Muros sin Fronteras

El problema de explicar los problemas de España

Explicar España a un grupo de periodistas austriacos y alemanes es una tarea difícil, y hacerlo en inglés, un salto mortal. Primero tendríamos que entenderla nosotros en cualquiera de los cuatro idiomas oficiales.

Para salir del laberinto preparé un Key Note (Power Point para los de Microsoft) con la esperanza de profundizar en un conflicto complejo contado desde todo tipo de estereotipos, mentiras y simplezas (valen otros adjetivos).

Me invitó el Forum journalismus und medien (Fjum), dedicado a organizar seminarios y tender puentes de entendimiento. Es la primera vez que le dedican uno a una región europea, porque eso es Cataluña, de momento. Les decidió la gran atención mediática y los debates en los cafés de Viena. Es un asunto que enciende pasiones en el Irak del que informa Mikel Ayestarán y en la Mauritania por la que viaja Bru Rovira. Ese momentum ha pasado.

Steven Forti, investigador italiano y profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, fue el encargado de hablar de Cataluña. A mi me tocó el lado más antipático (al menos en el relato exterior): España.

Empecé por decir que había dos tipos de españoles: los que no hablaban inglés (Rajoy) y los que llevaban toda la vida estudiando inglés (Aznar).

Los idiomas son una de las pifias de un sistema educativo en el que aún se discute si se debe enseñar religión (católica) en un centro público de un Estado aconfesional (¡ojo que está en la sacrosanta Constitución!). En Europa es normal que las personas con educación superior se manejen en perfecto inglés.

También les dije que existía una subcategoría: las personas con madre británica que pronunciaban como yo. Hubo risas. Fue un alivio.

 

'Beeespaña'

Para empezar dije dos cosas: no se trata de una disputa entre dos bloques homogéneos. Existe una pluralidad de voces y tendencias en Cataluña, incluso dentro del independentismo, y en España, aunque bastante menos en la esfera política. Segundo apunte: el problema no es Cataluña, sino España. Cataluña sería un síntoma de una enfermedad mayor.

El conflicto territorial no es nuevo. No lo solucionamos en la Edad Media. Seguimos de alguna manera con los cinco reinos en la cabeza: Castilla-León, Aragón (ahora Cataluña), Navarra (hoy sería el País Vasco), Granada (Andalucía) y Portugal, el único que se independizó (dos veces).

Los Borbones, que llegan al trono tras la guerra dinástica de 1714 (que los independentistas han convertido de guerra secesión y en madre de todos los agravios), no pudieron imponer el modelo centralista francés, entre otras razones por la geografía peninsular (les recomiendo La historia de España de Pierre Vilar).

Según el medievalista español Ruiz-Domènec, un país tan mesetario como España solo puede estar unido si el centro es imperial (lo fue hasta 1898) o llega un acuerdo con la periferia. Algo que está por ver.

Vilar incide mucho al principio en la importancia geográfica que moduló nuestra forma de ser. El centro ha sido menos permeable a las influencias modernizadoras. Las periferias se dejaron seducir con más facilidad. Esta sería una de las muchas diferencias intelectuales, y de carácter entre Castilla (por entendernos) y Cataluña.

Esa Castilla cerrada se dedicó a la guerra, primero en la supuesta Reconquista (solo lo fue al final) y después en la conquista de América Latina. Las periferias, catalanes, valencianos, baleares, etc. prefirieron el comercio. Fue una gran combinación que se avería en 1898. Las principales víctimas del hundimiento de los restos del imperio español fueron los industriales (textiles) catalanes. Ese fracaso da argumentos y alas a La Renaixença que establece las bases del catalanismo político moderno.

 

Les dejaron volar

Nuestro siglo XIX fue un desastre: tres guerras carlistas, tres sublevaciones carlistas, más de 200 asonadas, pronunciamientos, intentos del golpe y golpes de Estado. Empezó mal, con el grito de “vivan las cadenas”. Expliqué que la alergia del carlismo a todo avance, empezando por el liberalismo que les llevó a las armas, se mantiene en una parte de la derecha española, y de la Iglesia nacional. Es el primer tufo, anterior al tufo del franquismo. Son elementos que están sobre el escenario en la crisis actual.

El siglo XX, ese que nunca da tiempo a estudiar porque se acaba el curso, tuvo las luces de la II República, primer intento de modernización integral de España. Acabó mal porque enfrente estaban la oligarquía, los terratenientes, la Iglesia ultramontana y parte de las Fuerzas Armadas. Fracasó porque intentó muchas reformas estructurales en un país analfabeto, con enemigos poderosos y en un ambiente europeo de crecimiento de los fascismos.

