes, con el peligro de que, al derrumbarse, coja debajo a no pocos creyentes de buena voluntad que todavía la habitan confiados en que fuera de ella no hay salvación. En esta situación no veo fácil la reconstrucción. Quizá lo mejor sea hacer una labor de desescombro y en el solar construir la nueva Iglesia sobre bases sólidas, sobre cimientos más seguros con la mirada puesta no en el Vaticano, sino en el movimiento que puso en marcha Jesús de Nazaret hace casi dos milenios.

Fue una comunidad de iguales (no clónicos), de hombres y de mujeres sin discriminación por razones de género. Un movimiento alternativo a las instituciones romanas y a la organización sacerdotal del judaísmo. Un movimiento marginal que daba prioridad a las prostitutas (a quienes Jesús no considera pecadoras, sino explotadas sexualmente y discriminadas social y religiosamente, no pecadoras), a los heterodoxos y transgresores de la ley, a los perdedores, a la gente de mal vivir. Una comunidad fraterno-sororal y un movimiento alternativo que muy poco tiene que ver con la actual organización de la Iglesia.

En este cónclave, en la elección del Papa y, sobre todo, en el nuevo pontificado la Iglesia católica se juega mucho, diría más, se juega todo: el ser o no ser; la evolución o la involución; la reforma o la contrarreforma; el mirar al pasado y convertirse en una estatua de sal o mirar al futuro con esperanza; el caminar en dirección contraria a la Historia o a su ritmo, e incluso ir por delante marcando el camino, como lo hicieron otrora no pocos movimientos proféticos y utópicos; el ser pieza de museo o convertirse en faro que puede iluminar la oscuridad del presente; el ser una organización anti-ilustrada o colaborar en la ilustración y el despertar de la conciencia de los pueblos donde está ubicada.

Este es el gran desafío, la tarea titánica, el más difícil todavía circense, que tiene la Iglesia delante y que no puede dejar en manos de 115 personas autocalificadas “príncipes de la Iglesia”, y menos aún en manos de una sola persona, el nuevo Papa. Hay que implicar a todos los católicos y católicas, darles voz y voto, e iniciar un proceso constituyente, refundador.

Mucho me temo, empero, que esto no pase de ser un sueño dormido que, al despertar, se queda en una pesadilla. Si así fuere, la Iglesia católica o, al menos, sus dirigentes, se habrían hecho el harakiri, y no podrían responsabilizar a sus supuestos enemigos de “eclesiocidio”. Ellos mismos se habrían suicidado.

Juan José Tamayo es director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III y autor del libro Otra teología es posible (Herder, 2012)

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