Mala hierba

El alcalde que bajó una colina y subió una montaña

Portada Daniel Bernabé

A mediados de los noventa, el cine británico atravesó un momento glorioso donde hasta en las películas más amables se intuía que el país requería de un cambio. El inglés que subió una colina pero bajó una montaña es el título de una entretenida comedia romántica protagonizada por Hugh Grant, cuando aún tenía cara de chico torpe y encantador. Grant es un cartógrafo que acude desde Londres a un pueblecito galés para actualizar los mapas de la zona. Al medir lo que sus habitantes consideran “la primera montaña de Gales” se encuentra con que no es más que una colina, ya que le faltan 20 pies para tener consideración reglada de montaña. Mientras que Grant vive un idilio lleno de confusiones rurales, los habitantes del pueblo se conjuran para elevar la altura de su colina acarreando arena y rocas, en un esfuerzo común que les une, diríamos, contra las penosas arbitrariedades de su majestad.

Y ya. No hay grandes giros de guión ni profundas reflexiones existenciales. Creo recordar que todo acaba bien, con una montaña restituida y una nueva pareja feliz, para qué más. El caso es que la película, en su efectiva simplicidad, tiene en el fondo el mismo espíritu que las historias más duras de Ken Loach: la comunidad es lo que nos salva de la intemperie. Loach afina más, claro, porque nos cuenta que esa comunidad, para la mayoría de nosotros, se llama clase social, un útil análisis que no sólo tiene en cuenta las rentas y las posesiones, sino también cuál es nuestra posición a la hora de generar, distribuir y poseer la riqueza. El caso es que, bien cine social, bien comedia romántica, la comunidad se activa cuando se ve amenazada, también cuando tiene un horizonte factible que conseguir.

Comunidades hay muchas y no siempre con los mismos vínculos. La nación, por ejemplo, es una de las más poderosas, pese a que como bien explicó Benedict Anderson sea una construcción más imaginaria que real, útil para que los estados tuvieran, además de corporeidad, espíritu, que es lo que al final hace que la gente se sienta parte de algo: es difícil emocionar explicando la necesidad de una oficina del catastro. Quizá por eso la UE no acaba de arraigar del todo como proyecto en el imaginario colectivo, mientras que vimos cómo desde 2017 nuestro país entró en un embelesamiento entre esteladas y rojigualdas. Las comunidades nacionales funcionan mejor cuando tienen a alguien a quien oponerse. Las animadversiones, como el sexo, sólo tienen sentido si hay roce.

Si recuerdan, mientras que las banderas asomaron en los balcones, en colorista e inútil verbena, resulta que alguien decidió tomar la palabra en una línea diferente. En aquellos meses de 2017 y 2018, las feministas y los jubilados reaparecieron en las calles para volver a situar el debate público en aquellos temas con los que de verdad se construye un país: el fervor nunca da de comer. Los mayores, recordando que las pensiones no son sólo un bien individual tras una vida de trabajo, sino un esfuerzo común por dignificarnos y, de paso, mantener el poder adquisitivo en una importante capa poblacional: los jubilados fueron sustento en la Gran Recesión. Las mujeres, aliento morado, reclamaron la dolorosa obviedad de que la mitad de la sociedad no puede tener la mitad de derechos y, con una hábil estrategia, vincularon los problemas más inmediatos, no ser acosadas de noche en la calle, por ejemplo, con los estructurales, su importancia en el mantenimiento de la economía de cuidados.

Ambos movimientos concitaron la atención y simpatía de propios y ajenos porque planteaban unos horizontes justos y plausibles. Los horizontes son esenciales para que una comunidad se perciba a sí misma, se active en base a sus intereses. Recuerdo que hace unos años, en Fuenlabrada, los trabajadores y trabajadoras de Coca Cola, encararon una fenomenal lucha de esas que merece la pena escribir con mayúsculas en la historia de nuestro movimiento obrero: pusieron de rodillas a toda una multinacional. A pesar de las gigantescas presiones tenían un objetivo que les impulsaba y les libraba de desfallecer. Y resulta que uno, que nunca se ha sentido especialmente conmovido por la nación, sí se siente orgulloso de aquellos trabajadores de su barrio y su ciudad, una que suele carecer de titulares en la prensa nacional. La España llenísima de las periferias urbanas está tan olvidada como la vaciada.