Si el 98 fue un herida que ahonda el pesimismo español, la falta de confianza en nosotros mismos y en España como esperanza, el golpe de Estado de 1936, la guerra civil y la dictadura nos laminaron por completo. Fue una lobotomía. Aún existe miedo a hablar en muchos pueblos.

Seguimos con más de 110.000 desparecidos en cunetas y fosas comunes sin que el Estado, en cualquier de sus instituciones, haya hecho nada después de casi 40 años de democracia (39 de Constitución). Cité al escritor checo Iván Klima: “Un país que ha vivido 40 años bajo una dictadura tiene una pérdida de la honestidad colectiva”.

Es ese nuestro problema, carecemos de honestidad colectiva, de ahí la corrupción rampante y el silencio ciudadano. Un país que vota a corruptos tiene una avería en su sala de máquinas.

Tenemos un problema territorial sin resolver, tampoco se atrevió la Constitución que nos dejó un título VIII como alfombra que todo lo cubre. Después de 40 años seguimos esperando a Godot, a políticos valientes capaces de sentarse y dar un impulso a la Carta Magna, y resolver problemas. A cambio tenemos irresponsables y oportunistas en Madrid y Barcelona. Estamos ante la gran oportunidad de resolver España, que sea una casa amable para todos.

 

Vivan las cadenas

Los vivan las cadenas y muera la inteligencia son los de una forma de hacer política. Carecemos de estructuras complejas que nos permitan pensar fuera del marco. Nos mandan un grupo de opositores que solo saben aprenderse los temarios de memoria. Fuera de los tochos no existe nada. Su nuevo temario es la Constitución, pero solo en las partes que conviene. Fuera de ella tampoco hay vida.

Solo ascienden los que piensan igual que la jerarquía dominante, los que obedecen. Cuando nos enfrentamos a un problema extraordinario como el actual solo tenemos en las áreas de decisión a personas que piensan igual. Prietas las filas hasta el suicidio final.

El mismo miedo a hablar que existe en algunos pueblos se da en las estructuras de mando. Es la dictadura de lo gris. En España hay miedo a salirse del grupo. En Cataluña, también. Todo el que no es independentista exprés parece un mal catalán, un traidor, recibe el bullying en las redes sociales. Esto de los buenos y malos alemanes tenía un nombre en los años 30.

 

Torero frente al muro

Con la crisis planteada en Cataluña necesitamos gente capaz de salirse del marco, necesitamos valientes. Pero tenemos a Rajoy al frente de España. Y a Carles Puigdemont en arrebato místico en Cataluña. Es verdad que hablar muchos idiomas es bueno, ayuda a vender el relato fuera de las fronteras, pero no garantiza la inteligencia del emisor.

El nacionalismo catalán siempre se ha expresado dentro de España. Incluso Lluís Compayns (el de la lección de historia que no leyó Pablo Casado) declaró en 1934 su Estado catalán dentro de la II República.

¿Qué ha cambiado? Tres factores conjuntos, la tormenta perfecta que nunca vio el PP: la sentencia del Estatut en 2010, los efectos de la crisis económica y la globalización.

La suma de la globalización y la crisis económica deja unos Estados nacionales debilitados. Está claro que mandan los mercados. Pueden hundir un país (Grecia) o una moneda (euro). Son los que deciden los recortes y las privatizaciones. Su objetivo es derrumbar el Estado de bienestar.

Surge una rebelión contra las élites que se mide en el hundimiento de muchos de los partidos socialdemócratas y en el avance de la ultraderecha en casi toda Europa. En España tuvimos el 15-M y Podemos. Ellos fueron nuestra respuesta a los mismos problemas. Carecemos de una ultraderecha porque sus seguidores se sienten representados en el PP.

Todo esto se canaliza en Cataluña a través de la identidad y de una utopía asequible que se presenta como solución mágica a todos los problemas. Se trata de un discurso simple, pero efectivo. Funciona igual que las religiones, con fe ciega.

Expliqué los errores de Rajoy y los de los independistas exprés y cuáles son las opciones tras el 21-D. Todas pasan porque las partes hayan mejorado su lectura de la realidad. No es posible una independencia unilateral con el 43% del censo (datos de la Generalitat en el 1-O). Uno de sus referentes, Eslovenia, tenía un 90% de apoyo. Insistir es contumacia en el error.

Se equivocaría Rajoy si piensa que todo está hecho, que su 155 obró el milagro. Una tentación muy española es la de humillar al derrotado. Los independentistas no están fuera de juego.

Hay un doble puente para salir de la crisis: reformar la Constitución y redactar otro Estatut, y que los catalanes voten dos veces en un doble referéndum. Es una propuesta de Santiago Muñoz Machado en su libro Cataluña y las demás Españas (Crítica).

Si después de esta intervención, mis amigos austríacos siguen sin entender habrán logrado algo esencial, estar como la mayoría de los españoles.

Felices elecciones.

 

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