Plaza Pública

Implosión en el PSOE

Manuel de la Rocha Rubí

En 44 años de militancia en el PSOE nunca había vivido una situación como la que hemos sufrido esta última semana, de un ataque despiadado por parte de dirigentes y cuadros al secretario general, con ayuda de los medios de comunicación, elaborando una estrategia de derribo que ha abierto una profunda sima en el interior del partido y un distanciamiento muy grave de una parte importante de los simpatizantes y votantes socialistas.

Lo primero que creo que hay que lamentar es la pérdida de respeto al militante y al dirigente. Yo me alimenté de una cultura de partido de larga tradición, heredada de socialistas como Gómez Llorente y otros muchos, conforme a la cual en el PSOE se respetaba a los dirigentes y de forma singular al secretario general. Ni en los más duros enfrentamientos del ala izquierda del PSOE con Felipe González a partir del 28 Congreso, incluida la dimisión de éste último, se trató al secretario general como lo han hecho algunos –muchos– en este último tiempo. La intervención de la presidenta del Comité Federal afirmando que ella era “la única autoridad”, despreciando al secretario general, es un buen ejemplo. Como la de Lambán en el Comité Federal, quien tras una intervención de Pedro Sánchez tomó la palabra para manifestar duramente que no lo reconocía como secretario general. Desde el Congreso de Toulouse de 1972, con la ruptura del PSOE histórico, nunca se había llegado a tal dislate.

Todo parece indicar que la discrepancia política se ha sustituido en muchos por el desprecio a la otra parte y por un sentimiento de propiedad del partido incompatible con el más mínimo sentido socialista. Ésta es, en mi opinión, una de las razones de la campaña contra Pedro Sánchez que ha acabado con una operación palaciega de derribo, las 17 firmas de dimisionarios, diseñada con desconocimiento de los estatutos, ejecutada a base de presiones y en cuyo Estado Mayor han participado no sólo baronesa y barones, sino antiguos dirigentes del partido, a quienes parece que ha importado poco el lamentable espectáculo dado y el profundo desgarro generado, con tal de echar a Pedro Sánchez.

Sencillamente porque éste fue elegido para ser tutelado, para que Felipe y otros exdirigentes, más Susana Díaz y algunos barones de menor peso político, pudiesen actuar a través de él. Pero Pedro Sánchez se autonomizó y quien parecía un mandado quiso ejercer su condición de secretario general sin depender de aquellos. Y no se lo han perdonado.

Yo no voté a Pedro Sánchez, sino a Pérez Tapias, por quien hice campaña en muchas ciudades de este país. Pero además de aceptar a aquel y respetarle como secretario general, a muchos nos han ido interesando posiciones que iba adoptando en relación con el Gobierno, el PP y el posible entendimiento con Podemos y otras fuerzas políticas. Y según los sondeos, ésa era y es la posición mayoritaria de las bases del PSOE y de sus votantes. Precisamente lo que sus mentores no compartían y por lo que le han venido marcando y negando en los últimos tiempos.

Pedro Sánchez ha cometido algunos errores importantes. Desde luego con la decisión antidemocrática que adoptó en relación con la Federación Socialista Madrileña, que tanto alabaron quienes ahora le repudian, incluido El País. Como se equivocó el lunes pasado cuando decidió llevar al Comité Federal una propuesta de Congreso en diciembre con primarias en este mes de octubre, en lugar de plantear de cara que el Comité debatiera autorizarle a negociar un gobierno alternativo. Hubiera forzado con ello a que sus opositores se retrataran a favor de la abstención a Rajoy, sobre lo que pretenden pasar de perfil y que sean otros –ahora la Gestora– quienes lo propongan.

Porque el fondo del desacuerdo es éste, la política de alianzas. No quieren ningún tipo de pacto o entendimiento con Podemos, sino que prefieren que gobierne Rajoy, como defiende Felipe González. Y aquí, lo quieran o no, coinciden la derecha del PSOE con las fuerzas del stablishment político y económico, incluido Bruselas, que quieren que siga gobernado el PP, quizás con más controles que antes.

Y menos aún quieren que se pronuncien los militantes del PSOE, a los que temen muchos de sus dirigentes que ahora se han impuesto. Por eso más de uno ha afirmado ya que “el problema son las primarias”, que no permiten el control del proceso y que salga elegido quien ellos apoyen para hacer precisamente lo que en cada momento ellos decidan.

Pero el intento de formar una mayoría con Ciudadanos, Podemos y fuerzas nacionalistas no sólo era una opción posible, sino desde mi punto de vista necesaria para nuestro país, y desde luego deseable para muchos socialistas. Y a pesar de todas las desconfianzas que genera su secretario general, Podemos es una fuerza de la izquierda que tiene cinco millones de votos de los que tres eran antes votantes socialistas. Hacer política de izquierdas, o simplemente progresista, pasa por intentar ese acuerdo, como quería Pedro Sánchez. Ignorarlo es desconocer qué está pasando en la izquierda en este país.

Pero ahora Pedro Sánchez ha caído, la pieza está tomada en contra de las bases del PSOE y del electorado de izquierdas. El PSOE está desgarrado, la moral de los militantes hundida, el apoyo de muchos votantes perdido. En un par de semanas la nueva Gestora del PSOE ordenará al Grupo Parlamentario que se abstenga en la investidura de Rajoy, el PP gobernará varios años, generando más desigualdad e incrementando el problema territorial, y el PSOE tardará años –muchos– en recuperar lo perdido. ¿Para esto había que montar esa operación derribo? ¡Qué triunfo!

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Manuel de la Rocha Rubí es abogado y exdiputado del PSOE

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