Pobre gente de derechas, que sufre más retrasos en los trenes que la de izquierdas Luis Arroyo
Hemos de sentirnos comprensivos con nuestros compatriotas de derechas. Entre los que utilizamos los trenes ellos sufren más cancelaciones, retrasos y averías que nosotros (entre 10 y 20 puntos porcentuales más, para ser exactos). Pobrecitos.
Hasta ese punto llega la plasticidad de nuestro cerebro para percibir la realidad en función de nuestros prejuicios. Lo saben los sociólogos y los psicólogos y hay toda una corriente pluridisciplinar que lo estudia en la Academia, bajo el rótulo “ciencias del comportamiento”. Nuestra ideología es un atajo cognitivo que nos permite ordenar el mundo ahorrando energía, objetivo esencial de las especies en la lucha por su supervivencia. Por supuesto, subyace en los datos el absurdo: los retrasos son los mismos para los usuarios de la derecha y la izquierda, del norte, del sur y del centro. Nuestra percepción está sin embargo muy condicionada por la atribución de responsabilidades que hacemos de los actores implicados.
Yo mismo, este pasado miércoles, no sabía si cagarme en los muertos de los agricultores o aplaudir solidariamente sus justas reivindicaciones, cuando aguantaba en mi moto y bajo la lluvia los cortes de las calles de Madrid provocados por varios miles de tractores que protestaban por el tratado Mercosur. Me confundía que algunos de ellos llevaran carteles “contra la Agenda 2030”, banderitas de España con el escudo preconstitucional o rótulos que les identificaban con la extrema derecha.
Por eso puedo entender las palabras de Felipe González cuando el martes en el Ateneo de Madrid afirmó dos veces que “España no funciona”. A mí me parece que funciona muy bien. Pero si no somos capaces de ponernos de acuerdo en hechos concretos como las cancelaciones de Renfe, qué podemos esperar de nuestra evaluación del funcionamiento de España…
Todos ellos y sus envalentonados colegas (...) se saldrán de la curva por pisar con tanta violencia los aceleradores de sus maquinarias. Esperemos que no se lleven a demasiada gente por delante
La extrema derecha lleva más de una década entendiendo mejor que la izquierda este fenómeno incuestionable. Lo ha denominado “hechos alternativos”, una curiosa definición. Cualquier cosa puede replantearse y el consenso científico puede fácilmente ser sustituido por la superstición y la superchería. El cambio climático, que cuenta con toneladas de pruebas y con el consenso casi pleno de los científicos, se convierte en “fanatismo”. La Agenda 2030, un impresionante listado de objetivos aprobados por la inmensa mayoría de las naciones, en el origen de nuestros males. Y así, paso a paso, terminamos por describir a Sánchez como el mismísimo demonio, al que es perentorio enviar a prisión.
Naturalmente, los beneficiarios de esos disparates son los guarros que contaminan el planeta, las oligarquías que se hacen con sus recursos, las élites a las que perjudica el avance de la igualdad y la libertad, y los meapilas cuyos dogmas cuestiona la Razón desde hace algo más de dos siglos.
Les funciona relativamente. Es cierto que con esas argucias han logrado la presidencia de los Estados Unidos o, con más modestia, la de Argentina o la de la Comunidad de Madrid. Pero no les demos más crédito del que merecen. El idiota de Trump está en los peores niveles de popularidad de un presidente desde que se mide, en el último siglo. La economía argentina está asfixiando a millones de ciudadanos que están reaccionando con virulencia creciente. Y aquí en Madrid, el rechazo al estilo desabrido y pintoresco de la presidenta es cada vez mayor. Todos ellos y sus envalentonados colegas, líderes del neofascismo patrio y mundial, en sus diversas tonalidades, se saldrán de la curva por pisar con tanta violencia los aceleradores de sus maquinarias. Esperemos que no se lleven a demasiada gente por delante.
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