Precisamente el alcalde de Fuenlabrada, Javier Ayala, es candidato a las primarias del PSOE de Madrid, en las que se elegirá a la nueva dirección tras los malos resultados de las últimas autonómicas. Y, aquí viene lo interesante, contrariamente a lo que ha venido sucediendo tras una derrota a manos de la derecha, Ayala reivindica las tradiciones de izquierda, el movimiento obrero y la socialdemocracia a diferencia del otro candidato, Juan Lobato, alcalde de Soto del Real, que opina que el partido debe volver al centro. Los repliegues para intentar agradar al electorado de clase media son una opción, si antes, eso sí, te has orientado hacia algún sitio, algo que el PSOE de Madrid, con Gabilondo, no hizo: unos días de campaña se mostraba contrario a una política fiscal progresiva y otros se abrazaba a Iglesias. El resultado, por otras muchas causas, fue el que fue.

Uno donde Más Madrid obtuvo el segundo puesto en los comicios, algo que Ayala ha sabido leer, creemos que correctamente, como la prueba de que los votantes no se volatilizan como el éter. El centro, que como ya les comenté por aquí, es una virtualidad de difícil anclaje y contenido, no fue lo que dio la victoria a una derecha encabritada. Sí que Ayuso y compañía plantearan un horizonte, las aspiraciones individuales presuntamente amenazadas por la izquierda, a una comunidad que la derecha madrileña ha construido en estas últimas dos décadas: la del supuesto propietario que cree que no le hace falta, paradójicamente, ningún tipo de vínculo social. Que las narraciones no sean ciertas no quiere decir que no funcionen. Que la respuesta que el PSOE madrileño elija este sábado sea la de su desnaturalización, será garantía de la tranquilidad de Ayuso y Almeida en los próximos comicios: nunca puedes ganar intentando ser quien no eres.

Lo cierto es que Ayala sabe de lo que habla porque fue el tercer alcalde más votado de España en las últimas municipales, en una ciudad donde el PSOE lleva gobernando ininterrumpidamente desde 1979. Además de la política cotidiana, esa de la que los ayuntamientos son la primera línea de conexión con el ciudadano, no parece descabellado pensar que el carácter de clase trabajadora de la ciudad algo ha tenido que ver con que el color rojo haya sido siempre el predominante: comunidades que, cuando se perciben a sí mismas, no dejan de actuar en consecuencia. En las ciudades del sur de Madrid viven, si los cálculos no me fallan, más de un millón de personas que, sumado a los habitantes de la capital, en una autonomía donde se puede establecer una marcada línea de clase meridional, constituyen la mayoría del electorado. La base natural de los socialistas se activa en las municipales más que en las autonómicas justo por este motivo: se percibe como comunidad y busca su horizonte útil.

Si Pedro Sánchez es hoy quien es se debe, fundamentalmente, a que supo dar a su partido un horizonte que le constituyera en comunidad: salir de un bipartidismo que hizo que las plazas del 15M le situaran al lado del PP, algo que a las bases socialistas les dolió más que cualquier derrota electoral. Ayala, que se presenta en las primarias como secretario general, pero que ha asegurado que no será candidato en las próximas elecciones, contempla también ese horizonte donde entenderse con Más Madrid y Unidas Podemos, reclamando un perfil propio. Le ha acompañado, durante toda la campaña, Enma López, joven pero experimentada concejala del Ayuntamiento de Madrid, que ha despuntado en los plenos de esta legislatura con una mezcla de rigor en los datos, especialmente en el ámbito de Economía y Hacienda, junto a una hábil retórica de cercanía. Apunten bien su nombre, aunque la política es siempre un camino proceloso, todo indica que esta mujer jugará un importante papel en el futuro inmediato.

A pesar de que el aparato del PSOE madrileño se inclina hacia Juan Lobato, las primarias tienen pinta de estar reñidas: un partido es estructura pero también corazón y el de muchos socialistas de base sigue siendo rojo. Más allá del resultado, determinados cambios operan a un nivel profundo cuando ya todos estamos en otra cosa. Insisto, la pasada década ha dejado unos surcos que permiten que, esta vez, alguien como Javier Ayala pueda presentarse a unas primarias reivindicando a la izquierda sin amilanarse ante la derrotista tradición de mirar al centro. Estén atentos, los horizontes son esenciales para saber quién somos y adónde vamos. Lo mismo en esta ocasión, el alcalde que bajó de una colina este sábado puede volver a subir a una montaña.

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