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La izquierda cainita

Pedro Sánchez, pretendiendo justificar su noviazgo con Ciudadanos, definió hace unas semanas al PSOE como un partido de centroizquierda. A mí, ya lo escribí aquí, esa definición me pareció correcta y honesta. No se enfaden, pues, mis amigos militantes o simpatizantes del PSOE si en este artículo uso el término de izquierda, sin prefijos, para referirme a fuerzas como Compromís, Podemos, Izquierda Unida y las distintas mareas y confluencias. Es, básicamente, una cuestión de aclararse.

Existen, al parecer, algunos contactos para explorar la posibilidad de que esas fuerzas de izquierda concurran unidas a las previsibles elecciones legislativas de finales de junio. La mera sugerencia de tal posibilidad ha hecho que algunos de sus tenores políticos y mediáticos se hayan apresurado a proclamar que la unidad tendría que pasar por encima de su cadáver. Aquellos que contemplamos la liza desde una barrera no partidista sólo atisbamos a ver en esa actitud personalismos desproporcionados, intereses inconfesables y odios insuperables a los que, más allá de tal o cual rifirrafe, deberían ser vistos fraternalmente.

Algunos de los enemigos de la unidad adelantan incluso que cinco más uno no sumarían seis, sino menos. Puede ser, pero también puede ser que cinco más uno sumen más de seis. Me explico: quizá el atractivo de una candidatura unida de la izquierda le añadiera votos que ahora no están demasiado entusiasmados con ninguno de sus componentes en particular. Quizá hasta resultara interesante para gente de izquierda sin prefijo que votó al PSOE el pasado 20 de diciembre. El buen resultado obtenido por las listas encabezadas por Manuela Carmena y Ada Colau en las últimas municipales ofrece una pista interesante.

En todo caso, de lo que estoy seguro es de la existencia de un amplio desengaño por la actual y agonizante legislatura. No solo no ha alumbrado un Gobierno, sino que tampoco ha producido una sola medida que beneficie a la ciudadanía. Ni tan siquiera ha iniciado, aunque fuera simbólicamente, ese proceso de reforma de nuestro sistema político, institucional y socioeconómico que deseamos millones.

No hace falta tener un CIS a su disposición para prever un incremento de la abstención a finales de junio. Sobre todo entre los más jóvenes y, en general, el pueblo de izquierda. La seguridad que exhibe Podemos en que repetirá, y hasta ampliará, sus cinco millones de votos, parece temeraria, por no decir arrogante. Entre la feroz campaña en su contra y sus errores tácticos y politiqueros, intuyo que Podemos ha perdido plumas estos meses. No estoy tan seguro de que los muy jóvenes –siempre tentados por el abstencionismo– y cierta parte de los indignados de más edad, vuelvan a tener la misma ilusión ante Pablo Iglesias y los suyos que la demostrada en diciembre.

¿Podría repetirse lo de aquella segunda vuelta de las elecciones autonómicas madrileñas de 2003, las de Esperanza Aguirre y el tamayazo? Podría ser: todos sabemos que los votantes progresistas suelen ser más proclives a la melancolía que los conservadores.

De lo que también estoy seguro es de que el espectáculo cainita, a lo Frente Popular de Judea, que puede llegar a ofrecer la izquierda para no presentarse unida a unos comicios, desmoraliza a sus votantes potenciales. Máxime cuando los argumentos esgrimidos para no coaligarse son de un penoso egoísmo. No quiero que mis siglas –ahora se dice marca– desaparezcan en la hipotética candidatura unitaria. Quiero ir el primero en la lista aquí, allá y acullá. No está garantizado que mi amiguetes terminen obteniendo un escaño. Jamás te perdonaré que dijeras aquello de mí en aquella rueda de prensa. Etcétera.

Visto desde fuera, lo que separa programáticamente a Podemos, Compromís, Izquierda Unida y las mareas y confluencias, resulta insignificante ante la necesidad de que el Parlamento español cuente con un grupo parlamentario lo más amplio posible que exprese el deseo de cambio de, como mínimo, seis millones de ciudadanos. Un grupo parlamentario que pueda intentar formar un Gobierno progresista o, si al PSOE se lo siguen prohibiendo, constituya, al menos, una sólida e intensa oposición a un Ejecutivo conservador o una Gran Coalición.

Por lo demás, la existencia de una candidatura unitaria de izquierda –con un nombre y un logo creados para la ocasión, por qué no– sería la única novedad de los comicios de junio respecto a diciembre. Es decir, el único atractivo para que los progresistas tentados por el abstencionismo acudan a las urnas.

Centroizquierda

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